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L os tacones de Estela se clavan con fuerza sobre la calzada de la plaza de la iglesia.
El ruido que produce llama la atención de los vecinos que, al girar sus cabezas, se topan con una reluciente melena de color rojizo que deslumbra por la intensa luz matinal, y cuyas puntas caen sobre el escote de su abultado pecho operado.
Tiene ganas de regresar a casa y tomar un baño porque se siente pegajosa, pues aquella despampanante mujer se derrite bajo el caluroso sol de septiembre.
La piel cetrina de Daniel soporta mejor aquel caño de luz que no parece importunarle tanto como a su madre.
—A la Jesi, si hace falta, la traigo de los pelos, pero esa viene el próximo domingo como que yo me llamo Daniel Sosa.
Mamá, y tú a ver si le insistes a la madre también, que luego me dicen que soy un pesado; pero es que ya has oído lo que dice el padre Santiago: que viene una maldición.
¡Una maldición! Si es que me lo creo y todo, porque de verdad que este pueblo está maldito.
Soy yo el único joven que va a la iglesia.
Menudo aburrimiento, vamos… Mamá, ¿me estás haciendo caso?
—Que sííí, hijo, no te pongas pesado.
—Y Cristian es que ya ni viene. Con lo guapo que es y lo que me distraía yo cada domingo en misa observándole, y ya ni eso me queda.
Lo que decía el cura: este pueblo está maldito.
¡Maldito! ¡Ja, ja, ja! ¡Se avecina una maldición, señores!
—grita Dani haciendo el loco. A lo que su madre responde mandándolo callar para que deje de intentar ser el centro de atención del pueblo y no le quite el protagonismo a ella.
A no demasiada distancia, Lucas no le quita ojo a Estela. Su amigo Fernando se separa unos metros de su mujer para llegar por detrás y darle una colleja.
—Se te cae la baba.
Lucas finge limpiarse la barbilla.
—Es que no veas cómo se conserva la pelirroja. Menudo cuerpazo se gasta la tía a su edad.
—Eso son banalidades, amigo, el sexo está sobrevalorado. Yo me preocuparía más por el discurso que ha dado nuestro párroco Santiago. Al cura cada día se le va más la perola. Va camino de convertirnos en secta.
—Al final voy a tener que detenerlo por asustarme a las viejas del pueblo.
—Recuerda que la muchedumbre es muy lerda, Lucas, y está deseando creerse cualquier patraña que suelta ese curángano con sotana.
Cuando la humanidad se arremolina en manada todo influye mucho más y nos dejamos arrastrar por nuestra estupidez innata.
Por eso me preocupa ese discurso que ha soltado lleno de supersticiones.
—¿Tú no te crees eso de que nos afecte estar respirando azufre? Lo decían en las noticias.
—Chorradas. Lucas, por favor, si el porcentaje que llega a nuestro aire, y hasta nuestros pulmones, es ínfimo. Las noticias: otro metemiedo . Nada, nada, tú ni caso.
—A mí lo que me preocupa de este tema de la maldición del azufre es que me deja con la boca seca. Vamos a tener que refrescarnos la garganta, ¿no? ¿Tú qué dices?
Fernando sonríe a su amigo, consciente de por dónde van los tiros. Así que se gira y lanza una voz a su esposa:
—¡Cariño, nosotros nos vamos a tomar algo!
Lucas observa cómo la mujer de Fernando asiente con amabilidad, muy risueña, admira y valora a su marido. Ya hubiese querido él una esposa así de permisiva. De todas maneras eso no apaga el humor del guardiacivil.
—Es que —se justifica Lucas— doña Jacinta dice que los adultos estamos dejando de ir al bar, hombre. Vamos a tener que ir no vaya a ser que haya otra erupción y otra maldición caiga sobre el pueblo.
—¡Ja, ja, ja! —se carcajea su amigo de manera exagerada—. ¡Eso, cariño! ¡Más vale que bebamos antes de que otro dios todopoderoso se enfade con nosotros.
—Mira, haced lo que os dé la gana —responde ella—. Mi marido siempre hace lo que le sale de los huevos gordos que tiene. Pero tú, Lucas, de servicio y todo que estás… Uniformado… ¡Anda, anda, qué vergüenza! Tú verás… Yo no te pienso controlar porque no soy ni tu madre ni tu esposa.
—Uuuuhhh, ni quieras que lo sea, amigo, ni quieras que lo sea —bromea Fernando.
—¡Mira que te quedas sin comer! Y no me hagas gritar, que me asfixio y me pongo a toser.
—¡La maldición, la maldición del azufre, las toxinas! ¡Ja, ja, ja!
—Estoy en mi último turno. En unas horas empiezan mis vacaciones —se excusa Lucas—. Además, si yo voy al bar así vestido es para hacerle un control a tu marido y ponerle el pipo a la salida.
Los amigos se van de cháchara calle arriba.
La cuesta es alta y empinada y Fernando nota sus kilos de más.
Tanto él como su encantadora esposa han engordado a kilo por año desde su boda hace dos décadas.
Su gran peso le hace resoplar con resuello y se ve obligado a realizar una pequeña parada en boxes antes de llegar a la cima.
—Cada vez estás peor y el alcohol engorda. Te vas a tener que pasar al lado de los de la cerveza sin alcohol.
—¡Cállate ya, Lucas, cabrón!
Siguen ascendiendo por las calles del pueblo hasta salir a la vía principal para después girar a la izquierda y entrar en el Paseo de los Alcaldes, que hace de plaza principal y otorga a Zufre el distintivo de Balcón de la Sierra por su barandal que asoma sobre el desnivel y muestra un paisaje abierto desde el que se contempla una enorme extensión de bosque verde: olmos, fresnos, alisos y chopos cortados por el río Rivera de Huelva, retenido en un embalse de casi mil hectáreas.
Este pueblo se encuentra al norte de la provincia de Huelva y en el extremo occidental de Sierra Morena, concretamente en la vertiente sur del Cerro La Solana, en la sierra del Zorrero, a unos quinientos metros de altitud.
Visto desde la carretera que conecta con el pueblo vecino: Santa Olalla del Cala; Zufre se ve como una perla blanca mostrada sobre un altar.