Ayúdame a salir 102 Alex
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102 Alex

—Espero que entiendas por qué te estamos diciendo todo esto —me dice mi tía.

Tiene los brazos en jarras y está junto a mi tío, parados en medio del comedor. Estoy sentada en el sofá, sin decir nada, simplemente escuchando todo lo que se me viene encima.

—Lo entiendo, Noe, de verdad —digo finalmente.

Se sienta a mi lado y me pasa la mano por los hombros, suspirando.

—Estamos aquí para ti, cariño, pase lo que pase.

Lo dice de verdad. Han hecho demasiado viniendo aquí para cuidarme, porque me quieren.

—Sé que lo de mamá parece que no vayas a superarlo nunca, te voy a decir una cosa: Lo siento, pero es así.

La miro con lágrimas en los ojos y veo la misma mirada en la suya.

—Pero créeme cuando te digo que, aunque no lo hagas, aprenderás a vivir con ello día a día, paso a paso. Aprenderemos las dos, ¿vale?

La abrazo con todas mis fuerzas, porque, a pesar de todo, yo había perdido una madre, pero ella había perdido a una hermana. Nos permitimos llorar una en brazos de la otra, sin vergüenza ni remordimientos.

—Siento que tengas que pasar por esto también —digo entre pequeños sollozos, que se unificaban con los de ella—, también era tu hermana.

Nos separamos; ella seca mis lágrimas con los pulgares y yo pongo mis manos en las suyas.

—Por eso nos cuidaremos entre nosotras. Puede que no sea tu madre ni tu mi hermana, pero, eres mi sobrina y te quiero con todo lo que eso significa.

Alarga una mano hacia mi tío Carlos, que la agarra y se sienta a mi otro lado, haciendo que quedara rodeada de las dos únicas personas que me quedaban de mi lado materno.

—Y juntos, los tres, haremos que todo sea más tolerable, ¿vale?

Me doy la vuelta en el sofá y los abrazo a los dos. Los tres acabamos en un revoltijo de manos y abrazos, incluso entre risitas. Se separan un poco y mi tía me mira con falso disgusto.

—Pero estás castigada.

Yo me río y vuelvo a abrazarla. Ella acaba por sonreír también.

Lo dice en serio. Tengo una semana por delante sin poder salir, pero, a decir verdad, no me parece tan mal castigo después de todo.

Paso la semana en casa y, aunque echo mucho de menos a Ethan y a sus padres, estar con mis tíos a solas toda esa semana me viene…

¿Cómo diría Ethan? «De perita». Hablo cada día con él y con Erika, incluso los primeros días hacemos alguna videollamada. Solo salgo si mis tíos lo hacen.

También nos enteramos de que mi padre no saldría de la cárcel, ya que las pruebas que Ethan y yo presentamos eran bastante convincentes y el juez tenía que recibir las pruebas del laboratorio de Toxicología que nos dijo Marina. El peor día fue el cuarto.

¿O fue el quinto? No me acuerdo.

Nos llaman de la IML, para informar de que todo lo necesario ya está hecho, todo lo que necesitan enviar ya lo tienen pendiente de resultados. El juez había dado luz verde para recoger el cuerpo de mamá.

Un día después, el velatorio se celebraría junto con el entierro.

Doy gracias, porque creo que no soportaría un día más con esto.

En ese momento, se acaba mi «castigo». Les pido a Noe y Carlos si puedo ir a ver a Ethan en cuanto salimos de decidir todo lo que habrá en el funeral y aceptan sin problemas ni preguntas.

Saben que necesito espacio y me lo ofrecen, algo que aprecio mucho.

Me quieren dejar directamente en su casa, pero me niego; prefiero ir caminando con la brisa de la tarde para despejarme, por poco que fuera.

Todo lo de hoy me ha hecho volver esos cinco días atrás a ese día en el que no solo ya había perdido a mi madre, sino que también podría haber perdido a Ethan.

El solo hecho de pensarlo me da náuseas; me viene a la cabeza la imagen de él rodando por el suelo y cayendo al vacío.

Y así queda mi corazón, vacío como una cáscara en la que solo hay un líquido haciéndolo funcionar a él y a mi cuerpo, pero sin ningún tipo de objetivo ni meta a la que quiera llegar.

Llego a casa de Ethan diez minutos más tarde y toco a la puerta.

A los segundos, me abre su madre, que me da un abrazo cariñoso, suave, incluso protector, con el que no puedo evitar cerrar los ojos y curvar mis labios en una pequeña sonrisa.

Me informa que Andrés no está y me hace pasar. Segundos después, tengo a Ethan encima.

—Mañana es el entierro… —resume Ethan por mí, ya solos.

Mira al frente mientras nuestras manos juegan a entrelazarse. Estamos en su casa, sentados uno al lado del otro, juntando nuestras piernas para estar más cerca.

—En pocas palabras, lo has resumido de puta madre. No quiero —digo con los labios muy juntos, casi en un puchero—, no quiero ver a gente, solo quiero estar en casa con mis tíos o con vosotros.

Ethan me deja hablar mientras, con las manos ahora entrelazadas, hace círculos en el dorso de mi mano con el pulgar, lo cual hace que la energía de mi cuerpo cambie poco a poco y me relaje.

—¿Cómo se supone que debo hacer esto? ¿Cómo se supone que debo estar ahí? ¿Qué se supone que debo hacer cuando la gente venga y me dé el pésame, Ethan? No sé si podré soportarlo, no sé si podré estar ahí horas con todo eso encima.

Miro nuestras manos, con lágrimas que amenazan con escaparse, pero parpadeo para controlarlas, sin dejar de mirar cómo sigue haciendo círculos, de forma parsimoniosa.

—Bueno, es obvio que no va a ser fácil, Alex —habla bajito.

Yo le miro, para prestarle más atención y él me devuelve la mirada—.

Pero no vas a estar sola, tenlo presente.

Están tus tíos, más familia que seguro que van a verte, mis padres, Erika, yo.

Y si… en algún momento quieres escaparte, aunque sean diez minutos… solo tienes que hacerme una señal.

Le dedico una pequeña sonrisa y me recuesto sobre él, tragando saliva.

En ese momento, me doy cuenta de cuánto necesitaba este momento, este ratito, este cambio de energía.

Llevábamos cinco días sin vernos físicamente y, aunque las videollamadas ayudaban, siempre necesitaré ese pequeño contacto con él que hace que todo vuelva a la realidad y se haga más ameno.

Sé que en un tiempo no será necesario para que yo misma recupere esa cordura emocional cada vez que lo necesite, pero voy a tomarme mi tiempo.

Por supuesto, la terapia es para eso, tengo que hablar todavía con Noelia, porque aún no le comentado nada y mañana, de hecho, tengo hora con ella, pero me va a ser imposible ir.

Por otra parte, está el hecho de que, por unos minutos de mi vida, creí haber perdido a Ethan también.

Por ello, verlo aquí, a mi lado, rozando mis dedos con los suyos, me parece surrealista todavía.

Nunca hablamos de ello, la verdad es que no es porque no quiera, sino porque no le había visto en persona desde entonces. No se ha dado la oportunidad.

—¿En qué piensas, chiquitilla? —Hago un pequeño suspiro.

—Te vi caer —respondo simplemente.

No encuentro otras palabras para suavizarlo. Se mueve un poco y yo vuelvo la cabeza para dejarle el espacio para ello, mirando al frente.

—Me viste caer —repite como si esperara que lo dijera—. ¿Quieres que lo hablemos?

Me rasco el puente de la nariz para disimular las lágrimas.

—Es que, por un segundo, creí que te había perdido. —No puedo decir nada más sin que se me quiebre la voz—. Que mi otro pilar se había ido también.

Ethan alza mi rostro para que le mire; una lágrima rueda sin piedad por mi mejilla, haciéndome sentir algo avergonzada por la culpa.

—Hice lo que cualquier persona con dos dedos de frente haría: protegerte.

—Casi mueres por mi culpa.

Me aparto, sentándome en el borde de la cama, incapaz de mirarle. Le escucho moverse y cierro los ojos, porque sé lo que va a hacer.

Como me imaginaba, se acuclilla frente a mí para quedar a la misma altura, como siempre que quiere que de verdad le preste atención.

—Alex. —Su tono es de advertencia, pero me resisto a mirarle a los ojos todavía. No quiero llorar más—. Mírame, chiquitilla.

Algo en su manera de rozarme la mejilla me hace abrir los ojos por fin y clavarlos en los suyos, que tienen una intensidad dorada que hace que brillen por sí solos. Al abrirlos, cae una lágrima por cada lado de mi cara, que él limpia con sus pulgares.

—Volvería a hacerlo. Y no sería tu culpa, nunca lo sería. Tú hubieras hecho lo mismo.

Parece tomar aire para poder continuar, con la voz cargada de emoción.

—Yo te metí en aquello y yo iba a sacarte; no iba a permitir que nada te pasara, que te tocara siquiera. Si me hubiera pasado algo, me hubiera ido tranquilo sabiendo que tú estabas a salvo. Y seguiría sin ser culpa tuya, ¿lo entiendes?

Pongo mis manos en las suyas, aún a ambos lados de la cara, mientras mis lágrimas siguen saliendo sin control. Le beso aprovechando que está a mi altura.

Un beso que sabe a canela con un toque salado por la culpa, que se va disipando con cada roce de su lengua con la mía.

Sus manos van hacia mi nuca y se enredan en mi pelo suelto, erizando el bello de mi cuerpo.

Rodeo su espalda con mis brazos, abrazándole y acariciando parte de ella, haciendo que se le tense cada músculo.

Cuando su boca baja por mi cuello con besos húmedos, me rindo ante él.

Él se rinde ante mí.

Los dos días siguientes son una mierda. El día del entierro respondo con monosílabos o dando las gracias por el pésame.

Al principio, no quiero ni entrar dentro del tanatorio, pero tengo que hacerlo, por ella.

Era mi última oportunidad de despedirme de ella, por muy dolorosas que fueran las cosas y lo injusto que fuera.

—Alex, no sabes cuánto lo siento, cariño… —me está diciendo una mujer de mediana edad, rubia, toda trajeada de negro y con mirada y expresión compasiva.

Era de su trabajo, ¿verdad? Me suena haberla visto con ella algún día.

—Gracias. —No sé cuántas veces he dicho esa palabra.