Azufre 4
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L ucas lleva destinado en aquella perla diez años.

Se conoce a todo el pueblo y ha hecho muy buenos amigos.

Por eso ha dejado a un lado una rigurosa profesionalidad para adaptarse al entorno y sentirse flexible dentro de su uniforme verde, tomando cerveza con sus convecinos incluso estando de servicio.

Los dos amigos entran al bar para asentar sus traseros en dos butacas de la barra.

Piden dos botellines marca Cruzcampo y Lucas toma el suyo y se lo sirve en un vaso de tubo del que pega los morros para beberse la mitad del contenido de una tacada, antes incluso de que la espuma se atreva a dejarle un mostacho blanco.

Se sentía ansioso y ha pasado mucho calor uniformado dentro de la iglesia.

La cerveza tan fresca entra rápido en un día bochornoso.

​ —Afloja, Lucas, que acabamos de llegar. Y ya no está tu mujer para controlarte.

​ —Es que tengo que aprovechar que hoy es mi último día como sheriff del condado.

​ —¿Y eso?

​ —Que ya no seré yo quien mande. Viene un superior. Mañana llega un sargento nuevo al cuartel.

​ —Una cara nueva para el pueblo; eso está bien.

​ —Y se me acabó lo bueno…

​ —Se acabó las borracheras en horas de servicio, cabrón; eso está aún mejor —recalca Fernando apoyando una mano sobre el hombro de Lucas.

​ —A ver… Cuando le enseñe la zona, yo le voy a invitar a tomar una cervecita para tantearlo un poco. Ya si veo que se anima la cosa acabamos con unos cubatas.

​ —Te veo aquí en el bar con ese hombre hasta las tantas el primer día. Yo te hago cobertura. Tú acuérdate de los amigos de siempre e invita.

​ El local se va llenando de familias y también de moteros y ciclistas domingueros que suben al pueblo para disfrutar de las hermosas vistas del Balcón de la Sierra, parada obligatoria en su ruta por carretera.

El ambiente es muy distendido, con risas, charlas agradables y niños que corretean alrededor de los columpios que hay en el parque.

En un momento dado, Fernando se levanta para marcharse a comer a casa.

Prometió almorzar con su esposa y también promete regresar después de la siesta.

Lucas envía un mensaje de WhatsApp a su hija Belén que pone: como en el bar, por si te quieres venir.

Ella contesta: No, gracias. Me hice macarrones con tomate y soja texturizada.

Te he dejado un táper en el frigo.

Eso me lo ceno, responde el padre.

Por un segundo piensa en su exmujer… Pide otro botellín Cruzcampo con el que ahogar el resentimiento.

Sobre las cinco y media de la tarde, su amigo vuelve con la cara mustia y arrastrando los pies.

​ —¿Qué pasa? —pregunta Lucas nada más verle—. Parece que has visto un muerto.

​ —Nada, que la niña no quería comer carne. Siempre está igual, joder, me tiene harto. La madre cocina y ella le hace el feo.

​ —Hostias, pues mi hija Belén seguro que la imita. Siempre deciden hacer las mismas pamplinas.

​ —Bueno pues agárrate porque tampoco quería ir mañana al instituto. Dice que el sistema educativo en España está obsoleto. Que no aprende nada nuevo, que solo memorizan y que así nunca recordará nada importante. Total, una pelea gorda hemos tenido la madre y yo con ella otra vez. Está fatal.

​ —Pues el sueño no te lo ha quitado.

​ —Pero si yo duermo siestas muy cortas. Me pongo una monedita en la mano, como hacían los romanos, y, cuando se me cae, me despierto y me levanto renovado. La siesta no la perdono; a mi hija sí.

​ —Yo paso de mi hija. Si ella quiere ir por ahí con esos pantalones bombachos y predicando paz y amor, allá ella. Ya se estampará contra el muro de la realidad. Es mejor así, Fernando, que aprendan solas. Y quizá tenga razón con lo de la escuela… A mí todo me lo enseñó la mili.

​ —¿A beber también?

​ —¡Ja, ja, ja! También.

Brindan juntos y siguen bebiendo mientras echan unas partidas de cartas y alguno se atreve con el ajedrez, ese juego de intelectuales según el guardiacivil, que también se anima ante el reto, perdiendo enseguida.

Se empecina en ganar y no para hasta que, después de siete derrotas consecutivas, acorrala al rey blanco y le da mate con su reina negra.

​ — Aaaarooooo —balbucea, animado por la victoria y alargando sílabas por su estado de embriaguez—, yo he tenido que eshtudiar pa entrar de picoooleto , ¿tú, qué te crees?

​ Cuando son las ocho de la tarde y el sol está a punto de esconderse tras la sierra, Lucas envía unos mensajes de WhatsApp en secreto, encorvado y preocupado por quien pueda ver la pantalla de su móvil.

No quiere que sus convecinos vean a quién ni qué escribe.

Vi pal cuartel ya, te veo ayi , reza el mensaje que acaba de escribir de manera incorrecta.

​ —Me voy ya. Que fitetú el mosqueo que tiene que tener mi mujé .

​ —¡Pero qué dices, Lucas! ¡Si te divorciaste hace meses!

​ —Hostias, que alegría me acabas de dar.

​ —¡Ja, ja, ja! Eres de lo peor.

—¡No te vayas hombrreeee ! ¡Cuéntanos al menos algo de la guerrrraaaa ! —El entusiasta que grita doblando erres es el carnicero del pueblo, al que han invitado a cubatas para conspirar juntos y tratar de convencer a la hija de Fernando para que regrese a las proteínas animales.

​ —¡Eso, joder, ¿qué pasa?! ¡¿Qué pasa?! ¿El único tío aquí con dos cojones se nos va tan temprano? Háblanos de Irak, Lucas.

​ —Síííí… Alguno aquí ni siquiera conoce tu faceta militar. Lucas, compadre, quédate un rato más.

​ —No te vayas así, hombrre , hombrreee —reclama el carnicero antes de eructar—. Porr favorrr .

​ Lucas mira las caras de entusiasmo en aquel conglomerado de borrachos y no quiere defraudarles.

​ —¡ Veeenga , va! Voy a coooontaros una historia de esas fuuuertes … Algo que me pashó estando de misión. Pero me meo, no aguanto más. Así que voy a descargar y enseguida vuelvo —miente.

Se despide arropado entre vítores y también reprimendas de sus amigos y vecinos.

Ahoga sus penas en alcohol; sin embargo el mar está en calma y valora su serenidad.

Como guardiacivil tiene un destino poco activo.

Cosa que agradece a su edad y tras haber sido militar de primera línea durante muchos años.

En general, toda la serranía de Huelva es una zona tranquila.

Por desgracia, aquella quietud pasará pronto.

Como si las palabras del premonitorio discurso del padre Santiago surtiesen algún efecto cual maleficio, el ambiente se está transformando en espeso, pesado, inquieto.

Y es que las aguas de aquel mar en calma pronto van a ser golpeadas con saña por un siniestro cuyas ondas desatarán el caos en el pueblo de Zufre.