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Los jóvenes de segundo de bachillerato del instituto Puerta de Andalucía, en Santa Olalla del Cala, prorrumpieron en risas al oír aquel insulto. Belén y Alicia se miraban riendo con lágrimas en los ojos y Daniel soltaba una carcajada estridente que sonrojaba a Jésica.
¡UUUUUUAAAAAAAAAAAAA!
La clase de historia es interrumpida por lo que parece la alarma de un bombardeo en la Gran Bretaña de Churchill. La sirena anuncia el primer recreo y los jóvenes salen deprisa para disfrutar del aire libre, charlar de nimiedades y, sobre todo, olvidarse de lo aprendido en clase.
Daniel y Jésica pasean de camino al patio sin mucho ánimo.
Es lunes y aún quedan muchas horas lectivas por delante.
Jésica se siente vacía sin su bebé. Piensa constantemente en él, en si estará bien, en si tendrá hambre.
Ella, desde luego, tiene el estómago vacío, por eso tiene la mirada plantada en el vendedor de bocadillos.
Está muerta de hambre y eso le crea mal humor.
Se acerca a la ventana del quiosco, pide un bocadillo de tortilla con alioli y luego pregunta a Daniel si va a comer algo.
—Ya sabes que estoy a dieta.
—Sí, maricón, y ayer te hartaste de merendar conmigo.
—Se llama ayuno intermitente.
Ella le ignora. Tiene un hambre voraz y solo piensa en clavarle el colmillo a la pieza de pan con tortilla y salsa que recibe a cambio de un par de euros. Babea al oler el sabroso bocadillo. Se aparta de la ventana y abre su boca ansiosa.
Dani frena el primer bocado agarrándole del brazo.
—¿Qué haces? Aparta…
Dani no se mueve. No habla. Mira un punto fijo del horizonte con el ceño fruncido y, cuando sabe que Jésica le está prestando atención, alza las cejas y la barbilla en dirección a la salida.
Ella sigue su mirada y su vista se topa con una joven delgada de pelo corto oscuro y pantalones bombachos de color intenso y estampado de elefantes: paquidermos que ondulan con el viento.
Es Belén y parece que piensa hacer pellas una vez más.
—Esto ya no es normal. La semana pasada se fue dos días. Acabamos de empezar el curso y no para de hacer novillos. No le importa en absoluto volver a repetir con lo buena estudiante que era.
—La niña buena se echó a perder el trimestre pasado cuando sus padres se divorciaron —comenta Jésica con desdén. Planta sus ojos azules de nuevo en la tortilla y a punto está de lanzar una dentellada cuando su comida vuelve a ser interrumpida.
—Se está tirando a tu ex. —Daniel es así: le gusta soltar sus verdades de sopetón. Sin previo aviso. Escupe con palabras los guantazos que se ve incapaz de dar.
—Escúchame, ¿qué estás hablando? —Se le revuelve el estómago solo de pensarlo.
—Hombre, guapa, ya me dirás tú. Sino qué coño hace escaqueándose tanto del insti cuando esa niña siempre sacaba sobresalientes. Lo del divorcio es una excusa. Mi teoría es que se tira a tu ex.
—Y yo qué coño sé qué hace con su coño esa tía. Pero ¿por qué coño piensas tú que se tira a mi ex? ¿Qué tiene que ver, que se salte clases o se vaya temprano del instituto, con que se esté acostando con Cristian?
—Llevo unos días escuchando su moto por aquí cerca. Y que yo sepa, a ti ya no te recoge…
Jésica aprieta los dientes tensando la mandíbula. Dani tiene razón. Piensa mal y acertarás es su frase favorita. Por un momento llega incluso a detestar a su amigo de la infancia.
—Esa marrana cree que porque su papaíto es el picoleto del pueblo puede quedarse con todo lo que quiera.
—¡Marrana! —Daniel suelta una risotada aguda—. Qué bueno, tía. Muy apropiado.
—Pues voy a demostrarle que no. Que no hará lo que quiera y que en la vida hay consecuencias. Sujétame el bocadillo.
—Espera, espera. Mira ¿ves? No está sola. También va su amiga.
Jésica y Daniel —ahora es este el que tiene en una mano el bocata de tortilla— observan cómo Alicia frena la marcha de Belén. Alicia le dice algo. Belén posa su mano en el hombro de esta y, tras un abrazo, se van juntas.
—Ahora son dos marranas —suelta Daniel.
—Me da igual. Puedo con esas dos budistas enclenques. A ti no se te ocurra soltar mi bocadillo, es lo único que te voy a pedir.
Daniel siente un poco de miedo, pero la comisura de su labio se curva en una leve y siniestra sonrisa.
Le embarga una emoción que solo siente cuando hay altercados cerca.
Le encanta ser el espectador número uno de innumerables problemas y Jésica es un imán de estos, por eso es su mejor amiga.
Sin soltar el bocadillo, Daniel saca su móvil y prepara la cámara para grabarlo en vídeo.
Él nunca hubiese imaginado lo que sucedería después de aquello.