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E l agua sale templada de la alcachofa de la ducha y cae sobre su cabeza para deslizarse por su piel y recubrir su cuerpo.
Es la única coraza que puede vestir para ahogar su llanto y ocultar las lágrimas que constantemente impregnan sus mejillas.
Lleva la tarde entera llorando. Alza sus manos al rostro para taparse la cara de vergüenza y martirizarse pensando en que su mejor amiga ya no está y ella no hizo nada por impedirlo.
¿Cómo ha podido un día cualquiera derivar en esa tragedia?
Belén extiende una mano y cierra la manivela del grifo.
Retira la cortina de baño y levanta sus pies para salir de la bañera.
A sus dieciocho años, su cuerpo está muy desarrollado: piernas largas, cadera ancha y senos en alza.
El cuerpo del deseo. Y, sin embargo, lo único que desea es morirse.
Su mejor amiga está muerta. Hace unas horas estaban juntas y ahora ha muerto y ella solo logra llorar.
Se tapa la cabeza con la toalla del desconsuelo.
Seca su cabello, su pecho, sus brazos, su vientre plano y sus piernas.
A la altura de la cadera, la toalla está ocultando un secreto que no dejará que su padre descubra.
Ahora no le preocupa andar desnuda por casa porque está sola, pero no por mucho tiempo: su padre viene de regreso del hospital.
Se ha quemado las manos además de tener que presenciar algo horrible.
Ella debe estar ahí para apoyarle. Debe ser muy duro ver algo así.
Ver lo que le ha sucedido a su mejor amiga: quemada en una hoguera.
¿Cómo puede ser real algo así? Belén retoma su llanto desconsolado y se retira la toalla de la cintura para taparse con ella la cabeza y ahogar su llanto, descubre así una enorme mancha amoratada y alargada que le llega desde la nalga izquierda hasta la cadera.
Algo que tapará hasta que desaparezca para que su padre no se entere de nada de lo que ha sucedido aquella mañana.
Sus lágrimas no cesan. No existe quien la consuele. Su mejor amiga está muerta… y ella se siente culpable de todo.