23
T iene que hacer verdaderos esfuerzos para no correr hasta el baño.
Cuando llega, vomita en el retrete. Tira de la cisterna al mismo tiempo que expulsa los reflujos para camuflar el ruido y no sentirse como una mujer débil frente a la perfecta y poderosa Yohanna.
Su estómago se revuelve provocándole dolor abdominal y su pecho le arde por los ácidos que están quemándole el esófago. Odia vomitar.
Cuando se siente capaz de incorporarse, vuelve a jalar de la cisterna y se enjuaga la boca y la cara en el lavabo.
Se mira el rostro en un pequeño y sucio espejo.
Su primer día de trabajo allí y está realmente agotada.
Tiene la mirada triste. Espera hasta sentirse preparada, y entonces sale. Necesita aire fresco.
Fuera del cuartel se queda pensativa, con los pies sobre los adoquines de la antigua calzada que forma la vía principal del pueblo de Zufre.
Acostumbrada a las noches de ciudad, aquella le parece más oscura.
Calurosa penumbra. Mira al cielo, hacia las estrellas, colosales bolas de fuego ardiendo a distancias inimaginables.
Odia cuando siente que en su mundo todo parece estar en llamas porque vuelve a sentirse atrapada como cuando era una niña.
—Esa es una de las ventajas del pueblo —dice Yohanna a su espalda.
Al ver que Anastasia no sabe de qué habla, se explica mejor—.
Las estrellas. En la ciudad no puedes verlas por la contaminación lumínica.
Mientras que aquí el cielo está repleto.
Siempre sirve de ayuda para desconectar: mirar las estrellas.
—A mí me genera tristeza.
—¿Tristeza? ¿Te da tristeza ver las estrellas? ¿Por qué?
Me hacen sentir mi soledad, piensa, pero no se atreve a decirlo. En su lugar da otra explicación:
—No son estrellas lo que vemos, sino su luz que viaja desde muy lejos. Es probable que la mayoría de esas estrellas ya estén muertas, desde hace millones de años, pero nos sigue llegando su luz. Pasa lo mismo con algunas personas… No están aquí, y seguimos sintiendo su calor…
—Guau —expresa Yohanna—. Parece que echas mucho de menos a alguien.
La sargento deja entrever una sonrisa lacónica antes de cambiar de tercio.
—Es solo que ha sido un día difícil.
—Ha sido un día agotador. Muy duro, ¿verdad?
Anastasia asiente. Le asombra los escalofriantes sucesos que ha padecido en solo un día de trabajo en aquel destino.
—Ha sido un día terrible que no voy a olvidar con facilidad. Me parece increíble lo que he tenido que vivir en mi primer día de trabajo en un pueblo que se supone tranquilo.
—Y es muy tranquilo. Aquí tan solo hay algún que otro incendio.
A mí también me parece increíble. Lo que ha pasado…
—No termina la frase. Guarda silencio al ver una silueta al fondo de la calle.
Esta se acerca con pasos decididos, rectos, nada que ver con la noche anterior.
Lleva las manos enguantadas en vendajes blancos.
—A sus órdenes mi sargento. Estoy listo para el servicio —anuncia Lucas.
—Lucas —se adelanta Yohanna—, deberías descansar. Estás de vacaciones y encima… —Señala sus manos—. ¿Cómo estás? ¿Y Fernando?
—Fernando está muy mal… muy mal. En la UCI.
Los médicos no saben si saldrá adelante…
Yo estoy bien —asegura, pero no lo está.
Está a demasiadas millas de encontrarse bien—.
Lógicamente no me voy a ir de vacaciones después de lo que ha pasado.
Voy a interrumpir mi permiso, y ya he descansado esta tarde.
Ahora necesito ponerme en marcha y descubrir al culpable de esto que ha pasado y del sufrimiento de mi amigo.
Hasta entonces no voy a poder estar tranquilo, lo sé.
Por eso estaré disponible las veinticuatro horas que tiene el día. Siempre.
Yohanna trata de hacerle entrar en razón, pero la sargento frena sus intentos. Reconoce la determinación en los ojos de un hombre malherido. Sabe que nada va a impedir que persiga su objetivo. Ve dolor y rencor en sus ojos castaños. Y Anastasia conoce muy bien las ansias de venganza.
—Yohanna, pon a Lucas Vázquez al día con la investigación, nos ayudará en lo que pueda. Eso sí —se dirige a él—: si te duelen las manos demasiado o estás agotado, paras. Y otra cosa, quiero saberlo todo sobre el párroco del pueblo. Necesito…
—¿Santiago, el cura?
—Sí, el cura. Lo que ha dicho Man…
No termina la frase porque ve algo que llama su atención. Un movimiento en la oscuridad. Una sombra que trata de ocultarse… ¡De huir!
En el otro extremo de la calle por la que ha venido Lucas, una enorme sombra gira sus pasos y comienza a marcharse alargando la zancada hasta echarse a correr.
Estaba absurdamente oculta tras la esquina, como un niño grande jugando al escondite.
Les espiaba y, por ello, Anastasia también sale corriendo para perseguir a un segundo sospechoso.
No puede creer que esté en una segunda persecución en su primer día como sargento de Zufre.
Recorre a toda prisa la calle Linares y tras una curva ve al fondo a la gran silueta rebuscar en su bolsillo.
¿Va a sacar un arma?
No.
La sombra saca un manojo de llaves que, con torpeza, trata de atinar para introducir la correcta en la cerradura del portón de una casa.
Cuanto más se acerca Anastasia, más cuenta se da de lo grande y gruesa que es la sombra.
Parece un segundo monstruo al que deba enfrentar.
Este logra meter la llave y abrir la cerradura.
Entra en la casa para sentirse a salvo y cierra justo cuando Anastasia golpea la puerta.
—¡Abra a la Guardia Civil! ¡Abra ahora mismo!
Lucas y Yohanna llegan tras su jefa y se doblan sobre las rodillas para tomar aire. De la puerta de enfrente sale el vecino Óscar.
—¡Lucas, ¿qué ha pasado?! —exclama en pijama.
En el interior de la casa del sospechoso se escuchan gritos y un llanto que parece el berrido de una vaca. Al cabo de unos segundos, Santa Carmen abre la puerta.
—¡Ay, Lucas, ¿qué pasa?!
—¿Ha entrado alguien que no viva aquí, Carmen?
—¡No, Lucas, no! ¡Por Dios bendito! Son mi marido y el niño. Están asustados, están llorando, ¿qué pasa? Por favor, que es de noche, no me asustéis así…
Anastasia echa un vistazo tras la señora Carmen.
Ve el salón y sobre el sofá hay sentados, acurrucados y abrazados, dos hombres de talla XXL.
El marido de Carmen es quien está berreando, mientras que su hijo permanece aferrado al cuello de este como un niño atemorizado, y es lo que parece a pesar de sus treinta y pocos años y su figura descomunal.
El perrito bodeguero, a los pies del sofá, no para de ladrar, nervioso.
—Jefa —dice Yohanna, llamándola para que retroceda un poco.
Cuando Anastasia se le acerca a un palmo, ella le susurra una explicación convincente—.
El marido tiene alzhéimer y el hijo es discapacitado…
Solo para que lo tengas en cuenta. A lo mejor solo se ha asustado y por eso corría.
El pueblo está muy intranquilo con lo que ha pasado hoy.
Anastasia ve compasión en los ojos de su compañera y decide rectificar. Está cansada, ha sido un día muy duro y los impertinentes ladridos del perro no le dejan pensar con claridad.
—Disculpe, doña Carmen, ha sido un malentendido. Pensamos que alguien se colaba en su domicilio. Descansen, por favor. Ya nos vamos.
Cuando los tres guardiaciviles se retiran, oyen a sus espaldas la voz del entrometido Óscar:
—¿De verdad iban a detener a Quique? ¡Ja! ¡Pero si ese muchacho no mataría una mosca!
Anastasia escupe sus pensamientos como los siente:
—¡Joder! ¡Lo mismo que me ha dicho Patxi sobre el holandés! Resulta que en este pueblo nadie mataría una mosca… Pero tenemos un cadáver quemado vivo y a su padre en la UCI.
Óscar no contesta. No le sienta bien que una mujer le grite. Mira a la sargento con cara de pocos amigos y retrocede hasta meterse en su casa y dar un portazo.
Anastasia camina junto a sus compañeros de regreso al puesto de la Guardia Civil. Se nota en la frente una película de sudor y le duele la tripa, no sabe si de nervios o de qué. Trata de centrarse.
—Lucas, ¿qué puedes contarme de esa familia?
—Bueno, es difícil tener trato con Jacobo.
Me lo encuentro muchas veces por ahí perdido, bien por cualquier calle del pueblo o en medio mismo de la carretera.
Alguna que otra vez incluso en gayumbos.
Casi siempre va paseando al perro. Él lo saca porque tener mascota le ayuda; al cabo de treinta minutos andando se olvida de adónde va y de dónde está, pero el perro tira de él y le hace moverse hasta encontrar su casa.
Hay que tener mucho cuidado con él, no sé cómo aún no le ha atropellado un coche…
Yo lo recojo muchas veces y lo acerco a casa con su mujer.
Pero habla muy poco y rara vez me mira a los ojos o me reconoce.
No hace mucho que le diagnosticaron alzhéimer, pero empeora muy rápido, cada vez está peor.
La última vez que lo recogí llevaba la correa sin el chucho y estaba a la vuelta de la esquina de su casa sin saber adónde ir.
—¿Y el hijo?
—Quique… Pues tampoco es que pueda decir gran cosa de él.
Su mayor contribución es ser el monaguillo perenne del pueblo.
Es lo único que parece hacerle feliz, estar en la iglesia leyendo los libros de teología que Santiago, el cura, tiene en su biblioteca.
Parece una persona minuciosa, silenciosa, que no se mete en problemas.
Siempre ha sido así y por eso sigue siendo tratado como un niño.
Muchos dicen que es discapacitado, y yo no entiendo mucho de eso, pero nunca vi a un discapacitado leer tanto.
—Bueno, es lo que se oye por el pueblo —se excusa Yohanna.
—Es reservado —continúa Lucas— y muy serio, eso sí.
Nunca le veo sonreír. Muy poco sociable y no te mira a los ojos, como si fuese un poco autista.
No he pasado la infancia en este pueblo, pero me imagino el acoso escolar que habrá podido sufrir.
Con ese tamaño y en su época, seguro que fue tratado como un monstruito.
A la sargento no le cuesta ponerse en su lugar. Ella ya se sintió bastante apartada en la escuela tan solo por ir en silla de ruedas. Gracias a D… Por suerte tuvo a Sergio, alguien muy especial, a su lado.
—¿Y el vecino que vive enfrente?
—Uff… —suspira—. Óscar, un pesado. No sé…
Nunca ha sido trigo limpio y tiene pequeños antecedentes por cazar donde no debe y por alguna trifulca, aunque no falta un domingo a misa y asegura que en el pasado quiso ser miembro de la Guardia Civil.
Creo que hubiese sido un corrupto. Pero no sé…
tampoco quiero entrar a fondo valorando a alguien con quien pueda equivocarme.
Lo que más deseo es que el asesino sea alguien de fuera de este pueblo.
—Te entiendo.
—Puede ser, ¿no? Quiero decir que puede que alguien haya venido a cometer el crimen y ya se haya marchado. O que sea vecino de otro pueblo.
—Sinceramente, yo espero que no.
Cuando llegan al acuartelamiento, ven frente a la puerta a cuatro hombres que se bajan de dos vehículos apostados en la entrada.
—¿Y ahora qué? —pregunta Anastasia sin esperar respuesta. Solo expresa lo agotada que está.
De los cuatro hombres, uno posa las manos en la cintura y centra su atención en Anastasia.
Lleva bigote y perilla, y tiene una amplia frente con entradas que lo mantienen muy lejos de la juventud de la que no acepta desprenderse.
Para sus cincuenta años es bastante fornido y está muy bronceado.
Su único complejo es la talla. Es bajito y en seguida le rodean los otros tres, mucho más altos y aún más corpulentos.
—Son los de la policía judicial —informa Lucas antes de darles el encuentro.
Lucas saluda al brigada Guerrero y este señala sus manos.
—¿Qué cojones te ha pasado, Lucas?
—No es nada, mi brigada. Gajes del oficio, supongo.
—Hostia, puta, qué cabrón. Luchas duro por la medalla, macho —bromea el brigada mientras levanta la cabeza para mirar sonriente a los tres tipos que le acompañan.
Lanza su mirada analítica a Anastasia y espera que se presente.
Ella lo hace de manera cordial. Está demasiado cansada para cuadrarse y andarse con florituras militares.
Guerrero afirma con un gruñido y luego le presenta a su equipo.
Son el relevo, la policía judicial, los que van a encargarse del caso.
La sargento les pone al día en su despacho y, una vez delega su trabajo, se va a descansar no sin antes ofrecer su ayuda o la de cualquiera de sus hombres.
En especial la de Lucas, que insiste en formar parte directa de la investigación.
Guerrero asiente y admite que cualquier ayuda es buena, sobre todo de alguien que conoce tan bien a los vecinos del pueblo.
Anastasia acaba por alegrarse de tener un guardia como Lucas.
Tras despedirse, se marcha al piso situado en el mismo acuartelamiento para dormir unas horas.