Ayúdame a salir 102 Alex #3
99%

102 Alex #3

—No sabía que llamarías ahora, ¿cómo estás? —pregunto estirándome en la cama bocabajo con los codos apoyados en el colchón.

—Ey —me responde animado con una sonrisa pegada a la cámara—. No tenía intención porque sé que a estas horas sueles echar la siesta, pero mira.

Pues menos mal que estaba despierta. Me mira con el ceño fruncido y ahoga un grito.

—¡Te has cortado el pelo!

Sonrío tímida, lo que termina en una risa. De repente, quiero esconder mi cara, por la vergüenza.

—Sí, esta mañana —respondo con las mejillas encendidas—. Quería sorprenderte, pero no me ha dado tiempo.

—Estás muy guapa, ¡te lo has cortado una pechá !

Vuelvo a reír ante su gracioso acento malagueño que siempre me da tanta ternura.

—Por cierto, hoy no me he echado la siesta —le reprocho con humor—; no me la echo siempre, ¿sabes?

Suelta una carcajada antes de hablar.

—¿Cómo eres tan mentirosa? —pregunta negando con la cabeza, incrédulo.

Yo me sonrojo. Sí, es mentira. Siempre suelo echarme la siesta. Acabo por rendirme.

—Bueno, hoy no, ¿vale?

Ríe echando la cabeza hacia atrás y vuelve a negar con la cabeza.

—¿Cómo estás tú? —me pregunta aún con una sonrisa.

Es complicado. Solo han pasado dos meses desde que mi madre murió y mi padre ya no está en mi vida. Aunque estemos pendientes del juicio, aún no sabemos la fecha.

—Bueno. Ya sabes que llevo un par de semanas algo duras, y esta mañana me ha tocado terapia, así que estoy un poco sensible —me sincero, con una risa nerviosa.

Hablamos cada día, pero no voy a estar siempre diciendo lo mal que me siento por mi duelo. Claro que me desahogo y lo hablo… Pero es algo con lo que él no puede hacer otra cosa que escucharme. Si solo hablamos de mis problemas, ¿qué sentido tiene?

—Date tiempo, amor. El duelo no es siempre igual. Aunque ya lo sabes, nunca estarás de la manera exacta que quieres estar —me dice mientras camina, con la cara pegada a la cámara, pero mirando por dónde va.

—Sí, lo sé —respondo cambiando de posición en la cama, bocarriba, con un suspiro.

No sé qué más decir.

—Bueno, anímate—me dice, de repente. Ha dejado de caminar. Ladeo la cabeza hacia un lado—. Mira dónde estoy.

Aleja la cámara y mi corazón da un vuelco dentro de mi pecho, que hace que casi se salga por mi boca. Me siento en la cama, no entendiendo nada.

—¿Ethan? —pregunto, como si no fuera posible que estuviera frente a mi casa.

—¿Me abres o qué? —Mi corazón late desenfrenado ante la idea de que de verdad esté aquí.

—No vas en serio. —logro articular.

Él se ríe, enfoca el timbre y pica. Suena en mi casa.

Mi casa.

«Es en serio, está aquí».

Cuelgo el teléfono sin decir nada y bajo las escaleras corriendo hasta llegar a la puerta, abriéndola, para encontrar ahí a Ethan.

Abro los ojos como platos y me pongo las manos en la boca, sin dar crédito a lo que veo, comenzando a llorar sin poder moverme del sitio, paralizada.

Él se ríe más ante mi reacción y me coge por la cintura en un abrazo, alzándome mientras yo rodeo su nuca con mis brazos.

Su olor amaderado y a canela me invade, haciendo que me sienta en casa.

Cuando me baja, acerca su boca a la mía culminando en un beso. Cómo le echaba de menos.

Me separo de él y, sin saber cómo, consigo hablar.

—¿Qué haces aquí? —pregunto secándome las lágrimas como puedo, aún con nuestros cuerpos juntos.

—Te echaba de menos —me responde con voz grave, con su frente en la mía.

—Yo también, no sabes cuánto.

Se separa un poco y sonríe, mirándome el pelo. Me pasa los dedos por mis pequeñas ondulaciones, que apenas me llegan por debajo de las orejas, y yo me sonrojo, sintiendo que mi temperatura corporal aumenta unos grados.

—Te queda precioso —me dice como un halago, lo que hace que me sonroje aún más, mirando hacia abajo.

Me pasa los dedos por el flequillo en forma de caricia y le miro, con una sonrisa tímida y brillo en los ojos.

—Gracias —respondo, azorada. El ríe y me da otro beso—. Tengo otra cosa que enseñarte.

Estaba nerviosa. Quería enseñárselo en persona, ya que por fin lo tenía conmigo. No puedo esperar más.

Me separo de él y le enseño mis muñecas. Me satisface ver su asombro; las agarra con suavidad infinita, para verlo mejor. En cada muñeca, y de cada cicatriz, emergían unas mariposas azules, con los bordes negros en una línea fina, como si estuvieran posadas sobre ellas.

Ethan niega con la cabeza, sin poder creer lo que está viendo. Yo río nerviosa.

—Alex, son… —Se queda mudo, sin poder hablar—. Son preciosas.

La admiración que veo en sus ojos hace que se me vuelvan a llenar los ojos de lágrimas.

—Las mariposas representar evolución, transformación…

—le explico, emocionada todavía. Él me mira, esperando a que continúe hablando—.

Incluso renovación, esperanza y optimismo.

Eso es lo que he aprendido todos estos meses y, aun con la muerte de mi madre, no quiero que desaparezca ese aprendizaje.

Todo lo contrario, quiero evolucionar todavía más como persona, y eso te lo debo a ti, Ethan.

Sin ti no hubiera hecho ni la mitad de las cosas que he logrado, gracias.