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En un lateral del edificio del puesto de la Guardia Civil de Zufre, Yohanna abre las puertas de acceso al patio interior del acuartelamiento y entran en fila los cinco coches.
Se bajan de estos un equipo de nueve personas cargadas de materiales y capitaneadas por un hombre de mediana estatura, bigote y un flequillo largo y negro que le cae sobre uno de sus ahuevados ojos.
El capitán Paz desciende del Alfa Romeo y estira la espalda antes de iniciar una marcha ligera, dejando atrás a sus subordinados descargando de los vehículos maletines y pesados baúles.
Pasa por delante del brigada Guerrero, quien ejercía hasta entonces la máxima autoridad del puesto.
El brigada se le acerca.
—Buenas noches, mi capitán…
—Shhh, shhh… —le manda callar con un dedo alzado hacia él, sin mirarle a los ojos y sin detener su marcha. Busca algo—. ¿Cómo se sale de aquí hacia donde está la prensa? —Es lo único que le interesa en ese momento.
—Aquella puerta, mi capitán —señala raudo Patxi.
Paz sale por donde Patxi le ha indicado y comienzan los ruidos de flashes y preguntas de los periodistas. Este inspira profundo y muestra una amplia sonrisa de dientes blancos, se despeja el flequillo de la frente, echando su tupé hacia atrás, y habla con un poderoso tono de voz.
—Buenas tardes a todos y disculpen las horas.
Hemos venido desde Madrid todo lo aprisa que nos han permitido las señales de tráfico, ¡ja, ja!
—ríe de manera socarrona—. Soy el capitán Paz y dirijo una unidad de la policía judicial muy especializada y experimentada en crímenes violentos.
Somos el refuerzo que llega directo de la capital para resolver este caso cuanto antes y quiero transmitir algo muy importante al pueblo de Zufre.
—Fija su mirada en una de las cámaras—. Vecinos de Zufre, no teman, ahora están cien por cien seguros.
—¿Quiere decir con ello que ya tienen al asesino? ¿Es Manfred el culpable? —Se atreve a preguntar una periodista.
A Paz le suena, es la madurita y sexy presentadora del matinal de uno de los principales medios de comunicación. Ha relevado a su periodista. Si ella misma está allí es porque el caso se ha vuelto tan importante que los presentadores ganan popularidad estando sobre el terreno.
El capitán le ofrece su mejor sonrisa antes de contestar:
—Lo que quiero decir es que el refuerzo que traigo está compuesto por los mejores especialistas de la Guardia Civil; y mientras los agentes destinados aquí estarán dando seguridad, peinando todo el pueblo y apostados en puntos estratégicos, nosotros no dejaremos de trabajar hasta que el asunto se aclare.
—¿Y no temen a la maldición del azufre?
—¡Ja, ja, ja! —ríe a mandíbula batiente—.
Señorita…, somos la unidad de la policía judicial que más casos ha llevado en Madrid.
Cada mañana me levanto y me desayuno una maldición.
Ahora, si me disculpan, tengo que ponerme a trabajar de inmediato.
Gracias a todos. —Vuelve a mostrar su ancha dentadura blanca a la presentadora sexy antes de darse la vuelta.
El resto de medios lanzan sus preguntas como flechas que rebotan en una espalda acorazada.
Se cierran las puertas del cuartel y Anastasia observa reticente a su nuevo capitán. Este borra la encantadora sonrisa de un plumazo y lanza un grito a sus hombres.
—¡Macho, no me jodáis que todavía no habéis terminado de descargarlo todo! Putas tortugas… A ver, ¿quién de aquí tiene novedades para mí?
Al brigada le ha tocado tanto la polla la actitud del capitán Paz que no se digna a moverse. Se queda con el rostro serio y la mandíbula prieta. Su rostro se vuelve aún más cuadrado que de costumbre, como un bloque de mármol.
Anastasia reacciona para relajar el ambiente. Odia las luchas de poder de los hombres y trata de mediar para que prime la resolución del caso por encima de la cantidad de testosterona.
—Mi capitán, le presento al brigada Guerrero, en su despacho tiene preparado para usted un informe del caso.
Paz ignora a Guerrero y se acerca a la sargento.
—Tú eres Petrova, ¿cierto?
Ella asiente en silencio.
—Sí..., sé quién eres… He oído hablar de ti.
Bien…, bien… Muestra el informe a uno de mis chicos.
Yo voy a descansar y mañana me incorporaré a primera hora de la mañana con un buen café.
¿Tenéis cafetera por aquí? —Anastasia se queda muda—.
Bueno, no importa, me alojo en una bonita casa rural, seguro que allí hay.
Tranquila, mis hombres se encargarán de todo.
—Y vuelve a dirigirse a ellos—. ¿Habéis terminado ya o no?
Os dije que primero bajarais los baúles de mi coche, macho, que parece que no entendéis mi idioma…
Se monta en el Alfa Romeo y arranca el motor.
Patxi se apresura a abrirle la puerta de salida y el capitán se marcha mientras sus hombres se quedan allí para ponerse al día con el caso.
El brigada sale de su despacho con el informe en la mano y se lo tiende a uno de los recién llegados.
Luego también se marcha. Anastasia suspira estresada.
Siente que nadie de allí se interesa por la chica muerta.
Como si nadie reparara en las cosas que de verdad importan. Nadie excepto, quizá, Yohanna y Lucas.