Azufre 31
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L ucas monta en la parte trasera de un vehículo todoterreno que conduce uno de los agentes de la policía judicial de Aracena.

Patxi va de copiloto. El conductor arranca el motor y salen del pueblo.

Por el espejo retrovisor observa las manos vendadas de Lucas y se da cuenta de que es el primero que llegó a la escena del crimen.

—¿Te duelen?

Se mira las manos como si fuese la primera vez en su vida que las ve.

—Bastante. Cuando se me pasan los efectos del sedante, se me vuelve un poco insoportable. —Lucas inspira en profundidad y siente un ardor en el pecho—. Pero el dolor me recuerda al hijo de puta que debo atrapar.

—Amén por eso.

Toman una carretera secundaria y giran para adentrarse por un camino de tierra.

Avanzan hasta que no pueden continuar en coche y entonces se bajan y caminan unos seiscientos metros hasta llegar a un claro.

Allí, una casa de madera oscura y de proporciones perfectas, las dibujadas por cualquier crío en un colegio, reposa rodeada de árboles.

La puerta no tiene ningún tipo de seguridad y los tres agentes entran al domicilio.

El interior es acogedor. Hay mesas y sillas fabricadas a mano y un dormitorio principal con un colchón que parece bastante confortable.

—¡Ahí va la hostia! Yo de verdad creía que el tío vivía en una cabaña —expresa Patxi.

—Voy a pediros que no toquéis nada —dice el de Aracena—. Si veis algo, por favor, avisadme.

—¿No te pones ese jodido traje de color blanco?

—Hace demasiado calor y este no es el escenario del crimen. En principio solo usaré los guantes en caso de que necesite recoger algo. De momento solo hemos venido a mirar. Los de Madrid pronto se harán cargo de esto. Nosotros venimos a ver si podemos adelantar algo.

Mientras los otros dos se quedan en la planta baja, Lucas sube a la planta superior y entra al dormitorio principal.

—El extranjero es más listo de lo que creímos todos —anuncia—.

Cuando se trata de su espalda, la naturaleza se la trae al pairo, porque aquí hay una cama que no ha crecido de una rama.

Tiene un colchón mejor que el de mi casa.

—Y entonces se percata de un objeto que le llama poderosamente la atención.

Es un leve brillo que reluce bajo la almohada gracias a la luz natural que entra por una ventana.

Oye la madera de la escalera crujir, alguien que sube, y con rapidez desliza su mano vendada para coger con dos dedos un pequeño objeto que se lleva al bolsillo del pantalón y se guarda sin que sus compañeros se den cuenta.

Patxi asoma su enorme tripa a la habitación. La calva del vasco aparece lenta tras su barriga.

—Se ve que no le gusta hacer la cama —dice Lucas, solo para relajar la tensión y cerciorarse de que no le ha visto coger nada a escondidas.

—Será un flojo, pero está hecho todo un artista —apunta el vasco—. En esa habitación del fondo parece que hay muchos cuadros. Voy a acercarme a ver.

Van juntos para descubrir una estancia que está repleta de lienzos coloridos.

En la mayoría de estos lienzos hay paisajes vistos por los ojos verdes de Manfred, pero también hay otros más llamativos, llenos de cuerpos desnudos revueltos en una orgía.

El cuadro más chocante es uno con los bordes oscuros y el centro de tonos rosados. Es una vagina en primer plano.

—¡Aúpa! —exclama Patxi—. Nuestro hombre es un verdadero pervertido. Cada vez tengo más claro que ha sido él. Está obsesionado con los chochitos.

Lucas, en cambio, mantiene la mirada fija en otro cuadro. Es un lienzo en blanco sobre el que hay huellas de manos de todos los colores. Esas manos pintadas tienen diferentes tamaños: unas más grandes y alargadas, otras más finas y pequeñas…

Aprieta su puño vendado sobre el objeto sustraído y se aferra al intenso dolor que le martillea la mente. Ese maldito extranjero le ha robado el sueño.