Azufre 1
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C alma. Completa y absoluta calma. Eso siente Irene: un estado de relajación completa, a pesar de la incomodidad física que le produce llevar el uniforme de campaña junto con botas pesadas y un chaleco relleno de placas balísticas que estrujan sus pechos.

La correa del fusil añade tensión a su trapecio, su piel está irritada y enrojecida, y su cuerpo suda por el calor en aquella zona del Atlántico, en costas canarias.

Lleva en pie tres horas bajo el sol de verano, plantada sobre la cubierta de un buque de guerra, pero su mente está lejos del malestar físico.

Observar el mar ayuda. Para qué negarlo.

​ En su instrucción militar aprendió a dominar la mente y evadirse.

Lejos quedaron aquellos tiempos. Irene es, ya, una veterana de la Infantería de Marina y miembro de un Equipo Operativo de Seguridad cuya misión consiste en dar protección a los buques de la Armada.

No tiene miedo de que una lancha motora terrorista cargada de explosivos se estrelle contra su barco.

Dicen que esas cosas pasan; sin embargo, ella solo lo ha visto en vídeos y en buques extranjeros, en aguas del Pacífico, muy lejos de su mundo. Eso nunca le pasará a ella.

​ ¡¡BUM!!

​ Una enorme explosión le perfora los tímpanos y por instinto agacha la cabeza y encoge su cuerpo.

Parece como si Dios hubiese descorchado una botella de tamaño ciclópeo sobre los cielos.

Irene permanece muda, paralizada, sin reacción alguna.

Tan solo mira a su compañero buscando una respuesta, pero este la mira a ella de la misma manera: atontado.

Ella piensa en gritar alarma.

Se asoma antes por la borda y no ve nada extraño: ningún cambio en el barco.

Busca humo y fuego y lo encuentra, solo que a siete kilómetros de allí, sobre tierra firme.

Entonces comprende cuál ha sido la botella escogida y descorchada, no por Dios sino por el diablo, para celebrar una fiesta en el infierno.

​ Es diecinueve de septiembre del dos mil veintiuno y el volcán de La Palma ha entrado en erupción.