Azufre 9
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S aca las llaves del bolsillo y se le caen antes de atinar a abrir la puerta.

Cuando las recoge del suelo, su cuerpo se tambalea hacia delante y golpea la puerta con la coronilla.

Unos pasos atrás había llegado a creer que la nueva sargento le había quitado la cogorza, y ahora teme haber despertado a su hija de una cornada a la puerta de entrada.

Su presentación ha sido un baño en la mar helada.

Incluso olvida escribirle al conductor de la moto, a Cristian.

No quiere ni pensar en el ridículo que ha hecho.

Es mejor dejarlo correr y descansar cuanto antes para que amanezca un nuevo día.

​ Entra en casa, cierra la puerta con llave y pasa a la cocina para abrir la nevera y devorar los macarrones fríos.

Así mismo está bien. Luego sube los escalones casi a gatas.

¿Por qué puñetas compró una casa de dos plantas?

Llega agotado al piso de arriba, donde están las habitaciones.

Se arrastra un tramo antes de levantarse con ayuda de la pared sobre la que se apoya hasta sujetarse en el marco de la puerta y asomarse al cuarto de Belén.

Allí está su hija, dormida o fingiendo muy bien.

El bulto bajo las sábanas ha crecido tanto en tan poco tiempo… Es toda una mujercita.

​ Él sabe que su hija detesta verle así y por eso se marcha antes de que se despierte.

Alcanza su dormitorio, se quita el uniforme con sus pesadas botas y cae rendido sobre la cama como quien acaba de sobrevivir a una odisea.

Qué desastre: siempre domina su vida a la perfección hasta que prueba una cerveza…

Lo sabe. Conoce su problema, pero no puede superarlo.

No puede dejar de beber. Es imposible. Si no ha podido dejarlo con ayuda de su exmujer, no podrá hacerlo solo.

Ahora no importa: necesita descansar y lo hace. En menos de diez segundos está durmiendo como un lirón y roncando como un oso.

Abre los ojos a más de cinco mil kilómetros. Y se incorpora de la cama dieciocho años atrás.

​ —¡Mi cabo!

​ Su respiración es agitada. Mira sus manos enguantadas de verde látex y descubre que tienen sangre, pero no es suya.

​ —¡Mi cabo!

​ No atiende al teniente que le llama porque está ensimismado.

Hay otro hombre que grita más, pero no a él.

Es un árabe con bigote, y en su expresión y en sus gestos se aprecia una súplica desesperada.

Lo echan a empujones para que deje espacio y pueda entrar la camilla en la que va la hija del árabe del bigote.

Esta pasa por delante de sus ojos y lo que ve se queda sujeto a su memoria para siempre.

Como las marcas de fierro incandescente en el ganado, aquello jamás podrá separarlo de su piel, aquello jamás podrá olvidarlo.

​ —¡Mi cabo, atiende aquí de una maldita vez!

Lucas despierta a las siete de la mañana. La resaca es moderada; a pesar de ello, la luz natural no para de importunarle. La casa está muy tranquila y él no reprime sus gases. Lanza un pedo que trona en el silencioso amanecer.

​ —¡Alaaa! ¡Qué guarro! —Es su hija Belén. Tiene dieciocho años y cursa segundo de bachillerato.

​ —¡Ja, ja, ja! —ríe él. Lo cierto es que pensó que estaba solo—. Ya desayunaste —afirma.

​ —No —contesta porque no entiende la grosera broma y cree que es una pregunta—. Desayuno en el insti con Alicia.

​ Lucas se levanta de la cama, se lava los dientes y se da una ducha.

Mejor ir más aseado y presentable que la noche anterior.

Debe arreglar las cosas con su nueva jefa.

Puede que se emborrache de vez en cuando, pero lleva diez años en aquel pueblo sin protagonizar una sola incidencia y todos los informes de sus anteriores jefes son positivos.

Cuando sale del baño se viste de civil con camiseta ancha y unos vaqueros ajustados por un cinturón táctico que porta presillas y una navaja cuyo mango acaba en una punta rompecristales; por último, se calza unas deportivas.

Luego baja al salón donde ve a Belén vestida con un pantalón bombacho estilo tailandés y una amplia blusa multicolor.

​ —¿De verdad vas así al instituto, hija?

​ —¿Qué pasa? ¿No llevas tú el cinturón de Batman? —contrataca Belén.

—El cinturón de Batman me parece útil —se excusa su padre.

—Y a mí esta ropa. Es cómoda y me gusta.

​ —En mis tiempos, si ibas así al instituto, te pegaban.

​ —Tiempos de cromañón, papá. Por suerte el mundo ha evolucionado.

​ —Demasiado deprisa, creo yo. Ayer el cura insistió en que pocos jóvenes vais a la iglesia. Dice que os echáis a perder.

​ Belén pone cara de asco. Incluso así, no deja de ser guapa. A su padre le gusta el pelo largo en una mujer; sin embargo ella lo lleva corto porque hace lo que le da la gana y para llevarle la contraria, como siempre. Pero con su pelo corto y su cara de asco sigue siendo guapísima.

​ —Me da igual lo que diga ese tío. Yo soy budista, papá.

​ —¿Budista? ¿Desde cuándo?

​ —Desde que descubrí que los curas son unos mentirosos.

​ —Todo el mundo miente… Ese Buda al que admiras también mentía.

​ —Solo te admiro a ti, papi. ¿Tú también mientes?

​ —No. Yo no miento —miente.

​ Belén se ríe. Una risa sincera y preciosa, de esas que la vuelven de regreso a la niñez a ojos del padre.

Luego le da un beso en la mejilla. Lucas la mira embobado.

La blusa se curva hacia delante por su voluptuoso y firme pecho.

Su niña se ha convertido en mujer casi de la noche a la mañana.

Tan rápido como le salieron a él las canas en la barba.

Ella agarra su mochila y se dirige a la puerta.

​ —Espera, voy contigo.

​ —¿Hoy no desayunas?

​ —En la calle; voy a invitar a mi nueva jefa.

​ —¡Qué pelota!

​ —Tengo que hacer las paces con ella. Anoche la conocí y empecé con mal pie. Creo que le daré una mejor impresión si en mi primer día de vacaciones la invito a desayunar y le enseño el pueblo.

​ —No vayas a enseñarle solo el bar…

​ —¿Por quién me tomas?

​ Su hija no responde. Tan solo aparca la sonrisa y continúan caminando por la calle Linares, descendiendo en dirección a la parada de autobús que la lleva al instituto cada mañana. La alcanzan en poco más de cinco minutos.

​ —¿Sabes que tenemos un nuevo autobusero?

​ —No. ¿Qué fue del melenudo ese?

​ —Aitor —dice Belén mientras se lleva una mano al corazón, cierra los ojos e inspira profundamente enamorada—, era muy mono y tenía un pelazo precioso; pero ya no está. No sé por qué. Se marchó o lo despidieron. No le hemos vuelto a ver este año.

​ —¿Te parece mono ese perroflauta? Pero si…

​ —Papá, tú no entiendes de gusto de chicas. Estás anticuado. Ahora tenemos todo lo contrario: un calvo amargado. Tiene un tatuaje que sale de su espalda y le llega a la parte de atrás de la cabeza. Pero no sabemos lo que es.

​ —¿El qué? ¿El tatuaje?

​ —Sí, porque no se ve bien.

​ —Y ese no te gustará…

​ —¡No, papá! ¿Cómo iba a gustarme el autobusero? Con esa cara de viejo amargado… Ves, es que tú no entiendes.

​ —Vale, pues no entenderé. Y con respecto a la iglesia, no me importa que no vayas. Pero con respecto al instituto…

​ —Sí, sí, ya, papá, que ya lo sé. No te preocupes por eso, de verdad, te prometo que no volverá a pasar.

Cuando Belén se despide para subir a un autobús amarillo, Lucas la contempla intentando rebuscar a la niña que fue hace tan poquísimo tiempo.

Esa niña de larga melena oscura que ondeaba al viento siempre que corría.

Tan solo queda un reflejo de ella impreso en su rostro: en su pequeña nariz y sus grandes ojos.

Tiene que aceptar que su niña ya no es una niña. ¡Qué difícil!

Suspira y encauza sus pasos de regreso hacia la comandancia.

​ Lo primero que ve le choca tanto que sus anteriores pensamientos vuelan como una bandada de pájaros espantados por un disparo de escopeta: hay un hombre de avanzada edad en calzoncillos, de espaldas a él y de cara a una pared.

Lleva sujeta en la mano derecha la correa de un perro, pero sin perro.

Y se tambalea de un modo quejumbroso. La escena resulta tan inquietante que, si hubiese ocurrido de noche, Lucas habría sentido unas ganas enormes de salir corriendo.

La primera casa del pueblo que da de frente con la parada del autobús pertenece a la familia de Jacobo García, y es precisamente a quien Lucas reconoce por sus piernas flacas en contraste con una espalda ancha además de por su pelo grisáceo coronado por una calva.

Rumia algo. Remordimientos o protesta. Parece encontrarse en el muro de las lamentaciones de Jerusalén; sin embargo, aquello es el pueblo de Zufre a primera hora de la mañana de finales de septiembre. ¿Qué cojones hace ese tío ahí?

—¿Jacobo?

No responde.

—Jacobo, hombre, pero ¿qué haces aquí fuera?

Cuando se acerca a un palmo, el ruido de sus lamentaciones resuena como un zumbido. Balbucea la misma frase de manera constante:

—Maldito volcán, maldita lava, maldito fuego, maldito azufre. Maldito volcán, maldita lava, maldito fuego, maldito azufre. Maldito volcán, maldita lava, maldito fuego, maldito azufre…

Y al agarrarle del brazo para girar al hombre, Lucas ve su ceño fruncido y su expresión severa.

Casi asusta el viejo. Y con ese tamaño, menudo elemento debió ser en su época de oro.

Lucas agradece que todo se lo lleve el viento y que Jacobo no tenga el vigor de la juventud, y tira de él para acompañarlo a casa.

—Vamos adentro, Jacobo. No vayas a coger frío.

No hace frío, pero dice cualquier cosa para soportar aquel momento tan incómodo. Jacobo cede y ambos se acercan a la entrada. La puerta está encajada y el guardiacivil la empuja para entrar. En el interior reina la quietud. Los hijos y la mujer deben andar dormidos.

Llevando por el brazo al enorme Jacobo, avanza unos pasos atravesando un aura densa, como cuando alguien siente cerca un peligro que no logra atisbar, hasta que el sonido de cerámica rota le asusta y le obliga a posar su mano en la empuñadura de su arma reglamentaria.

A su derecha está la cocina, y en ella Carmen lanza un grito justo después de haber soltado el plato que estaba fregando.

Lucas retoma su respiración después de que el plato se haya roto y de que su cerebro asimile los ladridos del perro como música de fondo.

—Santa Carmen, joder…

—¡Qué susto! —exclama la mujer de unos sesenta años—. Pero ¿qué ha pasado?

Lucas se lo explica y ella agarra a su marido y lo sienta en una butaca de la cocina para traerle el pijama y darle el desayuno.

—¡Ni un minuto puedo irme al baño! Ay, Señor, qué tragedia más grande.

¿Por qué me ha tocado esta enfermedad a mí?

, que tengo que criar de un hijo que no atiende a nada y de un marido que ha perdido la cabeza.

Baldada me tienen. No puedo más, Señor. Todo el santo día; si no es uno es otro. Y ya no puedo más.

Un perro pequeño, blanco con manchas negras, ratonero bodeguero andaluz, aparece en el marco de la puerta.

La familia nunca había tenido mascota hasta que a Jacobo se le diagnosticó principio de Alzheimer.

Desde entonces le habían recomendado adoptar a un perro y él procura sacarlo a menudo.

El agente Vázquez ha presenciado la decadencia del padre de familia.

No es la primera vez que lo encuentra por la calle desorientado, pero nunca antes lo había visto casi desnudo y habiendo olvidado atar al perro al otro extremo de la correa.

Lucas decide marcharse de Jerusalén. Se despide y nada más cerrar la puerta de la casa de Santa Carmen y Jacobo se abre la de la casa de enfrente.

—¿Ha pasado algo, Lucas?

Es Óscar Acosta, el tío de Cristian, un capillita, acólito de la parroquia y metomentodo.

Cree que puede solucionar el mundo él solo, gracias a su constante disponibilidad.

Hace muchos años que su sueño de ser guardiacivil se frustró por una lesión de rodilla que, desde entonces, le hace caminar con una leve cojera.

Se dedica a pescar en el embalse y a cazar animales por la zona para que luego su cuñada cocine la carne y su hermano la sirva en el bar que lleva la familia Acosta.

Los Acosta son muy rubios. Óscar es el menor de ambos hermanos, pero ronda los cuarenta y muchos y su bigote de carriles largos ya es blanquecino.

Ni tiene ni quiere tener hijos ni mascotas.

Lo único que le gusta es cazar, cazar y cazar.

—No, Óscar, tranquilo, no pasa nada. Ya sabes… Jacobo y su cabeza.

—Ese hombre no anda bien de la mollera. Con un hijo tonto, esto se veía venir.

Quique, el gordo hijo de Jacobo y Santa Carmen que hace de monaguillo, no es tonto, solo aparenta tener algún tipo de discapacidad, ya que ciertamente no ha desarrollado del todo sus capacidades sociales y parece algo autista.

El que sí que parece tonto es el propio Óscar, al que no le preocupa despotricar así de sus vecinos aun viviendo delante de ellos.

—No creo que sea por el hijo, Óscar. Ese hombre no está bien porque tiene alzhéimer.

—Y peor estaría de no ser por su santa esposa. Una mujer que aguanta todo lo que aguanta ella con la cabeza tan bien amueblada… Esa mujer sí que es una santa —repite.

—Ya… Adiós —se despide de manera seca. No tiene ganas de soportar a un cantamañanas.

Pero Óscar no se mete para adentro; en lugar de ello, se queda allí plantado siguiendo al guardiacivil con la mirada.

Aunque el agente no va uniformado, Óscar siempre ha envidiado su autoridad, además, por supuesto, de su uniforme y su arma reglamentaria.

Cuando Lucas llega al acuartelamiento solo encuentra a un compañero. Este le explica que la nueva sargento ha salido a desayunar con Yohanna y que visitarán los pueblos cercanos que entran en su jurisprudencia. Lucas se lamenta y hace una pregunta antes de seguir cagándola:

—Por cierto, ¿cómo se llama la sargento? Je, je.

—La virgen. Es la virgen.

—¿De qué hablas?

—La virgen. ¿En serio no la conoces? Claro, yo es que coincidí con ella en la academia. Tiene fama de mojigata. La llaman la virgen.

—Qué cojones va a ser virgen a su edad, hombre, venga ya, dime cuál es su nombre.

​ —Anastasia. Sargento Anastasia Petrova.

​ —¿Petrova? ¿Es rusa?

​ —Qué va, no podría ser guardiacivil entonces… Pero mi padre, por ejemplo, es ecuatoriano. Como se dice muchas veces: cada uno es de su madre y de su padre.

​ —Ya… Y Anastasia Petrova parece una… —una hija de Putin, quiere decir, pero no tiene tiempo de terminar el chascarrillo porque el móvil no para de sonarle. Lo saca del bolsillo y contesta. Es su amigo Fernando. Su voz suena enlatada, enclaustrada. Parece a punto de llorar.

​ —Lucas…, necesito ayuda.