Azufre 16
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E s hora de finalización de clases cuando el coche pilotado por Yohanna se adentra, camino de regreso a Zufre, en el tramo del puente que se alza sobre el embalse.

Anastasia contempla en silencio aquellas aguas en calma que brillan como un espejo bajo el caluroso sol.

Ha sido una mañana productiva en la que la sargento ha aprendido lo esencial de aquel entorno natural, de Zufre y de los pueblos aledaños.

Superan el embalse y Anastasia sí repara esta vez en el coche de Fernando, pero está vacío. Están a tan solo unos minutos de tomar el desvío al pueblo.

​ —¡Para! —ordena la sargento.

​ —Pero bueno, ¿no le da a usted verdadera vergüenza?

¿Acaso se pasa todo el día completamente borracho?

¿Cree que esta es la imagen y el ejemplo que debe dar usted del Cuerpo?

Créame si le digo que mi primer propósito en este pueblo va a ser expulsarle a usted de la Guardia Civil. ¡Y haré lo que tenga que hacer!

​ —Lucas, ¿pero qué…? —Yohanna no termina la frase. Lucas mira a la sargento con ojos rojos y llorosos.

​ —Mi sargento, con novedad… Se ha cometido un crimen… horrible… de asesinato. Han quemado…, han matado a la… la… —Pero no logra poner a una persona en su frase. Es como si al atreverse a mencionarla, él mismo la estuviese matando.

Lucas se dobla de rodillas y se derrumba.

Anastasia ve por primera vez sus manos ennegrecidas y despellejadas por las quemaduras.

Luego, como algo que siempre estuvo ahí, se le revela, de repente, una ambulancia detenida unos metros más adelante.

Dos sanitarios se dirigen al transporte dándose toda la prisa que pueden por aquel terreno irregular y cargando con una camilla en la que va el cuerpo de un hombre calcinado.

​ —Oh, Dios mío. —Es todo cuanto logra decir al ver aquel cuerpo quemado. Le sobreviene un intenso dolor en el vientre, la acecha un fantasma del pasado, y sus piernas tiemblan por primera vez en mucho tiempo.