Azufre 36 #2
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36 #2

​ Santiago regresa al púlpito satisfecho. Ha terminado la parte aburrida que recita ya de forma mecanizada. Ahora viene su discurso propio. El que ha preparado a conciencia y del cual cada palabra va intencionada.

El sacerdote carraspea para rascarse la garganta. Toma un poco de agua de la copa, con la lentitud de una tortuga. Luego su timbre de voz erupciona como un volcán.

​ —¿Es Dios un monstruo?

Reina el silencio.

—¿Es Dios un monstruo? —vuelve a preguntar—. ¿Cómo puede permitir esta tragedia? La muerte de una niña… ¿Acaso es Dios un monstruo?

Espera unos segundos para que su pregunta se pose como el magma en las mentes de sus oyentes, que pronto se hacen a sí mismos esa pregunta.

Todos están atentos a sus palabras. Lucas ha olvidado su dolor de manos.

Belén ha dejado de llorar. Anastasia frunce el ceño.

Incluso en el exterior no se escucha un alma más que la fuerza de la voz del párroco que sale escupida de la megafonía para atravesar el viento.

—¡No! —grita—. La respuesta es no. Porque Dios hoy le abre las puertas del cielo a nuestra hermana Alicia.

Porque Dios nos abre también las puertas de esta iglesia para que oremos, para que recemos por su alma.

Dios es misericordioso. Entonces, ¿por qué ocurren estas desgracias?

¿Por qué sucede esto? No echéis las culpas a Dios de aquellos errores que cometen los hombres.

Dios nos otorgó el libre albedrío. Es el hombre el culpable.

¡Los monstruos están aquí, entre nosotros!

No es a Dios a quien interrogan hoy en la comandancia de la Guardia Civil.

Gracias a ellas, dos mujeres guerreras —dice, señalando públicamente a Yohanna y Anastasia, cuyos rostros comienzan a sonrojarse por la presión de las miradas curiosas.

La sargento tiene un mal presentimiento.

Ese charlatán del cura ya ha desvelado que se está interrogando a alguien, delante de todos.

No es bueno calentar a las masas antes de tiempo y Anastasia tiene la sensación de que el sacerdote no solo pretende calentar sino incendiar al pueblo.

Siente miedo ante lo que se le viene encima.

—Gracias a esas dos mujeres, nacidas y entrenadas para detener al mal y reducirlo.

Gracias a ellas interrogan a un sospechoso detenido.

No es Dios a quien se detiene e interroga, no es Dios a quien se acusa, no es Dios quien mata, ¡sino el hombre!

Es gracias a ellas que hoy el pueblo está más seguro, pues han logrado detener al extranjero que vino un día para comerles el tarro a algunos jóvenes del pueblo y hacerles abandonar la Iglesia.

¡Y es a ese extranjero al que interrogan para descubrir qué pasó con Alicia!

​ El público lanza un grito ahogado. Una exclamación inunda la iglesia ante la exclusiva que destapa el padre Santiago.

Las palabras han salido de la boca del cura como metralla.

Anastasia no puede creer que haya revelado la identidad del sospechoso delante de un centenar de personas, más los medios de comunicación.

Cierto que estos ya habían sacado antes su nombre preguntando por él.

Pero la Guardia Civil no se había pronunciado hasta el momento para proteger su presunción de inocencia.

Culpable o no, ahora el pueblo se echará encima del cuartel para quemar vivo a Manfred sin juicio justo.

Frunce el ceño y mira a la derecha del cura, a Enrique. Ahora entiende su ridículo juego del escondite. No solo es el monaguillo, también es su espía, su chivato. Gira la cabeza para comentarlo con Yohanna:

​ —Me parece a mí que ese chico se hace el tonto… Ahora entiendo por qué nos espiaba… —Se sorprende a sí misma llamándole chico cuando tiene treinta años y pesa más de cien kilos.

​ Ni Yohanna tiene tiempo de responder ni Anastasia de prestarle atención. El sacerdote sigue lanzando palabras que suenan como ráfaga de ametralladora.

​ —Se nos advirtió de la maldición del azufre; del desinterés de los jóvenes por la Iglesia; del abandono de las tradiciones del pueblo y de su cuidado.

Sin nuestra tradición nada nos quedará y este pueblo quedará enterrado en ceniza y sufriremos como sufren hoy nuestros vecinos de las islas.

El azufre, el aroma del diablo, nos invade e impregna nuestras almas, ensuciándolas.

Esta maldición nos causa un profundo dolor, y tan solo hay una manera de combatirla.

​ —Vuestro párroco está loco… ¿Es que no hay nadie normal en este maldito pueblo? Joder… Llevo dos días aquí y me tenéis hasta la raja.

​ A Yohanna le sorprende que su sargento haya perdido los nervios.

No por falta de motivos, sino porque hasta el momento se ha mostrado como una mujer comedida y reservada a la que no le calza usar expresiones groseras.

Pero supone que todo el mundo tiene su límite y, después de lo ocurrido, entiende muy bien que esos límites se estrechen.

Anastasia se lleva la mano a la cara, cierra los ojos y se masajea la frente con dos dedos.

​ —Yo pensaba hacerle unas preguntas al cura de manera amistosa…

, pero me lo está poniendo tan difícil, joder.

¿Cómo se le ocurre soltar semejante bomba en la iglesia?

Es peor que la prensa rosa. Ese hombre tiene intenciones oscuras; no me gusta un pelo.

Y que conste que no es porque yo sea atea.

Pero es que ese hombre acaba de borrar la presunción de inocencia de Manfred de un plumazo.

​ —¿Crees que Manfred es inocente?

​ La pregunta pone en alerta a la sargento. ¿Acaso Yohanna también cree a ciegas la culpabilidad del holandés?

​ —Yo no lo sé. Es demasiado pronto para asegurar nada.

Además no soy yo quien debe juzgarle y se supone que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario; y, sin embargo, aquí todo el mundo me parece culpable de algo.

Ese cura parece actuar como una María de patio, mandando a sus monaguillos como secuaces para que espíen y le cuenten todo lo que se cuece en el pueblo.

​ Anastasia plantea en su cabeza la mejor manera de abordar al sacerdote una vez acabe la misa exequial.

Le cuesta concentrarse con aquel incesante murmullo de un público sorprendido ante semejante exclusiva, pero tiene claro que necesita hablar con el cura, ya no solo por su actuación esa mañana, sino también por la acusación que hizo Manfred sobre él.

Intuye que entre el holandés y el padre Santiago hay una enemistad que viene de tiempo atrás.