Azufre 28
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N o piensa irse a dormir. Lucas se monta en su Dacia y conduce una hora hasta el hospital Virgen del Rocío, en Sevilla.

Se conmueve al ver a la mujer de su amigo.

Permanece sentada, inmóvil, no le quedan lágrimas que derramar.

A Fernando todavía lo mantienen en la Unidad de Cuidados Intensivos porque su estado sigue siendo de altísima gravedad.

Lucas se cuela: atraviesa la puerta de acceso a personal autorizado para avanzar por un largo pasillo de paredes blancas hasta detenerse frente a un mamparo desde el que puede ver a Fernando, con el cuerpo completamente vendado y tumbado sobre una cama repleta de cables. Ver aquello le traslada a otra época.

—¡Mi cabo!

Sus pesadillas asaltan la realidad debido al cansancio. Debería haberle hecho caso a su sargento y haberse ido a dormir. La falta de sueño produce alucinaciones.

Instrumental médico. Vendas. Una camilla con un cuerpo quemado.

—¡Mi cabo!

Lucas da un respingo y pestañea.

Fernando parece tener algún tipo de reacción, lo ha visto.

Ahora tiene los ojos clavados en Lucas y está boqueando.

Parece querer decirle algo, pero el mamparo de seguridad les separa.

La piel es la protección del cuerpo ante agentes patógenos y sería un riesgo para la frágil salud de su amigo que él entrase sin traje de protección individual para poder oír lo que le quiere expresar, así que por señas avisa a la enfermera que está dentro.

Esta se aproxima al cristal para oír lo que el guardiacivil le pide.

—Por favor —exclama, señalando a Fernando—, mi amigo quiere decirme algo.

Puede ser muy importante para el caso. Estamos con una investigación importante…

Por favor, hágame saber qué dice. Escuche lo que dice y dígamelo usted, por favor.

¿Qué dice? ¿Qué dice? —repite, haciendo señas con las palmas de las manos hacia arriba.

La enfermera se retira y acerca su oído a los labios de Fernando.

Tarda un rato en regresar la vista al mamparo.

Parece esquiva, como si no quisiera volver a hablar con Lucas.

Él vuelve a mostrarle las palmas de sus manos vendadas y ella niega con la cabeza.

Cuando se atreve a mirarle a los ojos, parece consternada. Vuelve a negar con la cabeza.

—¡Por favor, dígamelo! ¡Es muy importante!

Una médica sale de una de las salas y conmina a Lucas a marcharse.

—Por favor, no grite. Usted no puede estar aquí, márchese.

El guardiacivil muestra su placa identificativa.

—Soy guardiacivil, estoy en una investigación muy importante y necesito saber qué dice ese paciente: es amigo mío.

—Me da igual quién sea usted. No puede estar aquí, márchese ahora mismo.

La enfermera ve el gesto desesperado de Lucas.

Aprieta los labios. Luego, para no ponerse a gritar desde el interior de la UCI, busca una pequeña pizarra que usan para comunicarse con pacientes que no pueden oír.

En ella escribe con rotulador la frase que repite Fernando, y se la muestra al guardiacivil a través del cristal.

Lucas observa atentamente lo que pone.

Debiste dejarme morir, debiste dejarme morir…

Y se queda petrificado.

Da media vuelta, no por salir, sino para dejar de ver aquella frase lapidaria.

El pasillo blanco se estrecha sobre él y los sentidos se le nublan.

Ni siquiera oye las reprimendas de la médica que le está echando.

Se marcha de allí antes de que sus lágrimas impidan hacerle ver la salida y lucha a horrores contra sus piernas por continuar caminando y no caerse de bruces allí mismo.