Azufre 14
17%

14

—¡Mi cabo!

​ Su respiración es agitada. Mira sus manos enguantadas de verde látex y descubre que tienen sangre, pero sabe que no es suya.

La situación es extraña. Lo vive desde el presente, empero siente que todo sucede a cámara lenta.

Puede ver la estrecha sala a su alrededor llena de instrumentos médicos: bandejas de plástico, tijeras, gasas, jeringas…

​ —¡Mi cabo!

​ Hay un hombre con bigote llorando. Es un árabe y en su expresión y sus gestos se aprecia una súplica desesperada.

El teniente lo echa a empujones para que deje espacio y pueda entrar la camilla.

Esta pasa por delante de sus ojos y lo que ve le deja marcado un recuerdo imborrable, imposible de olvidar.

​ —¡Mi cabo, atiende aquí de una puta vez!

​ Pero los ojos del cabo Lucas Vázquez no se apartan de aquella dantesca escena que se impregna en su retina y en su memoria para impedirle conciliar el sueño durante muchas noches.

​ Sobre la camilla va una adolescente de pelo negro azabache y con el cuerpo completamente despellejado, malherido y ennegrecido por la explosión de una bomba.

Quemaduras de tercer grado recorren todo su cuerpo sin piel.

Está temblando, y la chica fija sus ojos rojizos de llorar en el joven cabo Lucas Vázquez.

Su mirada implora ayuda para aliviar el dolor.

Es entonces cuando su iris cambia de color del negro al castaño oscuro de su propia hija.

El tiempo ha avanzado dieciocho años. Es Belén la que le pide ahora ayuda.

Un socorro cargado de dolor. Su cuerpo se quema. Están quemando a su niña.

​ —¡Lucas!

​ Lucas da un salto en el asiento de copiloto donde se ha quedado dormido. Fernando le sigue zarandeando.

​ —¡Mira el humo, Lucas, mira el humo!

​ —Pero… —Cree que se refiere al humo de los cigarros aliñados que han fumado y no lo entiende. ¿Acaso con el despiste se le ha caído un cigarro encendido y se quema el coche? No.

​ —¡Se quema! ¡Creo que el bosque se quema! ¡El bosque se está quemando! —Su amigo está gritando como un poseso.

​ —¿Qué? —responde con el cuerpo en tensión y a la espera de que su cerebro le dé instrucciones claras sobre lo primero que debe hacer. Fernando ha fumado más que él y tiene los ojos rojos como tomates, por lo que su advertencia no suena tan grave como es.

​ —¡Que hay fuego allí! ¡Mira el humo! ¡Se va a quemar todo!

​ Lucas reacciona. Mira en la dirección que señala su amigo y ve una columna de humo. Está relativamente cerca, a unos trescientos metros.

Acciona la manilla del vehículo y abre la puerta para salir al exterior.

​ —¡Avisa a los bomberos! —exclama Lucas antes de salir al trote en dirección a la columna de humo para valorar la peligrosidad del incendio. Parece una columna estrecha, puede que el fuego no abarque una zona amplia y esté a tiempo de apagarlo.

​ —¡Lucas, espérame! —grita Fernando mientras corre con la barriga cervecera dando tumbos de arriba abajo. Pero Lucas no lo espera.

Una bandada de pájaros vuela en dirección contraria y es cuando el guardiacivil parece divisar mejor lo que se quema.

En la base de un árbol acebuche hay un montículo de ramas secas que arden formando una pira.

Del árbol cuelga algo parecido a un muñeco espantapájaros.

Lleva una especie de vestido tosco. La columna de humo ahora se aprecia más ancha y envuelve a aquel monigote.

Quizá por la pesadilla que acaba de tener, o por una intuición que achaca a ser padre, su mente no para de bombardearle con mensajes terroríficos que le hacen creer de algún modo que su hija corre peligro.

Que el muñeco es…, que su hija se quema en… No quiere ni pensarlo.

Acelera el ritmo de carrera hasta esprintar. El corazón se le va a salir por la boca. En menos de un minuto alcanza el foco del fuego y lo que ve le aterroriza aún más que cualquier recuerdo de la guerra en Irak. No es un muñeco, es una persona.

​ Entre la espesa columna de humo negro, se divisa el cuerpo de una joven colgada por las muñecas de la gruesa rama del árbol acebuche y sobre lenguas de fuego que devoran sus piernas. Llamas que muerden carne humana.

¿¡Belén!?

Su cuerpo está en suspensión, sujeto solo por sus manos, lo que ha provocado la dislocación de sus dos hombros.

Sus brazos se han estirado tanto como los de un juguete de goma: asusta.

Está desnuda y únicamente lleva un saco sobre el torso y una especie de gorro, un capirote de penitente sobre la cabeza.

La melena cae bajo este. Pero lo peor está a sus pies: hay una hoguera prendida y las llamas alcanzan ya el saco que viste la joven.

Este comienza a arder y Lucas comprende que salvarla es imposible.

Tanto por las llamas que se alimentan de su carne como por el humo tóxico que la abraza de forma mortal hasta penetrar en sus pulmones.

El guardiacivil reconoce aquel pelo castaño.

No es su hija Belén.

Es Alicia, la hija de su amigo Fernando.

​ —¡¡ALICIAAAAAAAAA!! ¡¡ALICIAAAAAAAAAAAAAA!! —Son los gritos de un padre aterrado y desesperado.

​ Lucas entiende que su amigo acaba de alcanzarle.

Este ha reconocido el rostro de su hija bajo el extraño cucurucho.

La joven Alicia arde envuelta en llamas.

Y, aunque parezca contradictorio, se ve sorprendido por una oleada de alivio al saber que no es su propia hija la que se quema viva, y de terror al ver cómo la hija de su mejor amigo se está muriendo y cómo este, en un acto impensable de puro sacrificio, corre en dirección a las llamas.

​ —¡No! —le grita Lucas al comprender su intención. Corre hacia él, se tira sobre las piernas de su amigo y logra hacerle un placaje para evitar que se lance de cabeza al fuego.

​ —¡DÉJAMEEEEEEEEEEEEE! —El grito es atronador y resuena con tanta fuerza en el bosque que el guardiacivil afloja su abrazo, asustado.

Después, Fernando lanza sus pies a la cara de su amigo y le patea hasta que este termina por soltarle.

Lucas no puede más que observar cómo, a pesar de su intento por evitarlo, su amigo se mete de lleno en la muerte de llamas y humo negro y trata con desesperación de tirar de las piernas quemadas de su hija para apartarla del infierno.

Pero la cuerda no cede y padre e hija permanecen sobre la hoguera quemándose juntos.

Ninguno grita. Su silencio es espeluznante.

El cuerpo de Alicia está rígido y su padre tira con todas sus fuerzas, pero no sirve.

Lucas se levanta de inmediato y corre hacia el tronco del árbol donde está sujeta la cuerda.

Saca su navaja del cinturón y se apresura a cortarla.

Tarda unos segundos que le parecen horas hasta que la cuerda da un latigazo y el cuerpo de Alicia se vuelve pesado.

Cae sobre su padre y este logra sacarla de las llamas con torpeza.

Ambos son escupidos de la hoguera y Lucas corre hacia ellos, se quita la camiseta y lanza con ella golpes a su amigo y a la hija de este.

El fuego no se apaga y su amigo ha dejado de moverse desde que sacó a la hija del fuego, así que intenta que Fernando ruede por el suelo empujándolo con ambas manos.

Se achicharra las palmas en esta maniobra, así que sigue lanzando golpes de trapo contra ambos cuerpos hasta que estos, poco a poco, y más despacio de lo que cualquiera persona con un mínimo de sensibilidad querría, se van apagando como velas sin oxígeno, como sus propias vidas, como sus propias almas.

El guardiacivil queda en shock y se sienta a respirar.

Él también necesita oxígeno. Luego saca el móvil para llamar a emergencias, pero no puede desbloquearlo sin huellas dactilares y se le cae el teléfono de sus manos chamuscadas.

Su torso está desnudo, sudando. No siente los brazos, pero sí las lágrimas que marcan su rostro y desaparecen escondidas en su barba.

Cuando pestañea para retirar las pequeñas gotas de agua de sus ojos, logra verse las manos: están negras y echan humo como el cuerpo entero de su amigo y la hija de este.

Entonces, un olor nauseabundo inunda sus fosas nasales y Lucas comprende que el infierno huele a carne quemada.