2
E n el interior del templo de la Purísima Concepción, originario del siglo XIV, camina despacio un hombre con ropaje de sacerdocio.
Viste el alba, una túnica blanca que cubre hasta los pies, y sobre esta lleva echada una casulla morada de mangas muy anchas que ocultan sus manos ensortijadas y entrelazadas bajo el pecho.
Pasa por delante de su más fiel monaguillo; alto y orondo, el único que le observa con la admiración que él reclama.
El sacerdote se mueve con mesura, disfrutando del ascenso al altar sobre el que se siente poderoso.
Mira a su público con altanería, por encima de unos cristales sin montura que necesita para leer, y traga saliva antes de inspirar con la misma fuerza con la que pretende lanzar un contundente discurso:
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…
—Amén —culmina el gordo monaguillo a su espalda. Su voz es acompañada por la de una treintena de feligreses.
Una vez persignado, el sacerdote Santiago Labrador continúa:
—La gracia y la paz de Cristo resucitado estén con vosotros.
—Y con su espíritu —vuelven a completar el monaguillo y los feligreses.
—Hermanos y hermanas, hoy es domingo de eucaristía y, como tal, los cristianos nos reunimos para celebrar la resurrección del Señor.
Y oramos por las necesidades y peticiones que, después de lo acontecido esta última semana, son muchas…
Muchas. —Santiago se toma lo que llama una pausa dramática.
Carraspea, traga saliva, se ajusta las gafas y sigue—: Nuestros hermanos y hermanas de La Palma rezan con fuerza.
Los escucho desde aquí. Y nosotros debemos rezar por ellos.
Por ellos y por nosotros mismos; porque, aunque estemos lejos de aquel infierno desatado en la tierra, nosotros también estamos en peligro.
Inspira profundamente antes de dar su golpe de gracia.
Cierra el puño y, para sorpresa de todos, lo estrella sobre el púlpito con un sonoro estruendo que despeja el sueño a los madrugadores y arrebata un tímido grito ahogado de un joven situado en primera fila, de nombre Daniel.
No pierde tiempo en prestar atención a la reacción de su público y continúa con el discurso a voz alzada:
—¡La ira de Dios se ha desatado! ¡Muchos buscan una señal; una advertencia…
! ¡Pues esta ha llegado! La señal ha llegado como gruesa columna de humo y como lava incandescente que arrasa todo a su paso.
Y no solo la amenaza está allí —advierte, buscando meter el miedo en el cuerpo de todos—, sino también aquí: ese maldito humo negro que sale del volcán, cargado de veneno…
Ya dicen los meteorólogos que alcanza nuestro pueblo.
Toda la Sierra de Huelva. ¡Toda Andalucía!
Un veneno que tiene el nombre de azufre.
Casi como si apuntase a nuestro querido pueblo llamado Zufre.
Tanta similitud hay… Tanto se parecen, que este veneno parece estar hecho para intoxicar a los zufreños.
¡Azufre: el mismo polvo que pisa Satanás!
¿¡Qué más queréis!? ¿¡Qué señal queréis!
? ¡Algo se está haciendo mal y es más que evidente!
¡Algo lleva haciéndose mal mucho tiempo y Dios ha dicho basta y nos lo advierte con la presencia del Diablo, de Satanás, de Belcebú, para atormentarnos y que recapacitemos!
El párroco se toma una pausa para recuperar la tranquilidad que conservaba antes de iniciar el discurso. El color rojo de sus mejillas desaparece rápido: es un actor experimentado. Luego se ajusta las gafas y mira a los ojos del pueblo antes de retomar su retahíla cargada de culpabilidad.
—¿Qué hemos hecho mal nosotros?, ovejas descarriadas del camino del Señor… Yo os lo diré. Solo tenéis que mirar a vuestro alrededor.
Todos permanecen mudos. Del público más cercano puede incluso apreciar sus bocas abiertas. Se han quedado pasmados. Y ante la parsimonia de todos, insiste:
—¡Adelante! Mirad con descaro a vuestro prójimo. Mirad a derecha e izquierda y pensad qué nos falta… ¿Qué falta en este lugar? ¿Qué no veis?
El interior de la iglesia de la Purísima Concepción de Zufre alberga aquel domingo a una considerable cantidad de personas que, aún anestesiadas por efecto de las palabras sumadas al golpe de puño, se miran unos a otros como pasmarotes.
Daniel Sosa mira la tez cetrina de su padre Rafael y luego ladea la cabeza hasta toparse con los pechos operados de Estela, su madre.
Lucas Vázquez, uniformado de guardiacivil, gira la barba a su izquierda para echar una mirada cómplice a su amigo Fernando Ortiz. Ambos se sonríen, divertidos con aquella terapia grupal religiosa.
Santa Carmen alza la barbilla para mirar el rostro inexpresivo de su marido, Jacobo; sin embargo, este no le devuelve la mirada, pues a sus sesenta años parece haber perdido más el alma que la memoria.
Así que ella regresa su vista al frente donde puede sentirse orgullosa de la labor que realiza su hijo Enrique, el gordo monaguillo.
—Cuando subo al altar —continúa el sacerdote—, intento seguir los consejos de las Sagradas Escrituras y doy buena importancia a las palabras de Tito cuando dice: A los jóvenes, exhórtalos a ser sensatos.
Con tus buenas obras, dales tú mismo ejemplo en todo.
Pero… ¡Oh, Señor, yo me pregunto! ¿¡A quién diantres voy a enseñar mis buenas obras!
? ¿¡Cómo se supone que voy enseñar la palabra de Dios, y a ser sensatos, a unos jóvenes que no aparecen por mi parroquia!
? ¿Que no veis que esta iglesia cada vez tiene menos seguidores jóvenes?
Mirad a vuestro alrededor y contadlos. No hay jóvenes en nuestro templo sagrado.
No vienen a misa y eso resulta muy triste —dice, agachando la cabeza.
Luego la alza junto a su mano abierta, mostrando anillos brillantes y también sus cinco largos dedos estirados—.
Yo solo he contado cinco hoy… Cinco jóvenes en un pueblo de ochocientos habitantes.
Daniel es uno de esos cinco señalados. Se alegra. Levanta la barbilla y, de forma inconsciente, hincha el pecho como una paloma. Tratará de convencer a su mejor amiga, Jésica, para que vaya el próximo día. Pero ¿y Cristian? Ese cada vez va menos. Algo debería hacer el paleto de su tío Óscar.
Óscar masca chicle completamente indiferente a lo que el párroco ha expresado. Le importa un bledo lo que su sobrino, Cristian, haga o deje de hacer. Para eso mismo escogió no tener hijos: para quitarse preocupaciones. ¿Qué culpa tiene él de lo que le pasó a su hermana?
Lucas, el guardiacivil, agacha la cabeza.
Su hija lleva tiempo sin ir. Ahora es budista, o eso dice ella.
Vuelve a mirar a su amigo Fernando y este mira al suelo del mismo modo en que él lo miraba hace un instante.
También la hija de este dice ser budista; claro, si las dos son tan inseparables como ellos.
Su amigo le mira de reojo y ambos vuelven a sonreír.
A pesar de haber cumplido los cuarenta, en el fondo siguen siendo dos críos con ganas de pasarlo bien.
Santa Carmen se santigua. El rebelde de Cristian tampoco ha venido hoy, pero ella no piensa discutir con su vecino Óscar.
Ya hace tiempo que decidió no enfrentarse más con ese bruto.
Bastante tiene ella con su familia disfuncional.
Su esposo ha comenzado a tener alzhéimer y su hijo monaguillo es diferente a los demás.
Enrique quizá no sea un chiquillo para el resto del pueblo, ya ha cumplido los treinta, pero para ella siempre será su bebé.
Un bebé tremendamente pesado del que siempre cuidará.
—Cada día son menos los jóvenes que asisten no solo a esta iglesia sino a cualquiera de las iglesias de nuestra comunidad, y mirad, en cambio, cómo se llenan las mezquitas.
Un estudio indica que para el 2050 los islamistas superarán en número a los cristianos.
¿Y esperáis que nuestro Padre no se enfade porque sus hijos menores no vengan a verle?
El volcán de La Palma ha entrado en erupción y no hay mayor señal que esa de lo mal que lo estamos haciendo y de que el infierno resurge del interior de la Tierra para tragarnos si no hacemos algo: si nosotros no persistimos en convencer a nuestros hijos de asistir a nuestra iglesia y acoger nuestra fe con devoción.
El volcán ha expulsado una enorme nube tóxica de azufre que se avecina sobre nuestras cabezas y nosotros debemos prepararnos porque viene cargada de una maldición.
Y si nadie hace nada, y si este pueblo, Zufre, no se mueve y lucha por sus hijos para que acudan a la misericordia de Dios, nuestro Señor, bajo el techo de esta parroquia, ya podéis iros preparando, porque de seguro esa nube tóxica caerá sobre nuestras cabezas y seremos envenenados por la maldición del azufre.