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A la sargento todavía le tiemblan las manos cuando sale de la iglesia.
El padre Santiago tiene un fuerte mecanismo de defensa y Anastasia no ha logrado sacar nada en claro de su tensa e incómoda conversación.
Excepto, eso sí, una nueva persona con la que hablar.
El camino de baldosas amarillas continúa.
—¿Puedes darme el teléfono de Lucas, por favor?
Yohanna asiente y busca en su agenda hasta encontrarlo y pasarle el contacto a Anastasia a través de WhatsApp. Mientras tanto, su sargento se explica:
—Al menos hemos sacado un pasito más que dar. Y quiero hacerlo a través de Lucas. Creo que es lo más sensato.
La sargento marca el número de teléfono que acaba de recibir y espera los tonos de llamada mirando al cielo. Dos pequeñas nubes perdidas en el azul cian. Lucas responde al tercer tono.
—¿Sí?
—Lucas, soy Anastasia, tu sargento.
—A la orden.
—Necesito pedirte algo.
Anastasia le explica su conversación con el sacerdote y la necesidad de hablar con su hija.
—Mi hija no tiene nada que ver con ese hombre.
—Ya… Lucas, necesitamos asegurarnos para atar todos los cabos sueltos. No quiero hacer pasar a tu hija por un interrogatorio y por eso he pensado que lo más sensato es que hablases tú con ella como padre. Te estoy ofreciendo esa oportunidad. Piensa un poco antes de darme tu respuesta.
Lucas lo piensa. Lleva un día difícil y lo último que le apetece es volver a enfrentarse a su hija; sin embargo, si no lo hace, ella podría tener que pasar por un interrogatorio serio y eso no se lo perdonaría. No querría verla acorralada en esa situación.
—Está bien, lo haré. Hablaré con ella y le llamaré con lo que sea.
—Bien. Gracias, Lucas.
Cuelgan.
El sol está en su cénit y la sargento siente sus rayos en la superficie de sus brazos descubiertos. ¿Cuándo le dará un respiro semejante calor?
—Buenos días, Yohanna —saluda la mujer que se les acaba de acercar. Luego le dirige una sonrisa amable a la sargento—. Hola. Soy Pilar, la dueña del restaurante que está en la plaza principal. Me gustaría invitaros a un almuerzo, en nombre del pueblo, por haber atrapado al extranjero del bosque.
—Solo estamos haciéndole algunas preguntas —aclara Anastasia—. No sabemos todavía qué ocurrió y no podemos acusar formalmente a nadie.
Pilar parece un poco confusa. Insiste:
—Nada, mujer. De todas maneras no le hemos dado una bienvenida oficial al pueblo y nos gustaría verla en nuestro bar.
—Mil gracias, Pilar, iremos enseguida —se adelanta Yohanna.
Cuando Pilar se marcha, Anastasia la mira de forma inquisitiva. Su compañera se justifica:
—No seas malaje… Nos ha invitado y además tenemos que esperar que nos vuelva a llamar Lucas.
Creo que ir a su restaurante a comer y tomar algo es una buena idea para que hablemos con más gente del pueblo.
Por un lado, el capitán Paz ya está dirigiendo la investigación con su equipo y nosotros, de este modo, podremos ayudarle de manera extraoficial.
Y la verdad…, no sé tú, pero yo tengo bastante hambre.
Anastasia asiente.
—Sí... Aquí fuera hace un calor de mil demonios. Y la charlita con el cura me ha dejado la boca muy seca —acepta la sargento.