Ayúdame a salir 102 Alex #4
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102 Alex #4

Me veo envuelta de nuevo por su abrazo y río emocionada, al darme cuenta de que está llorando. Le paso la mano por la espalda de arriba a abajo, hasta que volvemos a separarnos. Limpio las lágrimas de sus mejillas con los pulgares, con una sonrisa.

—¡Pasa! —No me había dado cuenta de que aún estábamos en la calle.

Le cojo de la mano y lo guio al interior de la casa, aún con la emoción del momento, llevándolo hasta la cocina para preparar café.

Sonrío ante la idea de que, después de casi tres meses, puedo tomar un café con él otra vez; es una de las únicas cosas que quiero hacer ahora.

Saco dos tazas del armario superior y me giro hacia él, con una en cada mano, enseñándoselas.

—¿Café? —le pregunto, alzando las cejas.

—Claro, te ayudo.

—Ni se te ocurra. Tu siéntate.

Doy unos pasos para acercarme señalando la silla que hay detrás suyo. Él alza los brazos en señal de rendición y camina hacia atrás hasta sentarse. Yo asiento, complacida.

—No me has dicho aún qué haces aquí. Es que… es increíble.

Suspiro al sacar las cápsulas de café y me giro para mirarlo mientras voy encendiendo la cafetera. Me sonríe pícaro y mi corazón empieza a latir desbocado solo con ver en persona esa mirada. Me quedo sin palabras.

—No te lo esperabas, ¿eh? —me dice, orgulloso—. Esa era mi intención, lo he conseguido.

—No, para nada. Siendo veintiocho de agosto, me sorprende, porque en breves empezamos la uni —me explico, reflexionando sobre ese hecho.

Pone puños arriba, victorioso. Yo niego con la cabeza, todavía impactada por la sorpresa de tenerlo ahí, en mi cocina.

—Te he traído tu título de bachillerato, ya que venía he aprovechado.

Es cierto. No me quedé para la graduación y él hizo el favor de recoger el mío, dadas las circunstancias de ese momento.

—Gracias, te agradezco que lo hayas cogido por mí.

Me sonríe, cómplice.

—¿Hasta cuándo os quedáis? —pregunto, con el corazón encogido. Si solo tenía unos días, los quería aprovechar al máximo—. Podría enseñarte el barrio, aquí al lado hay un parque precioso, incluso la universidad…

Me callo cuando Ethan saca una hoja de su bolsillo trasero y me la ofrece, sin decir nada. Yo frunzo el ceño y ladeo la cabeza, confusa. Ethan sonríe ante mi reacción, y asiente, animándome a cogerla.

«Como si mordiera, por Dios».

La tomo y le miro a él, dubitativa.

—¿Puedo leerlo? —pregunto, haciéndome un poco pequeña.

No iba a leerlo sin su consentimiento.

—Por eso te la he dado —Se encoge de hombros, quitándole importancia, pero está nervioso.

Lo conozco lo suficiente como para saberlo.

Es un sobre, así que supongo que es una carta, ya abierta, por cierto.

Ethan espera, expectante. Saco la carta del interior y la desdoblo.

Mi cuerpo se tensa al ver el logo de la universidad de Madrid, donde él había enviado la solicitud, pero recibió un negativo, o eso tenía entendido.

Empiezo a leer y ahogo un grito, poniendo una mano en mi boca. Ethan sonríe de oreja a oreja, dejando de disimular. Le miro con los ojos como platos, sin creer lo que estoy leyendo.

Le habían aceptado en la tercera asignación. Alguien se habría rajado. No puedo creerlo.

—¡Te han aceptado! —chillo con la carta en las manos, casi arrugándola de la emoción.

—Sí. —Asiente y se pone de pie, riéndose.

—¡ te han aceptado !

Muevo las manos emocionada y doy saltitos hasta llegar hasta él, que suelta una carcajada. Nos abrazamos, meciéndonos de un lado a otro.

—No puedo creerlo, madre mía. Era la que querías, donde hay psicología, ¿verdad? —digo en el momento que por fin nos separamos y nos sentamos los dos, mirando la carta.

—Sí —afirma con la cabeza—. No tenía muchas esperanzas, pero se ve que han dejado una plaza y contactaron conmigo, porque aún estaba en la lista.

Me levanto mientras habla, recordando los cafés.

—Explícamelo todo —digo con un movimiento de mano, incitándole a hablar—. Te escucho. Te escucho atentamente, joder, qué bien... Estoy muy orgullosa, Ethan, en serio.

Me pongo la mano en el corazón, que rebosaba de alegría y amor por él a partes iguales. Ethan me sonríe, con esa luz en sus ojos que tanto le caracteriza. La cafetera suena y me sobresalta, haciéndome girar, pero solo era un aviso de que empezaba a echar café, así que cojo la leche de la nevera.

De repente, me doy cuenta de algo, y es que entonces…

«¿Se queda?». Me quedo paralizada un segundo con el brik aún en la mano y me giro hacia él.

—Pero entonces… —empiezo a decir, conectando ideas—. ¿Te quedas?

Me da miedo la respuesta, aunque sé que la pregunta es un tanto estúpida; obviamente no iba a venir cada día hasta aquí, pero quizá solo se quedaba entre semana y los findes volvía, no lo sé. Mi cabeza va a mil pensamientos por segundo en ese momento.

Él me mira con incomprensión y ladea la cabeza, aún con la sonrisa del momento.

Pero, cuando ve que no bromeo con la pregunta, se le borra la sonrisa.

Entonces sus ojos muestran comprensión y entendimiento.

Se acerca a mí, coge el brik de leche que casi se me cae de la mano y lo deja en la encimera, mirándome con sus ojos dorados llenos de promesas.

—Sí. Me quedo.