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No me digas adiós, sino hasta luego.
Dios determinó que en el cielo estoy mejor.
No me digas adiós, sino hasta luego.
Tuve que partir a un lugar donde no voy a sufrir.
No me digas adiós, sino hasta luego.
No te preocupes más por mí, porque donde estoy espero por ti.
La melodía que resuena en el Balcón de la Sierra hace temblar los corazones de todos los presentes. Especialmente el de una madre cuyo llanto pugna contra la hermosa canción dedicada a su joven hija fallecida.
Una vez se termina toda pesquisa policial con el cuerpo de la difunta Alicia, se entrega este a la familia para que pueda velarlo durante veinticuatro horas.
Al término de estas, el sacerdote del pueblo tiene preparada una misa especial, anunciada por toda la sierra de Huelva, para despedir el alma de Alicia antes de entregar su carne a las llamas del horno crematorio para ser incinerada.
Los habitantes de Zufre y de sus pueblos vecinos acuden a la misa oficiada por el padre Santiago en la iglesia de la Purísima Concepción.
Debido a su limitado aforo, la mayoría de personas de los pueblos de alrededor esperan de puertas hacia afuera, por lo que el sacerdote solicita al ayuntamiento un sistema de megafonía con la excusa de que todos puedan disfrutar de la canción, cuando, en realidad, lo que quiere es que nadie desoiga el discurso de intencionadas palabras que vendrá a continuación y que lleva preparando desde que se enteró de la muerte de la chica.
El féretro va sujeto sobre ocho hombros hundidos.
Los ocho familiares que lo cargan pasan junto a Anastasia y Yohanna, que han cogido sitio en el interior de la iglesia, al fondo, cerca de la salida.
Luego, pasan junto a Lucas y su hija Belén, colocados en la tercera fila de bancadas por su enorme amistad con la familia.
Por último, las ocho personas de pies pesados dejan el ataúd en el suelo, elevan sus rostros compungidos y se apartan con pasos cargados de aflicción hasta tomar asiento en la primera y segunda fila.
De una puerta, en el lateral, sale una mole inmensa que arrastra los pies grandes y porta la Santa Biblia bajo su rollizo brazo.
Cuando alcanza el púlpito, deja caer sobre este el enorme libro encuadernado en corinto.
El ¡bum! que suena del golpe hace callar al público y el silencio realza el ambiente cargado de dolor.
—Ese es el que salió corriendo como un crío —explica Anastasia dirigiéndose a Yohanna en voz baja—. El espía.
—Sí, Enrique, el hijo de Jacobo. Corría como un crío porque su cerebro no termina de desarrollarse.
Por eso nunca ha dejado de ser el monaguillo del pueblo.
A pesar de su tamaño y de su edad parece que tiene la mentalidad de un chiquillo.
A mí siempre me ha parecido muy bueno, como un oso de peluche gigante.
Todo el mundo le sigue llamando Quique. No trabaja, pero ayuda aquí, en la iglesia; ya te digo, lleva siendo monaguillo toda la vida.
Vive con sus padres en la casa en la que se escondió y que vimos el otro día.
Yohanna guarda silencio y mira al frente. Al cabo de cinco segundos le queda algo más por decir:
—Bueno, en realidad, vive con los padres porque su madre cuida de él.
Y del padre, Jacobo, que tiene demencia senil.
Ya lo vistes ayer. Es por eso que a ella la llaman Santa Carmen.
La mujer debe tener mucha faena en casa con un hombre enfermo y un hijo discapacitado.
Y más siendo ambos de talla extra grande.
Qué calvario… Esa familia me da lástima.
Anastasia tiene en las manos una libreta y un boli con el que hace anotaciones. Por eso Yohanna le ha repetido la información.
—Lucas también me habló de ese rubio del bigote largo. El vecino de Carmen, ¿cómo se llamaba?
—Sí. Se llama Óscar. —Nombre que apunta Anastasia en su libreta—.
Se dedica a la caza y pesca para llenar los almacenes del restaurante que dirige su hermano Víctor.
Solo cuando tiene excedentes los vende a otros restaurantes de la sierra, pero nunca al que tienen enfrente, en el mismo Paseo de los Alcaldes; ambos se llevan a matar porque son competencia directa.
—Bien. Cuéntame algo más sobre ellos. ¿Son violentos?
—Sí, mucho. Al menos tengo entendido que lo eran en sus tiempos mozos.
Óscar vive solo, pero Víctor tiene familia: mujer e hijo de una hermana fallecida al que cuida como si fuese suyo, Cristian, el camello que suele armar jaleo con la moto.
No me extrañaría que Cristian fuese un chico acostumbrado a la violencia doméstica ya que nunca está en casa.
Los hermanos Óscar y Víctor siempre han tenido mala fama en el pueblo.
Su madre les abandonó cuando eran solo niños.
Desde entonces su padre les inculcó un fuerte sentimiento religioso y se aferraron al catolicismo.
Ambos hermanos tienen el pecho tatuado con el corazón de Jesús y cada año organizan las salidas para ver a la Virgen al Rocío.
Son reconocidos en el pueblo, pero también son temidos.
—¿Todos sois tan religiosos en Zufre?
Yohanna alza la comisura del labio en un amago de sonrisa pícara.
—No todos. Yo, por ejemplo, creo en Dios, pero no soy nada practicante. Lo que sí es cierto es que aquí hay algunos muy…, ¿cómo decirlo?... ¿fervorosos?
—¿Fanáticos?
—Sin llegar a esos extremos; pero muy capillitas.
Al fin y al cabo, un pueblo va arraigado a costumbres y tradiciones antiguas.
Lo llevan con pasión y les gusta ir a misa los domingos.
Eso los mayores, claro, porque los jóvenes están en otra onda.
El cura se queja de eso y trata de alentar a los padres para que traigan a sus niños.
—La Iglesia es reacia a la modernización, pero vive de sus seguidores y debe actualizarse. Sin juventud no quedará nada.
—¿Y tú? —se interesa Yohanna.
—¿Yo?
—Algo me dice que tú no eres muy religiosa.
La sargento suelta un largo suspiro y se aproxima al oído de su compañera antes de contestar.
—Soy atea —susurra—. Hablo en voz baja porque respeto a la gente que hay aquí, pero no creas que me avergüenza reconocerlo.
Hay mucha gente que no se atreve a decirlo, que les cuesta, y eso es lo que más odio de las religiones.
Son negocios que promueven la intolerancia.
Son una losa que la sociedad arrastra. Suerte que tengan fecha de caducidad.
—¿Tú crees? Date cuenta que en el mundo hay mucho sufrimiento y las religiones ofrecen consuelo. Hace poco, el padre Santiago dijo que leyó un artículo que decía que el islam no para de crecer y que superará en número de seguidores al cristianismo en menos de treinta años.
Anastasia pierde la atención porque algo la distrae.
Un joven de piel aceituna, de pie junto a una mujer de pelo rojo y rizado, no para de mirarla por encima del hombro.
Sus ojos negros desprenden un aura hostil.
Cuando la sargento está a punto de preguntar a su compañera acerca de aquel joven, el sacerdote hace su aparición en la iglesia al toque de piano.
La luz incide en su coronilla que, por su carencia de pelo, brilla y le otorga la deseada creencia de sentirse un mesías todo vestido de blanco.
El padre Santiago ajusta el micrófono a la altura que considera adecuada. Enrique, el monaguillo, recupera la pesada Santa Biblia en sus manos, la abre por la página marcada y se la muestra con los brazos extendidos. El sacerdote se coloca bien las gafas antes de leer.
—Junto al cuerpo ahora sin vida de nuestra hermana Alicia, encendemos, oh Cristo Jesús, esta llama.
El símbolo de tu cuerpo glorioso y resucitado.
Que el resplandor de esta luz ilumine nuestras tinieblas y alumbre nuestro camino de esperanza hasta que lleguemos a ti, oh claridad eterna, que vives y reinas inmortal y glorioso por los siglos de los siglos…
—Amén. —La palabra que cierra la oración es expulsada al unísono por el inmenso público, rebota en las paredes y es lanzada por la megafonía con una potencia que hace vibrar los corazones de más de un centenar de personas reunidas en y a las afueras de la casa de Dios.
Santiago está pletórico. Nunca ha tenido tanto público. Piensa aprovecharlo.
—Mira, Señor, con misericordia a tu sierva Alicia…
Continúa con un sermón que se prolonga hasta hacer bostezar incluso a los familiares de la difunta.
Pero Anastasia atrapa al vuelo una frase: El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.
No morirá para siempre. Sabe que ahí radica el secreto de toda religión.
Se oyen varios Señor y Cristo, ten piedad que todos repiten, y Santiago prosigue con un Padre nuestro.
La sargento siente ganas de echar una ojeada al móvil, a las redes sociales, y se siente culpable por no ser capaz de mantener la concentración en una sola cosa durante más de treinta minutos.
Oran pidiendo a Dios todopoderoso y eterno que acoja con bondad a su sierva Alicia. Y que la Virgen María le acompañe.
Anastasia se lleva una mano al vientre porque tiene molestias y se pregunta a sí misma cuánto más durará aquella tortuosa misa.
En momentos como aquel, e incluso sabiendo que la religión combate la muerte, no logra comprender cómo la tradición impera y hace perder tanto tiempo a tanta gente.
Una oleada de palabras salidas de las bocas de todos los feligreses empuja en contra de sus divagaciones:
—Dios te salve, María —claman—, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres…
Y una vez terminan con el rezo, el padre Santiago se dirige directamente al féretro donde yace el cuerpo de la joven, y sobre este deja caer su pésame.
—Escucha, Señor, estas súplicas nuestras: a confesar la resurrección de tu Hijo, que se afianza también la esperanza de que nuestros hermanos resucitarán. Dale, Señor, el descanso eterno. Descanse, Alicia, en paz.
—Amén.