Azufre 38
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A la sargento todavía le tiemblan las manos cuando sale de la iglesia.

El padre Santiago tiene un fuerte mecanismo de defensa y Anastasia no ha logrado sacar nada en claro de su tensa e incómoda conversación.

Excepto, eso sí, una nueva persona con la que hablar.

El camino de baldosas amarillas continúa.

​ —¿Puedes darme el teléfono de Lucas, por favor?

​ Yohanna asiente y busca en su agenda hasta encontrarlo y pasarle el contacto a Anastasia a través de WhatsApp. Mientras tanto, su sargento se explica:

​ —Al menos hemos sacado un pasito más que dar. Y quiero hacerlo a través de Lucas. Creo que es lo más sensato.

​ La sargento marca el número de teléfono que acaba de recibir y espera los tonos de llamada mirando al cielo. Dos pequeñas nubes perdidas en el azul cian. Lucas responde al tercer tono.

​ —¿Sí?

​ —Lucas, soy Anastasia, tu sargento.

​ —A la orden.

​ —Necesito pedirte algo.

​ Anastasia le explica su conversación con el sacerdote y la necesidad de hablar con su hija.

​ —Mi hija no tiene nada que ver con ese hombre.

​ —Ya… Lucas, necesitamos asegurarnos para atar todos los cabos sueltos. No quiero hacer pasar a tu hija por un interrogatorio y por eso he pensado que lo más sensato es que hablases tú con ella como padre. Te estoy ofreciendo esa oportunidad. Piensa un poco antes de darme tu respuesta.

​ Lucas lo piensa. Lleva un día difícil y lo último que le apetece es volver a enfrentarse a su hija; sin embargo, si no lo hace, ella podría tener que pasar por un interrogatorio serio y eso no se lo perdonaría. No querría verla acorralada en esa situación.

​ —Está bien, lo haré. Hablaré con ella y le llamaré con lo que sea.

​ —Bien. Gracias, Lucas.

Cuelgan.

​ El sol está en su cénit y la sargento siente sus rayos en la superficie de sus brazos descubiertos. ¿Cuándo le dará un respiro semejante calor?

​ —Buenos días, Yohanna —saluda la mujer que se les acaba de acercar. Luego le dirige una sonrisa amable a la sargento—. Hola. Soy Pilar, la dueña del restaurante que está en la plaza principal. Me gustaría invitaros a un almuerzo, en nombre del pueblo, por haber atrapado al extranjero del bosque.

​ —Solo estamos haciéndole algunas preguntas —aclara Anastasia—. No sabemos todavía qué ocurrió y no podemos acusar formalmente a nadie.

​ Pilar parece un poco confusa. Insiste:

​ —Nada, mujer. De todas maneras no le hemos dado una bienvenida oficial al pueblo y nos gustaría verla en nuestro bar.

​ —Mil gracias, Pilar, iremos enseguida —se adelanta Yohanna.

Cuando Pilar se marcha, Anastasia la mira de forma inquisitiva. Su compañera se justifica:

—No seas malaje… Nos ha invitado y además tenemos que esperar que nos vuelva a llamar Lucas.

Creo que ir a su restaurante a comer y tomar algo es una buena idea para que hablemos con más gente del pueblo.

Por un lado, el capitán Paz ya está dirigiendo la investigación con su equipo y nosotros, de este modo, podremos ayudarle de manera extraoficial.

Y la verdad…, no sé tú, pero yo tengo bastante hambre.

​ Anastasia asiente.

​ —Sí... Aquí fuera hace un calor de mil demonios. Y la charlita con el cura me ha dejado la boca muy seca —acepta la sargento.