20
T ras varias conversaciones telefónicas, Anastasia cuelga, se levanta y da vueltas alrededor de su despacho. Lo está estrenando.
Aunque el sol ya cae en el horizonte sigue haciendo un calor insoportable y para colmo le duele la tripa.
Se dirige al cuarto de baño donde abre el grifo y se enjuaga la cara.
Intenta refrescarse, pero sus recuerdos no la dejan, la persiguen, la persiguen como a una presa lenta y fácil de atrapar.
El pirómano que mató a su familia sigue tan presente como el cadáver de la joven Alicia.
Las piernas quemadas de la joven… tan parecidas a como acabaron las suyas hace ya tantos años.
Aquel dolor insoportable y las secuelas físicas y psíquicas que aún perduran.
Secuelas que no le han permitido llevar una vida normal: correr de niña, vestir un bikini en la adolescencia para disfrutar de la playa con los amigos, desnudarse como una adulta frente a alguien a quien desear.
Son experiencias de las que carece por culpa de un monstruo sin rostro.
Una sombra demoníaca. La misma que ahora le acecha.
Sale del baño con el rostro mojado y los cabellos pegados a la frente. Aunque intente refrescarse, sigue sudando la camiseta.
El sospechoso que trató de huir saltando al embalse lleva unas horas encerrado y a la espera. Anastasia lo ha decidido así para ablandarlo antes del interrogatorio. Es buena idea dejar a solas a una persona con sus propios pensamientos para volverlo más vulnerable.
El juzgado ha autorizado la incomunicación del detenido. El abogado no podrá entrevistarle, solo estará para velar por sus derechos, lo que resulta mucho más cómodo para el interrogatorio que planea realizar la sargento.
—¿Has hecho un interrogatorio alguna vez? —le pregunta a Yohanna. Tras una ducha, esta se ha cambiado el uniforme y ya tiene el pelo seco. La agente niega con la cabeza.
—Nunca a un sospechoso de asesinato —musita.
Alza la mirada y es entonces cuando Anastasia se da cuenta de que tiene los ojos llorosos.
Tras el estallido de adrenalina por la tensión inicial y la persecución, parece como si aquella guerrera amazónica hubiese empezado a entender el dramatismo de lo ocurrido y sus emociones la estuvieran desbordando ahora que todo está un poco más en calma—.
Aquí no hay… Nunca he tenido que hacerlo…
Este pueblo siempre ha sido muy tranquilo…
, muy pacífico —se justifica mientras la sargento asiente comprensiva—.
Pero puedo preguntar a alguno de mis compañeros si…
—No te preocupes —la corta—. Yo tengo algo de experiencia.
Solo llevo un día aquí y solo he trabajado contigo.
Únicamente te conozco a ti. No dudo de la profesionalidad del resto de compañeros, pero prefiero a alguien con quien me sienta cómoda ahí dentro.
Te necesito a mi lado, frente al sospechoso.
No tendrás que decir nada, solo escucha bien y estate atenta a cualquier reacción de ese tío.
Voy a preparar la sala donde le vamos a interrogar.
Todavía tenemos bastante tiempo hasta que venga el abogado, tanto que mejor. Hacerle esperar es bueno.
Yohanna asiente, traga saliva y vuelve a meter su sensibilidad bien adentro. Es una mujer de armas tomar; se ha cosido su herida emocional y se ha serenado tan pronto como su jefa le ha indicado el siguiente paso a seguir.
Un tipo gordo y calvo aparece uniformado de verde frente a la sargento. Se queda unos segundos en blanco, cargando sus ideas y palabras. Luego reacciona:
—Mi sargento, soy el cabo Frantzisko Aguirreazkuenaga, o Patxi para los amigos. ¡Je, je, je!
—Patxi entonces, encantada.
Patxi se queda un rato con la boca abierta y la mirada vacía. Carraspea tan ruidosamente que resulta molesto para, a continuación, soltar su pregunta:
—¿En serio habéis arrestado al holandés errante? —espeta con descaro—. ¡Qué caray! Dudo que sea un asesino.
—Salió por patas de la escena del crimen —explica Yohanna.
—Bah… Este tío siempre anda corriendo por el bosque, es su entorno natural.
¡Vive allí! Y ya sabes cómo es: Paz y amor, hermanos…
—Y hace el símbolo de la victoria que tan de moda puso Winston Churchill.
Luego se lleva a la boca los dedos en forma de uve y finge fumar—.
Respetemos a los árboles y comamos hongos alucinógenos.
Anastasia sabe de lo que habla Patxi porque ha tenido tiempo de que Yohanna le ponga al tanto con respecto a ese que llaman el holandés errante.
El tipo al que han atrapado es un extranjero que llegó a la zona caminando con un pesado macuto hace ya unos tres años.
Es autosuficiente. Se construyó una casa de doble altura en pleno bosque, muy cerca del pueblo y más aún del embalse del que tomar agua.
Se alimenta de lo que pesca y de los animales que caza con arco, flechas y trampas.
Cuando tiene excedentes o cuando atrapa una buena presa, demasiado grande para él, sube al pueblo y los vende o los intercambia por medicinas, utensilios de pesca, alimentos que no puede cazar y algún que otro capricho como un buen colchón sobre el que dormir.
Lo cierto es que de salvaje solo tiene la costumbre de caminar descalzo, su poblada barba, su extensa melena y su negativa a pagar impuestos.
Es más un anárquico, un antisistema, no obstante, ahora el sistema le ha atrapado a él.
Pasan un par de horas hasta que el abogado defensor se presenta en la comandancia. Apañan una de las habitaciones para que sirva como sala de interrogatorios. Sus paredes son blancas y las puertas verdes, como todas las habitaciones de ese antiguo cuartel; servirá.
Patxi camina con pies pesados hasta abrir con llave la puerta donde retienen al extranjero anarquista. No es un calabozo, no tienen de eso en Zufre. La financiación de papá Estado llega allí a cuenta gotas.
El preso espera recostado y con una mano sobre la cabeza.
Mueve sus dedos despacio, acariciándose el cuero cabelludo a sí mismo como un crío sin madre que aprende a calmarse solo.
Patxi gruñe y este se levanta para acompañarlo hasta sentarse en el asiento que hay al fondo de la nueva sala, pegado a la pared para que se sienta acorralado entre esta y la mesa con los policías que tendrá delante para interrogarle.
El holandés errante presenta un aspecto cansado, pero no sucio ni desgarbado.
Lleva el pelo enmarañado por pasarse horas acariciándose y removiendo sus largos cabellos, y la barba es muy espesa; a pesar de ello, no llega a la apariencia de vagabundo.
Es flaco y alto, y una vez atraviesas su enrevesado aspecto das con unos hermosos ojos verdes, además de una dentadura blanca y fuerte.
En el fondo es un galán, pero no de la ciudad sino del bosque, y eso le otorga un físico tan fibroso como cualquier indígena de las tribus perdidas del Amazonas.
El flácido Patxi le presenta a su abogado.
Es muy joven y lleva gafas de pasta. Le saluda y le muestra un papel para que lo lea donde vienen sus derechos escritos en tres idiomas: inglés, español y holandés.
Es capaz de leerlos en inglés y en holandés; en español le costaría algo más, pero cree que también sería capaz de entender lo esencial.
Aun así aparta los papeles de su vista porque detesta aquella burocracia.
Anastasia camina hacia la sala junto con su compañera Yohanna.
En la mano derecha lleva un vaso de poliestireno relleno de agua.
En la izquierda, una carpeta cargada de folios y un lápiz con goma de borrar en un extremo.
Su actitud, por regla general, suele ser fría.
En un solo día Yohanna se ha dado cuenta de que su sargento es una mujer introvertida y poco sociable; sin embargo, en el momento en que atraviesa la puerta de la nueva sala de interrogatorios, Anastasia se transforma de tal modo que incluso su rostro cambia. De repente, resulta encantadora.
—¡Hola! —dice, con una sonrisa de oreja a oreja.
El holandés la mira confuso, no sabe bien cómo debe reaccionar. Se inclina hacia delante, separándose del respaldo de la silla. Luego se levanta como un soldado ante su oficial.
—Siéntate, tranquilo, tenemos que charlar un rato. Te he traído un poco de agua: imaginé que tendrías sed.
El holandés mira a su abogado. Este se ajusta las gruesas gafas y permanece en silencio.
Ya le mostró sus derechos escritos en un folio sobre la mesa; su labor allí es la de observar que todo sea legal.
Vuelve sus ojos esmeralda hacia las agentes.
Ambas toman asiento frente a él. La sargento deja caer la carpeta sobre la mesa y esta suena como el manotazo de alguien enfadado; es tan abultada y pesa tanto que intimida.
Él no lo sabe, pero, aunque parezca un extenso informe acerca de su vida, dentro solo hay folios en blanco.
—Yo no hacer nada. —Son sus primeras palabras. Entiende el castellano, pero no lo domina, por lo que su acento resulta durísimo, seco. Su voz suena como rocas despeñándose.
Anastasia no dice nada al respecto. Inspira hondo y sigue en su papel amistoso.
—Ni siquiera nos hemos presentado formalmente. Mi nombre es Anastasia. —Sin títulos ni rangos, quiere mantener una relación de tú a tú—. Y tú, ¿cómo te llamas? —pregunta, aunque ya lo sabe.
—Manfred.
—Manfred, muy bien.
—Mi nombre tiene significado. —Parece hablador—. Significa fuerza y paz. Así es como yo soy. Soy paz. Yo no hacer nada malo.
Anastasia contempla el torso desnudo de Manfred, que no ha querido aceptar ninguna prenda de ropa del cuartel.
No sabe si es paz, pero sin duda es fuerza.
Su tono de voz y su cuerpo fibroso lo indican.
Parece un hombre atractivo tras tres largos años de naufragio en una isla desierta.
Y tiene unos ojos verdes en los que cualquier mujer desearía perderse.
Descifrar su edad resulta confuso, puede estar entre los veintitantos y los cuarenta y pocos.
—Manfred, me gustaría creerte, de verdad, pero saliste corriendo nada más verme.
Manfred se alisa la barba y entierra su cabeza bajo las palmas de unas manos llenas de callos. Luego levanta de nuevo aquellos ojos esperanza.
—Yo no quería huir, pero soy extraño en pueblo… de este país. Esto es… Este pueblo, yo no soy adaptado. Yo soy del bosque. Solo me acerqué para ver qué pasa. Yo no querer nadie me viera porque soy hombre extraño. Tengo miedo me… ¿Cómo se dice?
—Culpen.
—Sí, eso, culpen.
Manfred mira el vaso. Luego extiende despacio su mano y bebe agua. Anastasia coloca una mano sobre la gruesa carpeta de folios vacíos de contenido.
—Manfred, todas estas horas que has tenido para pensar yo las he aprovechado para recabar un informe exhaustivo.
Por suerte, en la actualidad, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad disponemos de servidores conjuntos con toda Europa y podemos acceder a los archivos de otros países en cuestión de minutos.
Yo ya he hecho mi trabajo contigo. Solo estoy aquí para que tú termines de aclararlo todo.
¿No crees que sería mejor si nos dijeses la verdad?
Terminaríamos antes y tu pena sería menor.
Nosotros ya sabemos lo que pasó. Sé que eres un inadaptado social, y créeme si te digo que peor llevarás estar en una cárcel el resto de tu vida; tú, que adoras la naturaleza y la libertad por encima de cualquier cosa.
Por eso es mejor que me digas lo que sabes sin perder más el tiempo, Manfred, porque sé que no has sido sincero del todo.
Manfred se queda anonadado. Cree que en el informe de la gruesa carpeta tienen todos los perfiles psicológicos que le hizo su madre durante la adolescencia.
Yohanna no respira. Siente que Anastasia ha tocado algo en el corazón de Manfred, ha tocado alguna puerta; incluso cuando este se muestra inocente de cuanto se le acusa.
—Yo no hacer nada malo —repite—. Yo…
—Pero hiciste algo, Manfred, lo sabemos.
Y cuanto antes nos lo digas, antes terminaremos con esto y mejor parado saldrás.
Yo no te deseo nada malo. Solo quiero resolver esto cuanto antes.
La familia de la joven se lo merece. Alicia se lo merece.
Piensa en ella: su pelo castaño…, su cuerpo delgado… ¿Verdad que merece descansar en paz?
A Manfred le abordan lágrimas que empañan su esperanza.
Su abogado está paralizado; sostiene la barbilla en su mano y cambia los ojos de un lado a otro de la mesa como en un partido de pádel. Esa interrogadora sabe lo que se hace.
—Era una mujer hermosa, Manfred, eso puedo entenderlo. Puedo entender que…
—Muy hermosa —la interrumpe Manfred, y llora. Anastasia traga saliva.
—Ella no querría que su familia sufriera. Merecen una explicación para que esto acabe cuanto antes y tú no salgas tan mal parado. Será mejor si nos lo aclaras.
Manfred suelta un llanto desconsolado: parece sincero.
Anastasia le ofrece un rollo de papel higiénico que el sospechoso utiliza para secarse las mejillas.
Se calma un poco y moquea. Arranca más papel para sonarse la nariz.
Luego inspira, expira y planta su mirada en la sargento. Una mirada que esconde un secreto.