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L a nueva sargento de la Guardia Civil del pueblo de Zufre ha alucinado con el primer compañero con el que se ha cruzado.
Borracho y mentiroso. ¡Y vestido de uniforme!
Las cosas en aquel pueblo van a cambiar con su llegada.
Al menos eso piensa tras conocer al agente Vázquez.
Por el contrario, la segunda compañera que conoce la sargento, justo unos minutos después de que Lucas se marche, es todo lo amable y profesional que no ha sido aquel patán.
Su nombre es Yohanna, agente Yohanna Alonso, y tras presentarse y preguntarle sobre su largo y tedioso viaje, le hace entrega de las llaves del domicilio acoplado al cuartel que servirá de residencia para la nueva jefa.
Es tarde y está cansada, por lo que en lugar de quedarse a conocer a Yohanna más a fondo, decide sacar las maletas del Audi amarillo y cargarlas hasta la que será su nueva casa mientras esté destinada en aquel entorno rural.
—Deja que te ayude —se ofrece Yohanna.
—No te preocupes. No es necesario.
—Insisto. —Y agarra el macuto más pesado sin que le suponga mucho esfuerzo.
Su nueva compañera es una mujer alta y parece muy fuerte.
Tiene un rostro simétrico que le resulta conocido.
No la reconoce entonces, pero Yohanna goza de cierta fama a nivel nacional que puede corroborarse con solo buscar en Google su nombre y comprobar la enorme cantidad de artículos e imágenes de esta imponente mujer.
Ha salido en la prensa del corazón por un romance pasajero con un actor, ha hecho sus pinitos en algunas series y protagonizado algún cortometraje e incluso entrevistas y programas de televisión; sin embargo, ha logrado su mayor reconocimiento siendo campeona del mundo en un torneo de Muay thai.
La primera impresión para la sargento es que no conviene cabrear a aquella guapa y amable experta de un arte marcial.
Ambas mujeres acceden a la comandancia y atraviesan un patio interior abierto a las estrellas. El edificio es sobrio, blanco y antiguo, y la calzada presenta tantos desniveles que le cuesta caminar sin parecer tan ebria como el agente Vázquez.
Un gato curioso reposa junto al portal de acceso a su vivienda y maúlla a su paso como quien dice bienvenida.
Lo que viene a ser una pequeña muestra de la tranquilidad que se respira en Zufre, incluso para aquel felino.
Silencio, paz, calma: todo genial excepto por el asfixiante calor que hace incluso de noche.
Ante la puerta de entrada, Yohanna despeña el macuto de su nueva sargento y esta se despide con un gracias y hasta mañana para entrar en su nueva casa.
Es pequeñita: cuarenta y cinco metros cuadrados distribuidos en dos dormitorios, baño, cocina y salón.
Viviendo sola no necesita nada más; es más, le sobra una habitación.
Comprueba que los grifos funcionan y que sale agua caliente, y al ver que tiene bañera decide aprovecharla tomando un baño de espuma.
Saca sus pertenencias de los bolsillos y las deja sobre la tapa del váter.
Entre estas está su cartera con la tarjeta de identificación militar que mostró a Lucas Vázquez.
Se desabotona la camisa, se desabrocha el cinturón y se baja los pantalones.
Es mucho más bajita que Yohanna y también es más delgada.
Su cuerpo es hermoso, sin embargo, esconde un complejo que nunca ha logrado superar.
Sus dos piernas están arrugadas por completo y tienen un tono muy diferente que contrasta demasiado con su tez clara.
Aquellas marcas de colores rosados son su estigma, un indicativo de su duro pasado.
Son quemaduras.
El vapor de agua caliente empaña el cuarto de baño. Sobre la tapa del váter, junto a las demás pertenencias, reposa su cartera abierta con la tarjeta de identificación visible y legible. Apellidos: Petrova Ruiz; nombre: Anastasia.