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E l clima permanece en una inquietante calma, como si hasta el mismísimo tiempo se hubiese detenido. Los pájaros están escondidos y los gatos del pueblo dormidos.
En el aula de segundo de bachillerato hay cuatro asientos vacíos.
El vehículo oficial que conduce Yohanna sigue serpenteando por las carreteras que discurren la sierra, y su vaivén junto con la vibración del motor relaja tanto a Anastasia que deja caer sus párpados.
Lucas los tiene sellados, dormido en la misma posición que la sargento solo que en el coche de su amigo Fernando. Después de charlar tanto mientras daba caladas al falsamente llamado cigarrillo de la felicidad, el sueño le ha vencido.
Jacobo, con aire ausente, jala de la correa para que su perro bodeguero siga paseando con patitas nerviosas y un pequeño rabo que no deja de menear.
Cristian se saca el casco de la cabeza y peina su largo flequillo. Luego mete una mano en el bolsillo de su chupa y saca unas monedas.
Óscar guarda carne muerta en la parte trasera de su camioneta picop y se limpia sobre su pantalón vaquero las manos manchadas de sangre.
En la vivienda del padre Santiago, contigua a la sacristía de la iglesia de la Purísima Concepción, hay unos libros antiguos dejados sobre una mesa.
Y en la casa del Señor, un hombre azorado por la culpa entra para arrodillarse y rezar. Nadie oye su lamento…
Es mediodía y todo el pueblo se encuentra en la calma que precede a la tormenta.
Es el ojo del huracán. La nube de azufre está sobre las cabezas de los habitantes del pueblo como la espada de Damocles: pendiente de un hilo y a punto de caer sobre las nucas de sus despreocupados vecinos. La maldición del azufre ha llegado.