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A parca su paquetera y de la parte trasera saca sus piezas de caza, conejos y perdices, engarzadas en alambre.
En el Paseo de los Alcaldes hay dos bares enfrentados en cada extremo de la plaza, separados por una fuente central y decenas de niños correteando de un lado a otro para jugar con sus columpios.
Óscar entra en el bar que lleva tantos años llamándose El Taburete.
Es un negocio familiar, no como el restaurante que está justo enfrente, más reciente, dirigido por una mujer avariciosa y que les roba toda la clientela de turistas.
El Taburete lo fundó un manco que era el padre de la madre del primo de su padre…
¿o fue la hija del manco? Bueno, algo así le explicó su padre.
Ahora es su hermano mayor, Víctor, quien saca el negocio adelante y él le ayuda trayéndole la carne que caza.
Nada más soltar las piezas y pasar por delante de su hermano mayor, Óscar se lleva un copón.
—¡Ay! ¿Qué haces?
—¿Tres conejos me traes?
—¿Y qué quieres? —Los hermanos se encaran.
—¿Tres miserables conejos?
—¿Y qué diablos quieres?
—¿Te has pegado toda la mañana para tres orejudos?
—No son tres, son cuatro. Y los pájaros ¿qué?, ¿y los Black bass que pesqué la semana pasada? Si no te gusta, te levantas temprano y vas tú.
—Black bass, Black bass… Lo que me tienes que traer es un Big-bass. Yo hago otras cosas. Yo tengo que estar todo el día aquí viendo cómo cocina mi mujer. Y todos los días me dice lo mismo, que si namá traigo conejo y pescaito .
—¿Otra ve conejo y pescaito , namá ? —se oye una voz estridente desde la cocina.
—¡Lo ves!
—No, no veo. Yo no veo nada —refunfuña Óscar mientras entra al baño.
—Así ¿cómo coño vamos a sacar el negocio para adelante? Es normal que los pesados del restaurante El mirador nos quiten la clientela. Es que es normal. Si el extranjero ese les lleva venado.
—¡No me hables del extranjero que, que, que…
! —Óscar se enerva y su rostro se acalora pensando en el extranjero que caza mayores piezas que él—.
¡Que lo voy a matar! Como me lo cruce un día en mi territorio verás el cañonazo que le meto.
Además, ese pone trampas por todo el bosque. Un día lo voy a coger y verás…
—Lo que tiene es que ocurrir una desgracia en este pueblo para que deje de venir turismo y la malnacida esa de enfrente se arruine.
—¿Una desgracia en el pueblo? ¿Y tú qué? Tú también te arruinarías. Que no te enteras de nada…
—Yo no necesito domingueros. Yo ya tengo a los de siempre y con cuatro duros me basto.
No soy tan glamuroso como la señorita del bar de allí delante…
Aun así no sé qué puñetas has hecho tú desde tan temprano, toda la mañana, perdido por el bosque.
¿Qué coño has estado haciendo, eh? Porque yo no me lo explico, tantas horas perdidas…
Óscar frota con esmero sus manos manchadas de sangre en el lavabo del bar de su hermano mayor.
Aquel líquido rojo nunca le ha perturbado.
Mira a Víctor a través del espejo y observa cómo este saca su vista fuera del bar para fijarla en la competencia.
Ambos hermanos se han criado con odio. Su padre les atizaba por casi cualquier cosa, y el padre de su padre a este, y el padre del padre de su padre también lo hacía con sus hijos; la violencia es algo que llevan en los genes y los hermanos Acosta nunca han aprendido a reprimirla.