15
A nastasia tiene diez años y es su primer día de un nuevo curso.
Como no puede caminar desde el incidente en el que salió ardiendo su casa, es empujada por su maestra al interior de la clase en silla de ruedas.
Nada más entrar, los niños hacen comentarios, cuchichean, pero ella guarda silencio y la maestra manda callar a todo el mundo.
Los niños pueden ser muy crueles.
Anastasia traspasa sus hirientes miradas y observa las paredes del aula forradas de dibujos de animales cargados de colorines. Su preferido es un enorme tigre de color amarillo, porque los tigres son como gatos grandes y su color favorito es el amarillo.
La maestra retira la banqueta de un pupitre de la fila delantera y coloca ahí la silla de ruedas que va pegada, inseparable, a Anastasia.
No necesita mirar atrás para saber que todos están pendientes de sus movimientos.
Aquella atención recibida la intimida tanto que acaba por agachar la cabeza.
Al cabo de un rato, se atreve a mirar hacia su lado.
Su compañero de pupitre es un chico de piel clara, pelo oscuro, ojos azules y pecas en el rostro.
Él también la mira; sin embargo, su mirada es más limpia, inocente, y va acompañada de una sonrisa bobalicona.
Anastasia le mira las pecas con interés para luego volver la cara al frente.
La señorita empieza con un dictado. Ella lee mucho y es una actividad que nunca le ha supuesto un problema; no obstante, algo la despista.
El chico de las pecas subraya cada línea del texto con un dedo que casi aplasta la hoja y que tan solo despega para encontrarse con la siguiente línea.
Entonces mira sus ojos. El chico está concentrado y en tensión. Parece que le supone un sobresfuerzo.
—Anastasia —dice la seño.
Es su turno y anda muy perdida. Se ha despistado por culpa de ese retrasado.
Le avergüenza fallar en algo tan básico.
Su cuerpo entra en calor y ella odia el calor, esa sensación que le hace sudar.
El tiempo le parece intragable. Todos la esperan y ella no logra encontrar la última palabra que ha oído de boca de su maestra.
—Anastasia —repite. Lo que añade una presión insoportable. Llega incluso a despegar la mirada del libro y sus ojos se clavan en los del tigre amarillo que ahora siente como una amenaza.
El tigre amarillo le muestra sus colmillos.
Entonces alguien la salva de aquella situación tan incómoda.
Tap, tap.
Es el sonido de dos leves golpecitos con el dedo del chico lo que hace que observe el renglón que le indica.
Ese es el acertado y Anastasia prosigue la lectura sin mayor obstáculo.
Su compañero le ha ayudado. Le ha rescatado del paralizante tigre amarillo y le está tan agradecida que desea sonreírle.
Entonces ocurre algo que no espera. La profe cambia de alumno:
—Sergio.
Pero nadie habla.
—Sergio —vuelve a decir.
Anastasia mira a su alrededor, esta vez sin vergüenza y con curiosidad, y al ver que toda la clase mira a su compañero, se da cuenta de que este mismo es Sergio. ¿Cómo va a estar perdido si él mismo la ayudó? No puede ser… Pero Anastasia le mira y lo ve inmóvil.
Tap, tap.
Trata de ayudarle ahora ella, pero Sergio no hace nada. Ni siquiera la mira. ¿Por qué?
—Sergio, cariño, sé que tú puedes hacerlo… Venga, despacito.
Y, de repente, Sergio traga saliva y arranca a trompicones como un viejo motor.
—Lllla ni-ni-nnnnniña de-de-de-del… pa-pa-pa…
Su dicción es horrenda. Torpe y lenta. Se detiene en mitad de cada palabra y lee sílabas sueltas.
Es más lento incluso que una tartamudez severa.
Anastasia es consciente de que la maestra lo trata de un modo diferente y ella cree averiguar por qué.
Se fija en sus ojos azules y los encuentra vacíos. Sergio no parece tartaja. Parece…
—¡Silencio! Hasta que Sergio no termine, no nos vamos de aquí.
La clase rebufa y Anastasia se siente mal por haberle odiado minutos antes.
El niño hace verdaderos esfuerzos hasta terminar con sus dos frases.
Luego lanza un largo suspiro de alivio. Tras otros cinco niños leyendo un texto relativamente corto, la clase termina y suena el timbre del recreo.
La maestra se acerca a Sergio y recupera un tono suave para hablar con él:
—Sergio, cariño, coge la silla de Anastasia y sácala al patio con los demás. ¿Lo has entendido?
—Ssssí —contesta. Habla como si tuviese vegetaciones. Sergio se levanta, retira su silla, agarra los mangos de la silla de ruedas y camina empujando a Anastasia hasta el patio. Ninguno de los dos dice nada.
La historia se repite cada día. Sergio parece un niño diferente a los demás y la maestra le manda otro tipo de tareas en clase.
Anastasia echa una ojeada de vez en cuando para descubrir que son problemas facilísimos.
Ya le gustaría a ella que le mandara esos deberes para casa y no la complejidad numérica con la que se encuentra cada tarde.
Aunque Sergio no le dice ni mu, Anastasia se siente tan cómoda que acaba por hablarle ella y tener incluso conversaciones de las que tan solo saca asentimiento o negación con la cabeza.
—¿Es que te comió la lengua el tigre amarillo? —le llega a decir la niña un día, cansada de no obtener respuesta.
Después de dos semanas persistiendo, Sergio empieza a contestar con monosílabos.
Pasadas tres semanas, son amigos inseparables.
Los niños juegan en el recreo mientras ellos mantienen conversaciones.
La dicción de Sergio es cada día más fluida, pero solo delante de ella.
En clase vuelve a atrancarse y a hablar demasiado lento, casi usa otro tono de voz más nasal.
Ella decide ayudarle con eso y le presta sus libros favoritos, así tienen algo más en común de lo que poder hablar.
Él se esfuerza por ella y su dicción comienza a mejorar a tal velocidad que parece magia.
Ambos ganan mucha confianza. Tanta que un día Anastasia decide confesarse:
—Me quemé.
—¿Lo-lo qué?
—Mis piernas. No puedo andar porque me las quemé. Todos me preguntan qué me pasó, pero tú nunca lo has hecho. Por eso a ti sí te lo cuento.
Ella confía en él y por eso él se atreve a ir más allá y preguntar:
—¿Te-te dolió?
—Muchísimo. Tanto que me desmayé y no lo recuerdo.
Sergio guarda silencio hasta que ve cómo una lágrima asoma en los ojos de su mejor amiga. Entonces decide confesar él su mayor secreto:
—Soy un niño normal.
—¿Qué? Claro que eres un niño normal, Sergio… —Se está enjuagando los ojos y no ha prestado la suficiente atención.
—No me has escuchado. Quiero decir que sé hablar normal desde siempre. ¿Ves? Tartamudeo aposta. Solo cuando yo lo decido.
Anastasia enmudece. Se limpia del todo las lágrimas, frotándose los ojos como si despertara de un profundo sueño, y examina los ojos azules de su amigo. Hace tiempo que dejaron de estar vacíos y pasaron a verse llenos de vida. Son preciosos.
—¿¡Por qué!? —Es lo primero que se le viene a la mente: por qué.
—No lo sé —responde, encogiéndose de hombros—. Empecé hace tiempo y vi que mi vida era más sencilla si me comportaba así. Me ponen tareas más fáciles y me dedican mayor atención. —Su habla es perfecta. Lo dice todo de un tirón. Ella alucina—. Creo que empecé hace mucho tiempo y ya no supe parar.
Anastasia está boquiabierta. ¿Es posible engañar así al profesorado de una escuela? Y ¿a quién más? ¿Con su familia también se comportará de ese modo? ¿Y por qué le desvela su secreto? ¿Qué tiene ella de especial?
—¿Por qué me lo cuentas? —quiere saber. Sergio vuelve a encogerse de hombros, pero sonríe. Se siente liberado. Ahora puede comportarse con ella como realmente es.
Anastasia, en el fondo, sabe por qué a ella sí se lo ha contado. Ambos tienen el mismo motivo. Así que decide no hacerle más preguntas. Sonríe también y siguen charlando de sus cosas como niños que son.