Azufre 30
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—A licia murió ahogada, antes de que su cuerpo ardiera —explica el brigada Guerrero nada más salir del baño, mientras termina de abrocharse el cinturón—.

Cuando mis chavales examinaron el cadáver, vieron el extremo de un trapo de tela blanca metido en su boca.

—Anastasia también lo había visto, pero con la impresión de ver quemado medio cuerpo, más la persecución de Manfred después, se olvidó de ello—.

El forense ha extraído la tela de su garganta.

Estaba empapada y no por los fluidos de la joven.

Le abrió el tórax y examinó sus pulmones.

Están encharcados. La chica murió ahogada antes de ser quemada en la hoguera.

Y todo indica que la ahogaron con la tela blanca metida en la boca porque esta le ha llegado hasta la tráquea, probablemente al tragar en su horrible esfuerzo por tomar algo de aire cuando estaba siendo ahogada con el trapo en la boca. Es una muerte angustiosa. Muy horrible.

​ Anastasia tiene serias dudas sobre qué muerte es más horrenda y sufrida: si ahogada mediante tortura o quemada viva.

​ —El lago —dice la sargento sin pensar.

​ —¿El qué?

​ —El lago al que saltó el holandés. El embalse de Zufre. Está muy cerca de la hoguera donde quemaron a la chica. Por eso has mandado a tus hombres a la orilla del embalse… Si murió ahogada pudo ser allí, en esa zona.

​ —¿Y sigues dudando de ese extranjero?

​ —Manfred vive cerca, es cierto, pero le habría sido más cómodo ahogarla en la bañera de su casa.

​ —Quizá no tenga bañera.

​ —Habría que mirarlo. Todavía no tengo claro que haya sido Manfred. Hay que buscar más pruebas en su casa.

—Sargento, no se deje encandilar por los ojos verdes de ese extranjero.

​ No lo hace. Anastasia se enfada. Tan solo le resulta demasiado pronto para sacar conjeturas.

No le gusta la animadversión que Guerrero siente hacia el holandés.

Es como si en su mundo todos los extranjeros fueran culpables de las desgracias del mundo.

No desea dudar de la profesionalidad del brigada, pero es que se comporta como un auténtico xenófobo.

Y encima la trata a ella como a una niña débil y tonta…

La relación no es buena y, por ello, en lugar de cerrarse en banda como haría cualquiera, emplea más esfuerzos por colaborar con su nuevo jefe:

​ —Puedo ofrecerte a los guardias del puesto para que ayuden con la investigación.

Estáis abarcando demasiado terreno. No habéis terminado con la hoguera y aún os queda la casa y, ahora también, el embalse.

Puedes dividir a tus hombres y que los míos se unan a cada uno de ellos para echarles una mano.

No tocarán nada que tus hombres no les haya dicho previamente que toquen. Solo obedecerán órdenes.

​ El brigada Guerrero se acaricia la perilla mosquetera y asiente con calma.

​ —Sí, qué leches. Este es un caso gordo. Nos vendrá bien toda la ayuda posible, sobre todo si eso nos lleva a encontrar nosotros alguna clave del caso antes de que vengan los chulos de Madrid a convertirme en un cero a la izquierda.