12
E n una gasolinera a las afueras de Zufre, Yohanna reposta el coche verdiblanco en el que ha llevado a su nueva sargento de visita por Aracena, una bellísima y pintoresca localidad conocida por su punto de referencia histórico: la Gruta de las Maravillas.
Su intención es la de continuar aquel tour por los pueblos aledaños.
Un clac indica que el llenado se detiene automáticamente al detectar que el depósito ha alcanzado su máximo nivel.
Tras sacudir la manguera para soltar las últimas gotas de combustible, la deja en su lugar y se queda observando un autobús de color amarillo, vacío, aparcado en un hueco a un lado de la carretera que sale del pueblo.
—¿Pasa algo? —se interesa Anastasia.
—No es nada. Es que juraría que ese es el autobús de la escuela.
—Está bien aparcado, ¿no?
—Sí, pero no sé qué hace ahí. Me supongo que el conductor habrá ido a hacer algo por aquí cerca. No es nada. Por cierto, ese autobús lleva cada día a los chicos al instituto, que está en Santa Olalla, el pueblo que vamos a visitar ahora.
—No tienen instituto en Zufre, supongo.
—No. Solo escuela de primaria, el edificio que está al lado del cuartel.
Yohanna regresa al coche y arranca. La flecha vuelve a marcar que el tanque está lleno. Salen de Zufre para incorporarse a la A-461. La sargento Anastasia Petrova contempla en silencio el paisaje desde el asiento del copiloto.
Minutos después de haber dejado atrás Zufre, adelantan una camioneta picop, de las que tienen la parte trasera descubierta, detenida en el arcén.
Al lado de esta hay un tipo rubio con bigote canoso y una escopeta de caza.
La sargento gira la cabeza para ver a través de la luna trasera cómo el tipo, que camina con una leve cojera, se va empequeñeciendo por la distancia.
—Ese es Óscar. Sale temprano, a diario, para pescar o cazar aves. Y muy de vez en cuando también atrapa buenas piezas de venado que luego sirven en uno de los bares de la plaza principal. Después podríamos ir a comer algo.
—Me parece bien.
Al contrario de lo que le ocurrió con Lucas, con Yohanna ha sentido una mayor afinidad y, a pesar de ser una mujer solitaria, se encuentra a gusto con su compañía.
Anastasia siempre ha sido fría y de pocas relaciones estrechas; sin embargo, Yohanna parece tan segura de sí misma cuando habla que transmite la fortaleza de un padre cuando te guarda bajo su ala protectora.
—No es el único que caza aquí. También hay un extranjero muy peculiar que vive en una casita construida por sí mismo, por aquí cerca, y caza de manera natural.
—¿De manera natural?
—Sí. Caza con arco y flechas y, según él, respeta a los animales y vive en comunión con la naturaleza.
Luego protesta porque Óscar no lo haga así.
Se molestan el uno al otro. Claro, no se aguantan porque cazan en la misma zona y venden sus presas en restaurantes diferentes de la misma plaza.
Es una competencia directa. Ambos son muy diferentes y al final están luchando por los mismos recursos en un entorno limitado.
Lucas es el único que logra hacerles entrar en razón y calmar las aguas para que no se maten entre ellos.
Pero lo cierto es que se odian a muerte.
—El agente Vázquez… ¿cuánto lleva en el pueblo?
—Bastante. Lucas llevará aquí como diez años. Date cuenta de que pocos son los que deciden quedarse en un pueblo tan pequeño y por eso no has visto a verdaderos dinosaurios en nuestro puesto. La gente se queda poco tiempo en este destino, por eso él es el más veterano del cuartel.
—Sí… Es joven para ser el más veterano, pero se comporta peor que cualquier vieja gloria que yo haya conocido.
—Ya… —Yohanna aprieta sus gruesos labios y ladea la cabeza algo incómoda—. Sé que no has tenido una buena primera toma de contacto con Lucas, pero no le prejuzgues.
—Te aseguro que no fue un prejuicio —se defiende Anastasia—.
Lo vi totalmente borracho. Estaba haciendo el ridículo vestido de uniforme.
Iba de un lado de la calle al otro y encima me habló de muy malas maneras.
Muy déspota. Eso es grave. Aun a día de hoy el ciudadano siente mucha animadversión por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y es debido a esos abusos.
Creo que está en nosotros mismos cambiar esa visión de la sociedad.
Entiendo que es difícil después de tratar con lo peorcito de las calles día tras día y tener que aguantar que a uno quieran engañarle todo el tiempo.
Pero igual que no queremos ser vistos todos como abusones autoritarios, tampoco podemos nosotros tratar a todos los ciudadanos como delincuentes o como seres inferiores; por eso es tan importante que cuidemos las formas, siempre.
—Lo que quiero decir es que Lucas bebe más de la cuenta en alguna que otra ocasión y puede parecer un cafre, pero, en todo este tiempo, ha llegado a integrarse en el pueblo muy bien, como uno más, mejor que ninguno de nosotros.
Y cuando han surgido problemas, él ha sido el más competente para resolverlos; muchas veces, gracias a esos contactos que ha ido haciendo en el bar.
El caso de Óscar y el extranjero solo es un pequeño ejemplo.
Él sabe tener mano izquierda. No justifico que beba, ojo, pero piense que usted viene del norte y de zonas más urbanizadas.
Y que quizá allí la bebida y el uniforme sean incompatibles, injustificables; en cambio, aquí, en el sur, a veces, sirve para encajar entre los vecinos.
La bebida a veces une. Y en un pueblo con tan pocos habitantes encajar es primordial; la unión es importante.
Muchos se sienten cómodos con Lucas, y cuando pasa algo le buscan a él para contarle sus problemas.
Se sienten más tranquilos y cómodos con él rondando las calles.
Y eso se lo ha ganado por méritos propios.
Anastasia respira hondo y guarda silencio. Debe sopesar mejor todas aquellas premisas antes de llegar a conclusiones precipitadas. Suele estar dispuesta a dar segundas oportunidades; sin embargo, detesta tanto el alcohol y su olor…
Su fuerte olor…
Una botella de cristal del revés…
El rubio del cabello de su madre oscureciéndose…
—No me gusta el alcohol… Lo odio —dice Anastasia, expresando sus pensamientos en voz alta y con la nariz arrugada. Yohanna sonríe. Es una sonrisa cálida y cercana que la libera del mal recuerdo. Esa luchadora es un encanto.
La luchadora borra la sonrisa de su rostro cuando reconoce el vehículo de Fernando detenido cerca del embalse, más adelante.
Ve una mano con un cigarro fuera de la ventanilla.
Y es raro que Fernando no vaya acompañado de su mejor amigo, Lucas.
La agente se teme lo peor. Si su nueva sargento pilla a Lucas con un porro ya no habrá manera de defenderlo.
Por mucho que esté de vacaciones, sabe bien que es ilegal.
Busca la manera de despistar a Anastasia con alguna conversación que la distraiga, pero es que el coche se les viene ya encima y ella no es capaz de pensar tan rápido.
Un ruido molesto estorba aquellos pensamientos.
Una Kawasaki de motocrós les pasa en dirección contraria como un moscardón, acaparando toda la atención mientras adelantan el coche de Fernando.
Anastasia no dice nada acerca de la moto porque no parece que supere la velocidad permitida; aun así, ella tiene una sensación extraña, quizá porque es la misma motocicleta que vio alejarse del acuartelamiento la noche anterior.
Yohanna aprovecha aquella distracción caída del cielo:
—Y ese es el chico rebelde del pueblo: Cristian, un auténtico problema.