29
—¡I ros a la mierda! ¡A la mierda! —El brigada Guerrero se libra así de los periodistas antes de aparecer por el cuartelillo con el rostro agrietado de arrugas y preocupaciones.
Primero va al baño, luego sale de este con el rostro empapado y minúsculas gotas adheridas a los pelos de su perilla a lo mosquetero. Anastasia le aborda en su despacho.
—¿Cómo ha ido la autopsia?
—Fría e incómoda, como todas —dice mientras se seca la perilla con un pañuelo de papel.
—¿Murió quemada viva?
Es lo que más interesa a Anastasia. No quiere ni pensar que la chica tuvo que sufrir mucho más de lo que ella misma sufrió en sus carnes.
El brigada la mira pensativo. Sus labios apretados son dos finas líneas blanquecinas. Sus ojos están achinados en el marco de un rostro cuadrangular y su cuello desaparece enterrado en trapecios hinchados.
—No. El cuerpo fue quemado después.
Anastasia suspira. Resulta un alivio saber eso.
—Aunque —continúa Guerrero— no pienses que la chica no sufrió… No sé qué forma de morir es la peor… Pero no tuvo una muerte rápida.
—…
—El forense quiso encontrar restos biológicos en las uñas para saber si trató de defenderse y encontrar ahí piel muerta del asesino.
—Posa los codos sobre el escritorio y apoya la perilla en sus manos abiertas acogiendo su anguloso rostro.
Luego expulsa un largo y lento suspiro. Lo que está contando no es plato de buen gusto para nadie—.
Pero los dedos de sus manos están tan quemados como los de sus pies.
Así que todavía no podremos demostrar la culpabilidad de ese extranjero hijo de puta que tenemos encerrado.
A la sargento le sorprende y, en cierta medida, le molesta aquella manifestación expresa de querer enchironar al holandés.
—¿Tan seguro estás de que Manfred es el culpable?
—Le he vuelto a interrogar y esconde demasiadas cosas.
Ese cabrón es astuto. Además, su actitud es la de un asesino.
Muchos de los asesinos regresan al lugar de los hechos para deleitarse reviviendo el placer que sintieron al matar a sus víctimas.
Y por eso tú lo cazaste allí, escondido.
Tampoco tiene coartada: blanco y en botella.
—Vive solo en una cabaña del bosque. Es difícil tener coartada así.
—No es una cabaña, es una mansión de dos plantas. Y ese no es mi problema, sino el suyo. ¿Qué clase de persona vive hoy en día aislada de la sociedad?
—¿Habéis examinado su casa?
—Todavía no, mis chavales van allí luego. Después de haber estado en la zona donde se quemó el cuerpo de la chica, los he mandado a recorrer parte de la orilla del embalse.
—¿Para qué van a la orilla del embalse?
El brigada se echa hacia atrás en el respaldo de la silla. Anastasia cambia su peso a la otra pierna, lleva recta y en la misma posición mucho rato. Está tensa.
—Eso tiene relación con cómo murió la chica. Aquí nada es lo que parece…
—¿Cómo murió Alicia?
El brigada se cruza de brazos y vuelve a suspirar. La mañana examinando el cadáver junto con la forense le ha quemado las neuronas del resto del día. Se nota que necesita un descanso.
—Tiene una fractura craneal producida por un fuerte golpe que, como poco, tuvo que dejarla inconsciente. Fue con un objeto muy duro, metálico me atrevería a decir. Pero eso no la mató… Ni eso ni el fuego.
—¿Entonces…?
Riiiiinnngggg.
El tono anticuado del teléfono de la oficina hace pestañear a la sargento. Guerrero contesta con mano firme; sin embargo, Anastasia le ve temblar al cabo de un segundo.
—A la orden de usía mi coronel. A la orden.
A la orden. Sí. A la orden. —Es lo único que Anastasia oye en lo que dura la conversación telefónica.
Luego, tras colgar, se levanta de la mesa y lanza un cubilete de rotuladores contra la pared—.
¡Me cago en mi puta calavera! ¡Me cago en la Guardia Civil!
¡Toda la vida aburrido en un puto pueblo de mierda, esperando un caso así, para esto!
Anastasia se queda muda. Observa cómo el brigada se ha puesto completamente colorado y se le marcan unas feas venas sobre su frente.
—¡Ahora que me pongo al mando de algo serio y vienen los putos pijos de la capital a joderme como si yo fuese un puto crío que no sabe lo que hace!
¡Joder! —Y lanza una patada a la nada. Tras caminar de un lado al otro de la sala, recoge los rotuladores del suelo y vuelve a dejar el cubilete en su sitio. Luego se dirige a la salida.
—Mi brigada ¿a dónde va?
—¡Me voy a cagar! Solo en el váter pienso tranquilo. Viene la policía judicial de Madrid. Se van a hacer cargo del caso y me dejan como mero títere. No quiero saber nada más… Me voy a cagar y luego prepararé un informe de lo que llevamos de caso para que esos hijos de puta se coman el pastel.
—Pero, mi brigada, ¿cómo murió Alicia?
El brigada se detiene a las puertas del baño y mira a la sargento con gesto circunspecto. Exhala.
—Ahogada. Esa pobre chica murió ahogada.
Y con un portazo, el brigada deja a Anastasia descolocada.