22
L levan tres horas de interrogatorio, ya es de noche y, a pesar de ello, a Anastasia el calor le sigue pareciendo asfixiante porque la sala que han habilitado no dispone de aire acondicionado.
Debería haberlo pensado antes. Anastasia odia el calor sobre todas las cosas del universo y aquello no la deja pensar con claridad.
Sabe que Manfred oculta algo, lo ha visto en sus ojos verdes en menos de treinta minutos, pero desde entonces no ha logrado nada más, ninguna confesión.
Manfred es culpable. Tiene que serlo. Ha estado en la escena del crimen como muchos asesinos que necesitan recrear sus delitos reapareciendo en el lugar de los hechos para revivirlos y experimentar de cerca el placer que sintieron al violar y matar, no siempre en ese orden.
Manfred se cierra en banda desde que se percata de que la sargento está a punto de sacar su secreto a la luz.
Anastasia regresa a la línea del compadreo: ser iguales, de tú a tú, fingir que entiende todas sus acciones para que este piense que está de su lado y así, con el paso del tiempo, cuando sus fuerzas decaigan y necesite confesar su horrible crimen, ser Anastasia la persona en la que vea consuelo y una salvación, aunque sea la de reducir su pena. Pero Manfred es duro como la piedra.
Hablan de su infancia. Manfred se ha criado en la abundancia, con unos padres de alto poder adquisitivo y cierto estatus social en su comunidad.
Él ha crecido entre algodones y para cuando hace su primer viaje en solitario y contempla la crudeza de un mundo lleno de violencia, se siente engañado por su familia y decide seguir experimentando el mundo por sí mismo, solo, por su propio pie y sin que nadie le cuente cómo es.
A tal desencanto llega con la sociedad humana que decide aislarse de esta y tener el menor contacto posible con la civilización.
Más de diez años lleva vagabundeando de un lugar a otro, descubriendo el mundo y, sobre todo, su naturaleza.
A Anastasia, la historia de Manfred le recuerda a la del asceta y meditador Siddhartha Gautama, más conocido como Buda: un privilegiado y eterno insatisfecho en busca de la felicidad.
—¿Podemos disponer de un ventilador? —pregunta el abogado—. Hace demasiado calor aquí dentro. Es un espacio pequeño para cuatro personas y mi cliente se podría deshidratar.
Anastasia no quiere ceder a las exigencias del picapleitos, no obstante, tampoco quiere parecer impiadosa delante del acusado.
Manfred tiene que seguir viendo a la sargento como alguien que pretende ayudarle, pero a quien tampoco puede engañar.
Necesita tiempo, y quizá el calor que tanto odia, en esta ocasión, se convierta en su aliado y haga hablar antes al sospechoso, porque si ella está incómoda por el calor y por su dolor de barriga, él debe estarlo mucho más.
La sargento ignora al abogado dirigiéndose directamente a Manfred:
—Te traeremos más agua. Entiendo que estés cansado, Manfred, podemos parar por hoy. Piénsalo bien y avísanos cuando quieras contarnos eso que ocultas. Hemos acabado por hoy, puedes descansar. Mañana continuaremos.
Anastasia se incorpora para marcharse seguida de Yohanna. Manfred alza el rostro con expresión incrédula.
—¿Tengo que quedar aquí? —pregunta.
—Me temo que sí. Yo quiero ayudarte, pero tú no me dejas alternativa y tengo mucho por hacer. Hay una chica muerta, Manfred, y no me estás ayudando.
Manfred junta sus manos. Una la cierra en un puño y la otra la rodea. Se las lleva a los labios y aprieta estos contra los nudillos. Parece consternado.
Anastasia espera cinco segundos. Luego se gira y sale de la habitación.
—¡Espera! —suplica. Anastasia reprime una sonrisa—. Quiero ir a casa…
La sargento suspira.
El holandés ansía su libertad.
—Si digo lo que sé, ¿tú creerme?
—Estoy dispuesta a intentarlo —contesta—. Y desde luego es tu mejor opción. O hablas o no hay escapatoria.
—¿Puedo beber un poco de agua?
Traen una botella y varios vasos. Todos comparten el agua. Manfred se relaja y comienza a hablar. Palabras que cargan de tensión el ambiente y que, por un momento, les hacen olvidar el calor.
—Conozco a Alicia… Una chica hermosa…, sí.
Yohanna, la luchadora, se lleva una mano a la boca para ahogar sus ganas de hacerle hablar a golpes.
Llevan más de tres horas allí metidos esperando que ese miserable decida confesarse.
No quiere sentirse como una mujer chapada a la antigua, bruta o poco sensible, pero en situaciones así le corroe el dilema de si de verdad es mejor ser pacientes y mostrar una actitud amistosa frente al detenido o de si sería más rápido dándole de hostias.
Y de hostias sabe mucho ella, la gran Yohanna, campeona de Muay Thai.
—Somos amigos —continúa Manfred.
—¿Qué tipo de amigos, Manfred? —pregunta Yohanna. No pensaba intervenir, pero es que aquella revelación la ha desequilibrado tanto que no puede evitar salirse de su papel.
—Amigos. Solo amigos. Ella venir a verme a veces a cabaña donde vivo en bosque. Pasamos tardes juntos e incluso, cuando por la tarde no puede, ella falta a clases de instituto para visitarme en la mañana.
Yohanna mira a su sargento, Anastasia, y ella asiente con la cabeza, indicándole que puede continuar, que pregunte lo que quiera, que siga su instinto detectivesco.
—¿Teníais relaciones sexuales?
—¡No! —exclama él.
—Manfred, no me mientas…
—No miento…
—Pretendes que me crea que Alicia acudía a tu casa del bosque ¿para qué? ¿Para recibir clases extraescolares de naturaleza?, ¿de caza y pesca?, ¿de filosofía?, ¿de idiomas?
—De yoga —musita el abogado—. Mi cliente imparte cursos de yoga y meditación—. Todos se quedan mirándole en silencio. Una apreciación de lo más prescindible. Se recoloca las gafas, se cruza de brazos, traga saliva y baja la mirada.
—Yo… yo no hacer nada a Alicia. No tocarla —asegura el holandés.
—Manfred —interviene Anastasia—, Alicia se marchó de clases aquella mañana y apareció al mediodía quemada en tu bosque. Me he cansado de ayudarte. No llevo cuatro horas pasando calor en esta sala para que me cuentes milongas.
—¿Milongas?
—Chorradas, tonterías, mentiras —le aclara.
—No miento.
—Y entonces, ¿qué es esto? —se desespera Yohanna—.
¿Un cuento de amor adolescente? No me creo tu mundo utópico.
Te tendemos la mano y tú nos mientes a la cara.
Yo me marcho, ya te hemos dado muchas oportunidades.
Con esa actitud mereces estar encerrado.
Te gustaba esa chica, Manfred, la deseabas e intentabas camelártela en tu cabaña de cuento y, como no pudiste poseerla bajo su consentimiento, la forzaste y acabaste con su vida convirtiéndote en el monstruo que no quieres admitir.
¡Tú eres el monstruo del bosque! ¡No me creo que no la tocaras, claro que la tocaste! ¡La forzaste!
—¡Yo no toco a Alicia! ¡El cura la toca!
—grita Manfred con lágrimas en los ojos—.
El asqueroso cura de este pueblo maldito.
Se pregunta por qué jóvenes no van a iglesia.
¿No es esto así? ¿Eh? ¿Digo la verdad? El cura pregunta por qué no van jóvenes a iglesia.
Yo sé contestarle: ¡porque los toca! ¡Él es el monstruo de este pueblo, no yo!
Tras la explosión de palabras contenidas, en la sala reina un silencio sepulcral.
Anastasia engulle saliva densa mientras intenta pensar en sus próximos movimientos.
Suda, pero su sudor ahora es frío. Manfred ha volteado el interrogatorio y ella no sabe si es mejor marcharse ya o tirar de ese hilo arriesgándose a que sea una mentira más y se haga poderoso en su coartada. Pero la curiosidad mata a la gata.
—¿Me estás diciendo que fue el cura quien mató a Alicia?
—Yo no lo sé… —dice resignado—. Yo solo sé que yo no le hice daño. Yo la quiero… Ella venir… ella venía a verme y hablábamos.
—¿De qué hablabais?
—De todo un poco. De lo mucho que odia la Iglesia. Por eso ella es budista.
—¿Fue a verte esta mañana?
Manfred contiene la respiración y duda en contestar. Pero al final lo hace:
—Sí.
Yohanna aprieta los puños.
—Pero esta mañana no pasa mucho tiempo conmigo. Se va temprano. Luego escucho gritos del padre… Veo humo. Tengo miedo que haya incendio en mi bosque. Veo más humo y luces. Veo a Alicia… Veo su cuerpo… quemado…, muy quemado…
Manfred se tapa la cara con ambas manos y se echa a llorar.
Sus últimas palabras apuñalan la consciencia de Anastasia trayéndole a la memoria los recuerdos de la carne quemada de las piernas de Alicia, lo que le traslada a su infancia.
Siente náuseas y mareo. Le cuesta respirar y prefiere zanjar el interrogatorio antes de que alguien más note su estado.
Está confusa. Ella anotó un gol muy pronto, a pesar de ello, Manfred ha empatado el partido.
Aún le quedan bastantes horas de las setenta y dos que puede mantener al detenido bajo su custodia antes de pasarlo a disposición judicial. Será una lucha de desgaste.
Sale de la habitación seguida de Yohanna y el abogado enmudecido. Este no tiene derecho a entrevistarse con su cliente debido a la orden de incomunicación que ha emitido el juez.
Patxi regresa para llevar a Manfred de nuevo a su celda de aislamiento donde tendrá tiempo suficiente para pensar.
Nadie lo expresa en voz alta, pero una duda se respira en el acuartelamiento: ¿es Manfred el asesino?