18
L os sanitarios en seguida constatan que Alicia está muerta, así que prestan toda la atención al cuerpo de Fernando, que conserva un hilo de vida.
Lo trasladan a la ambulancia, en camilla, todo lo rápido que pueden, y tras subirlo a la parte trasera ayudan a Lucas para que suba también y puedan curarle las heridas de las manos.
Antes de que la ambulancia salga echando humo, Lucas les indica a sus compañeras la dirección en la que se encuentra el cadáver de Alicia Ortiz.
Las agentes llaman a los bomberos y se ponen en marcha hacia la zona que desprende una humareda ahora grisácea por la madera quemada.
Van a paso ligero y las esposas y pistolas de ambas tintinean en sus cintos.
Es un terreno repleto de matojos altos donde los árboles escasean al principio, en la falda de la loma.
A medida que ascienden se vuelve más frondoso y el avance más lento.
A pesar de ello, la sargento no parece tener ninguna prisa por llegar.
Mantiene un silencio incómodo, como si se hubiese quedado muda tras lo acontecido.
Tiene cara de verdadera preocupación, eso sí, al igual que Yohanna.
Alcanzan la hoguera aún encendida. Por suerte su lengua de fuego no ha ascendido lo suficiente para lamer hojas altas y el fuego no se ha extendido por el bosque; hubiera sido un verdadero desastre.
Pero el repiqueteo de las llamas y el crujido de las ramas son intensos.
Además del calor sofocante, lo que hace que a la sargento le cueste respirar.
Y el olor… ese fuerte olor…
—Dios mío…, la chica está ahí —señala Yohanna.
Entonces, Anastasia clava la mirada en el cuerpo que yace tras las altas piernas de su compañera.
Apartada del foco principal, una joven muy delgada está tirada bocarriba sobre hojas y ramas.
Lleva un extraño capirote colocado en su cabeza.
Está movido, ladeado, pero se le ha quedado sujeto por un lazo que lleva atado a la barbilla.
No puede saber si era hermosa porque su expresión es horrible.
Tiene los músculos del rostro contraídos en una expresión forzada de angustia.
Anastasia observa que tiene algo metido en la boca.
Sobresale el extremo de lo que a simple vista parece un trapo.
Su pecho está cubierto bajo un saco roto y deshecho, por efecto del fuego, en su parte baja, a la altura del ombligo; de ahí para abajo está desnuda.
Yohanna se aparta y Anastasia puede ver bien a qué se enfrenta.
El cuerpo de la joven Alicia está muy rígido y quemado desde la cintura hasta la malformación en la que se han convertido sus pies.
Solo atisba dos palos negros donde antes había piernas.
Anastasia parece estar mirando a su pasado.
A su propio cuerpo mutilado. Aquel desagradable olor es demasiado intenso.
Le entran náuseas, mareo, y su expresión se vuelve tan pálida como la de la muerta. Tiene que alejarse pronto de allí.
—Voy a llamar al oficial —se excusa.
Camina unos metros hasta situarse detrás de otro acebuche grueso para que su compañera no la vea.
Primero se apoya en el árbol con una mano.
El desayuno sube y baja dando saltos en su estómago como en una atracción de feria, pero logra contenerlo y no vomitar.
Un dolor en el vientre la obliga a sentarse.
Mete la cabeza entre las piernas, agarra estas con fuerza y comienza a llorar como la niña de nueve años que un día fue.
En su cabeza permanece perenne la sombra de aquel monstruo. El pirómano de ojos encendidos y dientes afilados que acabó con la vida de sus padres de un modo tan violento, para luego mostrarle a ella el mismísimo infierno que ahora vuelve a presentársele.
Ella siempre ha sido una profesional. Recta, seria, acorde y adaptable a todo tipo de situaciones; sin embargo, el fuego es su mayor enemigo, su mayor temor, y ahora vuelve a rodearla.
Se siente como una cría indefensa ante un peligro que no puede afrontar ni esquivar.
Procura serenarse y olvidar las llamas. Aísla ese sonido punzante que la vuelve loca.
Y es entonces cuando le parece oír algo más.
¡Crack!
Alza la mirada y contempla algo inverosímil: unos ojos mirándole desde la copa del árbol bajo el que ha llorado. Sobre su cabeza, subido a las robustas ramas, ¡hay un hombre! Tiene el torso descubierto, la piel bronceada, es barbudo y el pelo cae largo hacia abajo.
—¡Eh!
El hombre salta del árbol como una pantera y se lanza a la carrera, descalzo, con una habilidad pasmosa.
—¡Yohannaaaaaaaa! —grita, a la vez que se incorpora como un resorte y sale tras el sospechoso.
Anastasia practica atletismo ocasionalmente para estar en buena forma, y gracias a ello logra mantener la distancia durante cierto tiempo, pero descubre sorprendida la enorme agilidad del individuo que esquiva los arbustos y los troncos de los árboles como un animal adaptado a su entorno. Un animal salvaje.
—¡Alto a la Guardia Civil!
Las palabras no surten efecto y Anastasia saca su pistola. Alza su cañón al cielo y aprieta el gatillo.
¡BANG!
Un centenar de pájaros alzan el vuelo.
El sospechoso pierde el equilibrio y cae de forma estrepitosa, quizá por efecto del susto que le ha provocado el disparo al aire.
Anastasia gana algo de terreno antes de que este vuelva a incorporarse y seguir huyendo cuesta arriba hasta llegar a un corte abrupto que ofrece un salto al embalse.
El hombre se prepara y salta al agua. La caída es de tres segundos y sus largos cabellos se alzan al viento.
¡PLAF!
Anastasia llega al borde del saliente y se queda mirando.
Saltar a lo desconocido resulta peligroso.
No se atreve. Busca con la mirada alrededor del embalse mientras piensa qué opciones tiene para atraparle, cuando por su lado pasa como una centella el cuerpo esbelto de una mujer.
Es Yohanna Alonso, que salta sin pensar y cae al vacío de los tres segundos antes de escucharse el chapuzón.
El salvaje piensa que se ha librado hasta que mira con pánico hacia la decidida mujer que se le viene encima nadando como una experta. Él chapotea como un perro perseguido por un tiburón: ese no es su medio natural y se mueve mucho más lento y torpe que Yohanna.
En menos de un minuto la guardiacivil sale del agua.
Ha perdido la goma del pelo y por ello lo tiene suelto en una melena mojada y oscurecida que cae sobre la espalda.
Arrastra al sospechoso hasta la orilla agarrándolo de los largos pelos y enseguida le tuerce el brazo para reducirlo y colocarle las esposas.
Una vez hecho, gira su rostro con una sacudida que aparta sus cabellos mojados y mira a Anastasia.
—¡Lo tengo!
Con el sospechoso detenido, alza su cuerpo esbelto y se estira.
Está de perfil, casi como en la pose de una culturista compitiendo.
La camiseta del uniforme, empapada, se le pega a su pecho abultado y exagerado por la intensa respiración tras aquel ejercicio de carrera, natación y detención.
Se siente pletórica y muestra su enorme sonrisa de labios gruesos y dientes blancos a su nueva jefa.
Presenta un aspecto majestuoso que deja a Anastasia con la boca abierta.
La sargento queda impresionada. Yohanna es una mujer imparable.