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M ira las baldosas y trata de pisar solo las de una hilera, procurando seguir un camino recto.
No lo consigue. Camina mareado y dando pequeños tumbos sin quererlo, nada propio de un miembro profesional del glorioso cuerpo de la Guardia Civil.
Siempre le pasa lo mismo: cree poder manejar la bebida como maneja todo lo demás en su vida, pero la bebida siempre acaba por controlarle a él.
Le viene a la cabeza el sermón de su exmujer: ¡No existe nadie que controle el alcohol!
¡Aquel que te parece que lo hace es porque bebe mucho menos que tú!
. Sabe que está siendo irresponsable y se siente mal consigo mismo, pero qué coño, es su último día sin un superior jerárquico del que tenga órdenes que obedecer.
Ahora solo le preocupa lo que le preocupa.
Cuando levanta la cabeza, se da cuenta de que no solo no camina por el centro de la calle, sino que además se arrastra por un lateral apoyando una mano en la pared.
Divisa a lo lejos la característica motocicleta y a su intrigante piloto, y le hace una señal desde lejos para que se aproxime.
Este no responde, permanece indiferente y a la espera de que el guardiacivil se le acerque más.
Lucas deja la puerta principal del puesto de la Guardia Civil a su derecha, mientras avanza despacio, oscilando de un lado a otro de la calle.
A escasos metros de su objetivo, es iluminado por los faros de un llamativo vehículo que pasa por su lado y aparca junto a la puerta del acuartelamiento, sitio reservado a los guardiaciviles del pueblo.
Alguien quiere una multita, piensa Lucas, que se debate entre llegar hasta el piloto de la moto o retroceder para hacer su trabajo.
De forma oficial ya está de vacaciones, pero un guardiacivil lo es veinticuatro horas al día todos los días del año.
Hace una señal al joven de la motocrós para que espere, y este guarda sus manos en los bolsillos de la chupa de cuero y resopla hastiado.
Lucas Vázquez, como guardiacivil, da media vuelta y examina el coche que ronca hasta detenerse el motor.
Conduce una mujer de cabellos claros. Él se aproxima a la ventanilla de la conductora que parece rebuscar algo en su bolso.
Decide dar unos toquecitos en el cristal de la ventanilla para llamar su atención.
—¿ Quééé ? —dice Lucas sin poder evitar alargar su pronunciación—.
¿ Acasho no veees dónde estás aparcando?
¿No nos shabemos las señales? —Y señala la puerta del cuartel además de la señal de solo vehículos autorizados.
Intenta ser sociable; sin embargo, está tan ebrio que no es consciente de que parece un verdadero idiota.
Entonces vuelve a mirar a la conductora y algo le hace saltar las alarmas.
Ella le observa con una expresión bastante hostil.
Tan seria que su mirada le resulta gélida, como un vaso de agua fría que acabasen de derramarle en la espalda.
No responde, no reacciona, y él da un paso atrás.
La mujer acciona la palanca y abre la puerta para salir y Lucas retrocede dos pasos más movido por una fuerza invisible.
Ella se lleva una mano al bolsillo y él acerca la suya a la empuñadura de su pistola.
La tantea a espera de ver qué hace ella.
No debería haber bebido una sola gota de alcohol aquel día y ahora se arrepiente.
Se arrepiente tanto como el día en que su exmujer se marchó harta de sus excusas.
Su intuición no es lo que era. Sus cualidades están mermadas y no se siente tan preparado como de costumbre.
Siente que ha metido la pata hasta el fondo, que la ha cagado pero bien.
La mujer saca la cartera y muestra su identificación militar.
—Soy la sargento de la Guardia Civil destinada a este pueblo a partir de mañana lunes —especifica en un tono de claro reproche.
Tierra trágame, piensa Lucas. Pero la tierra no se lo traga y permanece allí inmóvil con cara de estúpido.
—¿Y usted es?
—Lucas Vázquez, guardiacivil de aquí —ya no arrastra una sola sílaba. La cogorza se le ha esfumado.
—¿Esa es manera de presentarse a una superiora?
Lucas traga saliva, se pone en posición de firmes y realiza el saludo militar.
—A sus órdenes, mi sargento, se presenta Lucas Vázquez, agente guardiacivil encargado de la seguridad de este pueblo y sus alrededores.
—¿Ha bebido usted, agente Vázquez?
La pregunta es el jarro entero de agua fría tirado a la cara. Lucas pestañea dos veces y musita un no como respuesta, inaudible por el rugido de la motocicleta, a su espalda, que camufla su mentira.
La sargento echa un vistazo y observa cómo el joven del ciclomotor gira la muñeca para acelerar y desaparecer a toda velocidad.
—Disculpe —continúa ella—. La pregunta que realmente quería hacerle era: ¿cuánto ha bebido usted?
Por supuesto es pura retórica. No conteste.
Creo que es hora de que sea relevado del puesto y se vaya a casa a descansar, agente Vázquez, mañana tendrá tiempo de excusarse y darme las explicaciones pertinentes. Piense en ello.
—Sí… —Él mira el reloj sin llegar a descifrar la hora que es—. Ya ha pasado mi turno de servicio y han empezado mis vac…
—Tanto que mejor —corta por lo sano.
Tras una esquina, Daniel alucina con la escena que acaba de presenciar.
Tras despedirse de su amiga, ha seguido al vehículo que casi le atropella, ha presenciado la reprimenda que Lucas se ha llevado y está deseando contar lo que acaba de ver a todo el mundo.
Esa maldita bruja ha llegado para cambiar las costumbres del pueblo, y eso no le gusta un pelo.