Azufre 34
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A pesar de que es tarde, Belén sigue despierta sentada en el sofá del salón viendo un canal de YouTube en el televisor.

​ Oye las llaves encajar en la cerradura antes de que la puerta de casa se abra. Solo puede ser su padre porque su madre se marchó a vivir a Madrid con su nueva pareja hace ya poco menos de un año. Abandonó el pueblo por un amor que le ofreció trabajo y una vida mejor en la capital.

​ Cuando Lucas entra por la puerta tiene los ojos rojos.

Su hija respira aliviada, tenía ganas de que regresara.

A la mayoría de sus amigas les avergüenza ser cariñosas con sus seres queridos, pero a ella esto nunca le ha importado lo más mínimo y se abraza a él.

Su padre siempre ha sido un referente para ella, una especie de héroe; además, él ahora se encuentra débil: tiene las manos vendadas para proteger las quemaduras que se hizo al intentar salvar al padre de su amiga y a esta.

Su mejor amiga está muerta.

Ha muerto de una manera horrible y cada vez que Belén lo piensa su mundo da un vuelco y siente cómo un turbulento río anega sus ojos.

Ella también se siente débil. Está agotada de llorar por su amiga y se aferra a su padre para que este lleve el peso de sus lamentos. Ambos, padre e hija, se necesitan.

No obstante, a pesar del abrazo, ella le encuentra distante y no sabe si, o bien es normal después de tal tragedia, o bien hay algo más que ella desconoce.

Escruta su mirada y él no le corresponde, no la encara, sino que permanece quieto y con la mirada vacía, esquiva.

Se hace más que evidente cuando Belén le pregunta algo que ha oído en las noticias y la ha tenido inquieta toda la tarde.

—Papá, ¿han detenido al holandés?

​ Su padre se separa de ella y sube los escalones sin decir nada. Belén le sigue hasta el dormitorio donde él se sienta a los pies de la cama.

​ —Papá, ¿qué te pasa? Estás…

​ —Hace unos meses —la interrumpe— cumpliste dieciocho años. Te hiciste mayor de edad. Se supone que ya eres una adulta que puede tomar sus propias decisiones y dirigir su vida como le apetezca.

​ Belén se queda cortada. Su padre sigue sin mirarla a los ojos. Qué extraño está… ¿Qué demonios le pasa?

​ —Por tu dieciocho cumpleaños te hice un bonito regalo. ¿Lo recuerdas?

​ —Sí, claro.

​ —Te pasaste meses pidiéndomelo. Me decías que lo necesitabas. Yo ya te lo había comprado, claro, pero esperé un mes para dártelo por tu cumpleaños. Y aún recuerdo tu expresión al verlos, como si no supieras que era eso lo que iba a regalarte. Creo que realmente te sorprendí.

​ —Me encantan —simplifica ella. No entiende a qué viene todo aquello.

​ —¿Por qué no te los pones mañana para el funeral?

​ Belén traga saliva y su padre la mira a los ojos por primera vez.

​ —No sé… —titubea—. No pegan nada. Es un funeral, papá. Iré más sobria: con colores más apagados. ¿Qué más da eso ahora?

​ —¿Puedes traerlos? Quiero ver lo bonitos que son.

​ Se hace un silencio denso. Ninguno de los dos parece respirar. Se escrutan el uno al otro tratando de averiguar lo que ocultan.

​ —Ahora mismo no sé dónde están.

​ —¿No lo sabes? ¿Has perdido aquello que tanto necesitabas?

​ —¿De qué hablas, papá? ¿Qué te pasa?, ¿por qué estás tan raro?

​ Lucas se rasca la base de la nariz con un dedo que sobresale del vendaje.

Luego mete con cuidado una de sus manos vendadas en su bolsillo y la saca con algo entre los dedos.

Belén se queda boquiabierta al comprender lo que sucede.

Ve el brillo iridiscente de uno de sus pendientes.

Un pendiente que había perdido en un lugar prohibido.

​ —Oh, claro. No puedes porque lo tengo yo —dice su padre con tono grave y retándola con la mirada—. He encontrado uno de tus pendientes favoritos… ¿Adivinas dónde? A ver si eres capaz de decírmelo.

​ Belén está petrificada. Recuerda dónde estuvo la última vez que los llevaba. Se dio cuenta de que los había perdido al llegar a casa, pero nunca pensó que su padre la pillaría, que descubriría aquel secreto tan pronto.

​ —No sé… Los perdí. Yo…

Cuando acerca su mano para recuperar el pendiente, su padre la retira para que no lo alcance.

​ —No me mientas. Sabes que no me gusta que me mientas. Odio la mentira. Ya sabes dónde perdiste este pendiente y yo también lo sé. Solo quiero que seas capaz de decírmelo.

​ Pero no es capaz. No lo hará.

​ —Que no lo sé, papá. Que lo perdí.

​ —¡Que no me mientas! —El grito pilla por sorpresa a Belén y sus lágrimas vuelven a acudir prestas a mojar sus mejillas—.

¡Dímelo! Hace unos meses cumpliste años y te hiciste mayor de edad.

Cierto. Pero no estás independizada: sigues viviendo bajo mi techo.

Hasta que eso no cambie sigues siendo mi responsabilidad y, por lo tanto, todo lo que hagas estará bajo mi control.

Cuando te independices harás lo que te dé la gana, dirigirás tu propia vida como se te antoje, pero aún eres una cría y hasta entonces soy yo quien manda, ¿entendido?

¡Dímelo! ¡Responde! ¡¿Dónde perdiste este pendiente, Belén? !

​ Belén da media vuelta y huye a su cuarto acompañada por un sollozo incontrolable.

​ —¡Belén, ven aquí ahora mismo!

Ella le responde con un portazo. Lucas vuelve a bajar la mirada y se queda observando el pendiente entre sus manos descarnadas. Él también llora.