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D aniel ha ido a casa de su amiga Jésica para convencerla de asistir más a menudo a la iglesia.
Al menos a la misa de los domingos. Han pasado la tarde merendando y disfrutando de una amistad forjada durante la infancia en aquel pueblo, corriendo entre callejuelas, escarbando y sembrando en sus huertos, siendo compañeros de escuela, veraneando en la piscina comunitaria y manteniendo largas conversaciones sentados en el hermoso Paseo de los Alcaldes.
Desde que ella es madre, a sus tan solo diecisiete años de edad, no pueden hacer tantas cosas como antes. Aquella tarde está sola en casa y ha tenido que quedarse al cuidado de su bebé, por lo que Daniel ha decidido visitarla.
Jésica se aparta su cabellera rubia para sacar un generoso y recto pecho, la gravedad no ha tenido tiempo de hacer su trabajo, y da de cenar a su bebé de nombre Esperanza. La niña boquea hasta pellizcar el pezón.
Daniel saca su móvil para entretenerse, pero suelta lo que piensa sobre aquella enorme ubre:
—Con lo gordas que se te han puesto las tetas te vas a hartar de ligar este año —asegura.
—Para eso estoy yo ahora, vamos… Estoy muy cansada, Dani. La niña nunca me deja dormir bien. Me despierta cada tres horas, y encima mañana ya es lunes y tengo que ir al jodido instituto. No sé cómo voy a aprobar el bachillerato…
Esperanza mama del pecho a la par que con su manita trata de agarrar algunos cabellos rubios que caen de la madre. Ella se da cuenta y se recoge el pelo tras la oreja para que su niña no se distraiga y se centre en chupar de la teta.
—¿Y tú? —se interesa Jésica—. ¿Qué fue de tu último ligue, el chino?
—Bah, era un mamón. Ese tío no era trigo limpio.
—¿Otra vez?
—¿Qué quieres que te diga? Es que era un mamonazo. Yo creo que me engañaba.
—Dani, tío, solo te digo que tienes que ser menos pasional. Te encoñas muy pronto de un tío. Siempre me lo vendes como el hombre perfecto, el tipo de tus sueños, y luego o bien él pasa de ti y le odias o bien tú lo aborreces.
Daniel contesta sin apartar la vista de su móvil:
—Es que son todos gilipollas —dice mientras desliza su dedo por la pantalla para que la galería de imágenes de chicos sin camiseta en Instagram se haga infinita.
—A ti todo el mundo te parece gilipollas.
—No, tía. Tu novio no.
—Mi ex, dirás.
—Pues tu ex. Cristian es el hombre perfecto.
Él sigue a su bola, prestando verdadera atención únicamente a la pantalla de su móvil y no a la estupidez que su boca acaba de escupir. Ella, enfadada, se lo hace ver:
—¿Cómo puedes decir eso de él después de que me hizo un bombo y desapareció como un puto cobarde? ¿Es que no ves que brego yo sola con la niña?
Su amiga se ha molestado, a pesar de ello, Daniel la ignora porque Cristian está buenísimo.
—Cristian es un prenda bueno, ¿me oyes? —continúa ella—. Mira, deja ya el puto móvil, que me pones nerviosa, tío. —Daniel alza la barbilla y la mira perplejo—. Es que me estás desesperando. Lo que tienes que hacer es desinstalarte Instagram y dejar de babear tanto buscando tío tras tío.
—Lo haré cuando vengas a misa conmigo los domingos.
—Es que me ralla el puto cura con sus sermones de mierda.
—¿Acaso eres una de esas dos niñatas budistas?
—Eso nunca… Pero yo qué sé. Ya te he dicho que no me parece bien meter a mi niña toda la mañana en la iglesia. Aún es un bebé. No quiero agobiarla, ¿sabes?
La conversación se detiene. Las ventanas están abiertas y las cigarras del bosque se hacen oír sobre el silencio reinante. Entonces Daniel vuelve su rostro a la pantalla y Jésica se aventura a proponerle algo que sabe que no cumplirá.
—¿Y si hacemos un trato? Yo voy a misa si tú te borras el Instagram además de todas las redes sociales que tienes para ligar.
—Tú estás loca, guapa.
Daniel se levanta para marcharse. Jésica también se incorpora para acompañarle a la puerta, con la niña enganchada a la teta como un pescado al anzuelo.
Al salir él, un coche amarillo casi le atropella.
Le da tiempo de ver de refilón a la conductora que ni se ha inmutado y Daniel lanza una protesta que no llega a los oídos de esta.
—¡Será zorra la tía! —insulta.
—Ten cuidado al salir, Dani, te he dicho mil veces que esta es la única calle peligrosa del pueblo.
—¡Que tenga cuidado ella! Esa va a ser la bruja de la maldición.
—¿Qué? —pregunta Jésica sin tener idea de en qué diablos está pensando su amigo—. Baja la voz. —Le preocupa su tono por si la niña se echa al llanto.
—La maldición del azufre. Lo del volcán. Lo que te conté que dijo el padre Santiago esta mañana. Que viene una maldición a nosotros y va a ser esa zorra que no sé quién coño es ni quién coño se ha creído.
—Esa mujer vendrá a follar con su cita Tinder y se irá a tomar por culo. Estará de paso o yo qué sé.
—¿Un domingo a las ocho de la tarde? No, guapa, esa viene para quedarse. ¿Espera tu madre a alguien esta noche en el hostal?
—No. Ningún turista va a venir en septiembre con este calor.
—Ves. Esa maldita zorra viene a traernos al pueblo la maldición del azufre…