Azufre 24
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D espués de una merecida ducha de agua fresca, Anastasia seca su cuerpo con una toalla y se tumba desnuda sobre la cama.

Está agotada, tanto física como anímicamente.

El día ha dado para mucho. Demasiadas emociones que controlar en tan corto espacio de tiempo.

No quiere pensar, no desea pensar en nada más, pero sabe que la mente es un ente muchas veces incontrolable y lo que no reflexione de manera consciente lo hará en sus pesadillas.

Las piernas carbonizadas de Alicia acuden a su mente con punzadas de dolor que siente como propio.

Anastasia se incorpora con la toalla cubriendo sus partes íntimas y se coloca frente al espejo.

Sabe que debe hacerlo, es su terapia. Mirar su pasado a través de un espejo de cuerpo entero.

Anastasia abre los ojos y contempla la compleja red, como una telaraña de cicatrices y marcas que recubren la piel de unas piernas con estampado de parches rosados que ascienden por sus muslos y se ocultan bajo la toalla que oculta su sexo y que no retira.

Se lo piensa.

Le cuesta.

No se atreve a ir más allá, aun sabiendo que debe mirar y aceptar lo que es. Lo que ha sido siempre desde que aquel demonio…

—Miau, miau.

Un gato maúlla tan cerca que parece estar dentro de su habitación.

Anastasia mira hacia el origen del sonido y ve en el quicio de la ventana al gato que vio el día que llegó, la noche anterior, abajo, en el patio.

El mismo que actuaba como si todo el cuartel fuese suyo.

Es atigrado, de colores grises y oscuros, y tiene unos preciosos ojos verdes que le recuerdan al atractivo holandés errante, el extranjero que parece vivir como Buda. Buda…

Anastasia se acerca y le ofrece su mano con la palma vuelta hacia arriba para no asustarlo.

El gato la huele y luego se contonea bajo sus piernas para frotarse con ella.

Al misifú no parece asustarle aquellas piernas marcadas a fuego y, gracias a ello, se gana el cariño de la sargento. Han creado un vínculo.

—Quieres ser mi compañero, ¿eh?

Anastasia sonríe por primera vez en aquel pueblo. Se alegra de tener aquel tipo de compañía. La de un no-humano . La de un animal sin capacidad consciente de hacerle ningún mal. O de rechazarla por sus muslos arrugados.

Toma una loncha de pavo del frigorífico y se la ofrece. El gato la olisquea primero antes de devorarla mientras ronronea. Ella le acaricia la espalda y este levanta su rabo.

—Buda… Voy a llamarte Buda.