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A hora que la iglesia se ha quedado prácticamente vacía, Anastasia puede observar mejor su interior.
Entre el blanco de sus paredes, destacan la Cruz Parroquial de plata y estilo gótico con más de cinco siglos de antigüedad y un retablo barroco en la Capilla de la Virgen de los Dolores.
Las dos filas de bancadas apuntan a la escalinata desde la que desciende el sacerdote para dirigirse a la sacristía.
La sargento está nerviosa. Le sudan las manos. No soporta el calor que hace en aquel pueblo. El ambiente es sofocante. A pesar de ser atea, interrogar a un cura le resulta tan incómodo como tener que hacerlo a su propio abuelo.
Seca sus manos en el pantalón del uniforme y se dirige tras su objetivo.
Sus pasos resuenan decididos. El monaguillo la ve llegar y se adelanta para entrar en la sacristía y avisar al padre Santiago.
Una vez que Anastasia alcanza a ponerse bajo el dintel que da paso a la estancia donde el sacerdote se cambia, este se da la vuelta y expone las palmas de las manos en actitud abierta y muestra una enorme sonrisa de besugo. Tiene cara de sapo.
—Agente Anastasia Petrova, pase, por favor, sea bienvenida a mi comunidad católica. Sin duda es usted útil para esta comunidad. Me consta que gracias a usted, el mal ha sido encerrado, a falta de erradicarlo.
Anastasia accede a la sacristía. Hay un grabado original del Monumento del Jueves Santo de la Catedral de Sevilla y dos lienzos del siglo XVII: San Felipe Neri y San Isidro Labrador.
El monaguillo, Quique, recoge un libro sobre una cajonera de madera de finales del siglo XVIII y se escabulle por una puerta que comunica la sacristía con la vivienda del sacerdote.
—Me gustaría hablar con usted —explica Anastasia.
—Adelante —invita Santiago sin borrar la sonrisa de besugo de su rostro—. Soy siervo del Señor, pero espero poder servirle de ayuda también a usted.
—Su discurso ha sido muy directo… Muy arriesgado.
—Je, je… ¿Es un halago o una crítica?
—¿Usted de verdad piensa que Manfred, el holandés, ha sido el culpable del asesinato de Alicia Ortiz?
—Veo que también usted es directa.
—Me adapto. ¿Lo cree entonces? Porque prácticamente lo ha acusado.
—Poco sé yo de este mundo, más que de la palabra que el Señor transmite a través de mis labios.
Anastasia mira al suelo y espera. Trata de no desesperar. Inspira y expira, aprieta los puños y luego habla con firmeza.
—Me gustaría tener una charla con usted como ciudadano de este pueblo y no como párroco aunque sea su oficio. Ahora quiero hablar con usted, no con un títere de Dios.
El padre Santiago achina sus ojos de sapo y escruta la postura firme de la sargento.
Está tensa, no obstante, no se la ve débil.
Parece una mujer de férreas convicciones.
Quizá contrarias a las férreas convicciones del propio sacerdote.
Presiente que aquella mujer supondrá un problema para sus intereses.
—No es un oficio. Llevo casi cuarenta años al servicio de Dios y solo dos de ellos en este pueblo. Soy incapaz de separar lo uno de lo otro. No puedo cortar mis hilos con mi Señor, así que me temo que soy incapaz de satisfacerla.
—Declarar delante de la multitud y de los medios de comunicación condenando a un hombre, a día de hoy, inocente, es un error que no cometería su Dios.
—¿Su Dios? ¡Jo, jo, jo! —Santiago expulsa una risilla socarrona—. Querrá decir nuestro Dios.
—Eso es lo de menos. Lo importante es que usted ha condenado a un hombre delante de todos.
Y ha sido usted quien lo ha hecho. Eran sus palabras las que salían de su boca; todos lo hemos oído, por desgracia.
Eche las culpas a su Dios, si quiere, de lo que no es capaz de admitir como hombre, pero no vuelva a interferir en una investigación policial influyendo de esa manera en la opinión pública: alentando a las masas.
—Yo tan solo hago aquello para lo que Dios me ha llamado. Mis manos son sus manos y mi palabra no es más que parte de las Sagradas Escrituras.
—Oh, madre… Vale. Vamos al grano: ¿tuvo usted contacto con Alicia Ortiz?
Tras una pausa, el sacerdote alza las cejas y retoma su larga sonrisa anfibia. Se acaricia la calva con mucha parsimonia. Tan lento se mueve que resulta irritante.
—Cercano, sin duda. Hace tan solo un año era una de las más implicadas en esta iglesia.
En misa tocaba el piano, ¿sabe? Pero todo eso cambió al llegar el extranjero pagano que vive en el bosque y comerle el tarro.
Alicia comenzó a frecuentar ese maldito bosque en proporción inversa a esta bendita casa.
—¿Y cree que el hecho de que Alicia dejase de venir a la iglesia es culpa de Manfred… o suya?
El padre Santiago suelta una carcajada sincera.
—Su lengua es afilada, sargento, no hay duda. Qué buena sierva de la Iglesia habría sido. Dígame… ¿Está casada?
—Eso no es relevante para el caso.
—Sospecho que no lo está. Y eso reaviva cierta esperanza en mí. La esperanza de que algún día se comprometa usted con Dios…, después de perdonarle, claro.
La sargento se pone en alerta. ¿Qué sabe ese farsante de su vida? Nada. Pero es un tipo inteligente, sucio y perspicaz.
Él continúa hablando:
—Llevaba mucho tiempo sin tener contacto con Alicia.
En este pueblo los niños crecen y se alejan de la Iglesia.
Intento combatir eso, pero resulta complicado.
Y aún más cuando un pagano extranjero viene a comerles la cabeza y venderles otra religión de paz y amor…
Amor, pero de otro tipo. Yo no le seré muy útil en su investigación, pero sé quién sí.
Alicia no era la única joven que se adentraba de manera frecuente en el bosque; pregunte a la hija de su compañero Lucas Vázquez, seguro que esa chica tiene mucho de qué hablar. Ahora, si me permite, debo…
Anastasia interrumpe aquella despedida dando media vuelta y marchándose visiblemente enfadada.
Siente que ha perdido un debate con aquel cura engreído.
Debería haberse preparado mejor o al menos igual de bien o con la misma cautela que con Manfred.
En cambio, ha ido al encuentro del párroco de manera improvisada y, cuando ha querido darse cuenta, ella ya estaba muy a la defensiva.
Es consciente de que cuando se trata de curas no puede evitar perder la paciencia.
Él no ha terminado y le clava la última puntilla.
—Tiene mucho que perdonar a Dios, Anastasia, rezaré por usted. Que tenga buena tarde.