Azufre 25
30%

25

U na figura postrada en un sillón observa con interés el programa matinal de noticias donde hablan de su pueblo, Zufre, y anuncian el crimen del que es responsable.

A pesar de llevar una hora sentado y sin cambiar de canal, sigue aferrado al mando de la televisión.

Le gusta la sensación de dominio y control sobre todas las cosas a su alrededor, incluidos los pequeños detalles.

Siempre que puede, deja todos los cabos atados.

​ Una periodista jovencísima se encuentra en el Parque de los Alcaldes con un bonito plano del entorno de Zufre a su espalda.

A su izquierda sobresale la torre del campanario de la iglesia de la Purísima Concepción.

A su derecha queda el embalse y el bosque en el que murió la joven Alicia Ortiz.

La periodista habla sujeta a un micrófono bajo sus grandes ojos y ofrece los pocos datos de que dispone:

​ —Hemos hablado con muchos vecinos del pueblo y están, como comprenderán, muy preocupados por el crimen tan horrible que se ha cometido, donde Alicia, la víctima, fue quemada en una hoguera.

Hoy estamos a la espera de que le realicen la autopsia para saber, al fin, en qué condiciones falleció.

Por otra parte, su padre permanece ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos con quemaduras muy graves al intentar rescatar del fuego el cuerpo de su hija.

​ —¿Y qué sabemos de la investigación? ¿Ha habido alguna detención? —Ambas preguntas las hace la presentadora, una mujer alta, rubia e hipersexualizada, que habla con su compañera, en directo, desde un plató de la televisión autonómica situado en Sevilla.

​ —Hasta ahora —responde la periodista— no tenemos grandes datos, pero sí sabemos que ha habido, al menos, una detención.

No conocemos la identidad del sospechoso, pero sí la de las dos guardiaciviles que lo detuvieron.

Una es Yohanna Alonso, muy conocida en el entorno por haberse hecho con el título de campeona del mundo de Muay thai.

La otra es la nueva sargento de Zufre, que tomó posesión de su nuevo destino ayer mismo y que obedece las órdenes del bri…

​ —¿Ayer? —interrumpe la presentadora—. ¿Estás diciendo que llegó ayer a su nuevo destino y se topó con un asesinato así?

​ —Eso es empezar con mal pie —bromea un tertuliano.

​ —Sí, exacto, así es —afirma la periodista, conteniendo una risilla nerviosa.

Al ser interrumpida, rápidamente tiene que adaptarse a la nueva pregunta para luego reordenar su discurso.

Aun siendo joven, es buena profesional y lo resuelve con soltura—.

Llegar y pegar, como decimos los del sur.

Ayer, cuando tuvo lugar el cruel asesinato, fue el primer día de trabajo en el pueblo de Zufre para la sargento Anastasia Petrova.

El sillón cruje cuando la sombra se aproxima al televisor, agudizando el oído. ¿Ha escuchado bien aquel nombre?

—Hemos podido grabarla esta mañana —continúa la periodista—, levantada desde muy temprano y trabajando codo con codo con los agentes de la judicial.

Sin duda es una guardiacivil con experiencia y el pueblo confía en que tanto ella como el resto de agentes sepan estar a la altura de las circunstancias para enfrentar lo que muchos del pueblo llaman la maldición del azu…

​ La imagen de la pantalla ha cambiado del directo a las grabaciones de primera hora. En la pantalla aparece una mujer delgada de pelo castaño claro. A pesar de su uniforme verde, parece un cervatillo desubicado huyendo de las cámaras.

Las oscuras pupilas del siniestro hombre que observa la pantalla se engrandecen como nunca antes. ¡Es ella! ¡Anastasia Petrova! Un recuerdo le golpea como un rayo, erizando los vellos de sus brazos:

Tilín, tilín, tilín… Sshh, sshh, ¡eh!, Nastia, venga para adentro….

La comisura de su fino labio se ensancha y, tras largo tiempo, aparece en su faz una sonrisa espeluznante. Cabellos claros… Cabellos dorados…

Su mano libre rebusca en el bolsillo de la chaqueta hasta sacar un amuleto que siempre le acompaña, un objeto que recarga para estar listo y cumplir sus deseos.

Juega con él en su mano antes de extender el brazo hasta la pantalla y posicionar el objeto delante.

Visualiza en su mente aquellos cabellos dorados y ahora confunde los ojos grandes de la periodista con los de otra persona.

A la altura del rostro de ella, frente a su cara, presiona el botón de su amuleto y una llama se enciende.

El fulgor de Satán ilumina su rostro en sombra y sus negras y dilatadas pupilas que vibran por la emoción de recordar algo, aquella madre…

cabellos dorados, aquella hija… cabellos claros…

Él está emocionado. Su mano tiembla aferrada a su preciado amuleto: un mechero plateado.