Ayúdame a salir 102 Alex #2
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102 Alex #2

Estoy agotada, emocional y físicamente. Ethan me deja espacio para respirar a veces, pero no se aleja mucho.

Está sentado en las butacas, un poco más allá, con Erika.

Van los dos del color más oscuro que su armario adolescente (como el mío) les permite.

Me mira de reojo; solo eso me basta para que, inconscientemente, le haga un gesto con la cabeza hacia fuera.

Él parece disculparse a Erika, que me mira también, dedicándome una sonrisa cómplice, la cual le devuelvo, sincera.

Me envía un beso con la mano y me hace sonreír un poco más, recordando lo que me dijo Ethan ayer: «No vas a estar sola».

Mientras Ethan viene hacia mí, le acaricio el brazo a mi tía, que tiene lágrimas en la cara.

—Voy un momento fuera, necesito aire. ¿Se lo dices al tío?

Ella se separa de mí y me sonríe, asintiendo.

—Claro, sal un ratito, te irá bien.

Mira a mi lado y sonríe a Ethan, que llega a hasta mí. Le miro de reojo y veo que sonríe también. Una vez fuera, respiro hondo apoyada en una de las barandillas de la entrada mientras me abraza por detrás.

—Necesitaba aire… —digo como si mis pulmones acabaran de salir del agua, deseando tomar esa bocanada de oxígeno que te llena de vida de nuevo.

—Nos quedamos aquí fuera el rato que haga falta, amor.

Pasamos un rato callados, yo apoyo mi cabeza en su hombro. No me doy cuenta de que me mece de forma lenta, como si fuera un baile, hasta que pasan unos minutos. Sonrío, mirando al horizonte, donde se ven las montañas. Pienso que es un buen lugar para...

—Llevo tu corazón conmigo, lo llevo en mi corazón. Siempre.

Es una despedida en voz alta. Para que me oiga y sepa que, aunque no esté, yo seguiré recordándole.

Ethan me estrecha con más fuerza y yo cierro los ojos, tomando esa fuerza que me presta.

Me giro y lo abrazo, volviendo a llorar.

Un rato después y con más calma, decidimos volver a entrar, seguir la rutina, seguir dando las gracias, seguir contestando.

A decir verdad, cuando entro ahí dentro, mi cuerpo está presente, pero yo no.

Apenas recuerdo lo que ocurrió en el funeral; cosas fugaces, pero todo muy generalizado. No sé si esto les pasará a más personas, pero yo lo viví así.

Al día siguiente, no fue peor, pero se me parte un poco el corazón cuando debo decirle a Ethan que me voy. Sí, me voy.

A Madrid, con mis tíos. Tengo conciencia de que viven allí con sus hijos, mis primos, que estaban aquí por el funeral.

Nos vamos todos juntos en unos días. Empezaré una nueva vida allí, con ellos.

Es una sensación agridulce que no se me va del cuerpo.

Quiero irme, allí está mi universidad y conoceré a nueva gente, nuevos sitios.

Ethan está aquí, pero sé que él quiere lo mejor para mí.

Empezaría de cero. Y eso era lo que necesito; los dos lo sabemos.

Nada va a cambiar entre nosotros, ambos podemos sobrevivir a una relación a distancia. Después de todo, como él decía, somos Ethan y Alex. Siempre. Y saldremos. Da igual que él siga viviendo en Barcelona y yo me vaya a Madrid. Eso no cambiará las cosas.

Despedirme de Erika fue muy difícil, ya que ha sido una persona muy importante en mi vida este año y que, a pesar de conocerla (como a Ethan) durante pocos meses, se ha ganado un buen sitio en mi corazón.

Le debo tanto… le prometí ir a verla en cuanto pudiéramos escaparnos un fin de semana libre o por vacaciones de Navidad, lo que fuera.

La verdad es que lloramos muchísimo, porque despedirse de una mejor amiga no es fácil.

Sentí que un pedacito de mi corazón se quedó aquí, con ella, pero me gusta esa sensación, porque significa que siempre estaremos la una para la otra, pase lo que pase. La amo con locura.

El día antes de mi partida, le pido a Noe y a Carlos si puedo quedarme en casa de Ethan a pasar la noche con él y su familia, ya que es la última que podemos estar juntos; quiero despedirme de esa familia que me ha cuidado tanto estos meses. Son como mi segunda familia, mis segundos padres.

Podría decir que fue una noche horrible, pero, para ser sincera, no fue así.

Nos la pasamos hablando, susurrando, acariciándonos, besándonos…

Besos que sabían a despedida, algunos lentos, otros juguetones, otros con sabor a lágrimas.

No dormimos nada, pero ya dormiría de camino, tendría tiempo hasta llegar a Madrid.

Nosotros no tendríamos más tiempo hasta… prefiero no pensar en ello.

Cuando suena la alarma, estoy en su regazo, medio dormida. Sin muchas palabras me levanto, puesto que no quiero despertar a Ethan de su pequeña siesta, cojo la ropa y voy al baño a vestirme. Mis tíos estarán aquí en media hora.

Son las 6 de la mañana, quieren llegar a Madrid al mediodía, así que decidimos irnos temprano para no pillar atascos en la carretera.

Cuando vuelvo a la habitación, me siento en el borde de la cama del lado de Ethan, contemplando unos gloriosos segundos su pelo, sus ojos cerrados, su rostro dormido con la boca un poco entreabierta.

Me hace sonreír. Cuánto le quiero.

Pensar eso solo hace que agrave más el dolor que siento al irme, así que intento controlarlo. Me voy, pero él seguirá aquí. Yo seguiré aquí. Eso es lo que importa.

Por fin, paso mis dedos por su corto flequillo despeinado y ondulado para llamar su atención. Coge aire y pestañea, algo desorientado, mirándome con el ceño fruncido.

—Buenos días —le saludo sin dejar de pasar mi mano por su pelo—. No quería despertarte.

Me acerca a él y me agarra por la cintura, escondiendo su cabeza en mi regazo. Yo me agacho y le doy un beso en la cabeza, al borde de las lágrimas otra vez.

—¿Ya te has vestido? —pregunta en voz baja con parsimonia, sin levantar aún la cabeza, dejándose llevar por mis caricias.

—Sí, quería dejarte dormir un poco más.

Suspira y se levanta, quedando sentado en la cama.

Se queda así unos segundos, luego me da un simple beso y sale de la cama.

Yo le observo, embobada, viendo cómo se viste, sin querer moverme del sitio.

Cuando acaba de vestirse, consigo darme fuerzas para levantarme gracias a que él me ofrece sus manos.

Salimos de su cuarto con pasos silenciosos y nos dirigimos a la cocina a por el primer café del día.

Media hora más tarde, mis tíos me avisan por mensaje de que ya están fuera esperando, así que empiezo a despedirme.

No sabía que sus padres me iban a despedir también esa mañana, pues ya me había despedido la noche anterior, lo que me hizo querer volver a llorar de emoción cuando volví a abrazar a Esther.

—Cuídate mucho, ¿vale, boquerón?

Me río ante el apodo y asiento, aún abrazada a ella.

—Muchísimas gracias por todo, de verdad. —No hay otra cosa que quiera decirles antes de irme—. Sois como mi segunda familia, espero que lo sepas.

Nos separamos un poco y ella sonríe. Le devuelvo la sonrisa, porque es contagiosa, maternal… A ella se le escapa una lágrima.

—Tú también, cariño, ya lo sabes. Siempre serás bienvenida aquí cuando quieras tomarte un descanso de la gran ciudad.

Me río ante el comentario mientras ella me da un empujoncito en el hombro y me separo para abrazar a Andrés.

—Ven a vernos cuando quieras, hija. —Sus palabras se me graban en el alma.

No hay más que pueda decir.

No tengo maletas, así que solo llevo el bolso con el cargador y poco más. Cuando me giro para dirigirme al coche, Ethan está esperándome, despidiéndose de mis tíos; mi corazón se encoge. Voy hacia allí y mis tíos se dirigen a los padres de Ethan para decirles adiós también.

Mis pies se mueven por memoria muscular, porque llega un momento en que no sé cómo he llegado frente a él. Le miro a los ojos y los míos me empiezan a escocer.

«Por Dios, ¿cuántas veces voy a llorar?».

No consigo sostenerle la mirada y miro a sus pies, pero rápidamente se sustituyen por el calor de su cuerpo, rodeando el mío con fuerza. Hundo mi cara entre su cuello y hombro, intentando hacer lo que prometimos anoche. No hacer un drama.

«No va a ser un drama, qué va».

Las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas. Nos quedamos así unos minutos, sin necesidad de palabras. Cuando nos alejamos un poco el uno del otro, paso mis manos por sus mejillas, también empapadas y él hace lo mismo.

—Llámame cada día, ¿vale? —Sonrío asintiendo porque solo le quedaba por decirme eso, de todo lo que ya nos dijimos esa noche.

—Claro —le aseguro, entre lágrimas.

Sin poder evitarlo, junto mis labios con los suyos y rodeo su cintura, abrazándolo de nuevo. Él enreda su mano en mi pelo y la otra la deja en mi mejilla.

—Te quiero —dice sobre mis labios, en un susurro que solo yo puedo oír.

—Te quiero —respondo.

Era una promesa.

Nos separamos y volvemos a despedirnos entre todos. Cuando Noemí y Carlos entran en el coche, Ethan me abre la puerta y entro yo también. Me acomodo en el asiento, me pongo el cinturón y miro hacia la ventana, donde él está fuera, sonriéndome, como si supiera que lo mejor está por llegar.

Sonrío también y abro la ventana, sacando la mano para que él la sujete. Hasta que arrancan y, cuando el coche empieza a moverse, nuestras manos se separan lentamente, solo para darnos cuenta de que la promesa de que estamos juntos en esto es real.

Ahora estaremos cada uno en un lugar. Mañana, ¿quién sabe?

Tenemos que vivir día a día como si fuera el último, prestar atención al presente, porque, a fin de cuentas, al no hacerlo, te lo pierdes todo.

Como mi madre solía decir:

«Hoy estamos, y mañana…».

Epilogo

Dos meses despues

Alex

Mi teléfono suena y me levanto los pantalones rápidamente, saliendo del baño como un pingüino desorientado. Llego, recién atándome el botón y la cremallera, a donde se encuentra y veo una videollamada entrante de Ethan. Mi sonrisa es instantánea y le doy al botón de aceptar.

—¡Ey! —respondo desde mi lado de la pantalla con un movimiento de mano.

Al ver que he respondido, Ethan sonríe, con sus ojos brillando.