Ayúdame a salir 101 Ethan
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101 Ethan

Siempre he pensado que morir por alguien que quieres es una de las cosas que no me importaría hacer. Si voy a morir defendiendo a Alex, será una muerte dulce, estoy seguro. La aceptaré de buena gana: al menos, ella vivirá.

Oigo a Alex chillar. Grita mi nombre. Exclama en un grito desgarrador que en mi vida he oído. Parece que en su garganta solo haya cristales deformando su dulce voz.

Ruedo una vez y, a la siguiente, estoy cayendo al vacío por lo que me parece una eternidad. Por la gracia de alguien, mi mano llega a cogerse por instinto a lo que parece una tubería.

Ahogo un grito de dolor cuando mi cuerpo choca contra la pared del edificio, pero guardo ese dolor en una caja y alzo la cabeza hacia arriba para agarrarme también con la otra mano. Oigo sirenas. Erika ha llamado justo cuando tenía que llamar. «Gracias».

Jadeo ante el esfuerzo que estoy haciendo por mantenerme en el sitio; las manos me empiezan a sudar y frunzo la boca en un intento por hacer más fuerza, sacando aire por la nariz.

Algo a mi derecha llama mi atención, abro los ojos, desorbitados: «¿qué?».

Raquel está a mi lado y me sonríe. Frunzo el ceño cuando ella mira hacia arriba, yo hago lo mismo.

Súbitamente, no tengo que hacer tanta fuerza, pues tiene sus manos posadas encima de las mías, como si me quisiera ayudar a sostenerme.

Y eso hace. Vuelvo a mirar a mi derecha, pero ya no está.

Con todo, sigo notado su presencia conmigo, sintiéndola a mi lado. Dándome fuerza, aunque no la tenga.

Vuelvo mi atención al filo, porque escucho a Alex chillar mi nombre otra vez y veo que se asoma. No sabría explicar su cara al verme ahí agarrado, intentando no caer.

Solloza y hace entre una sonrisa y una mueca de dolor.

—¡Ethan! —Extiende una mano hacia mí.

No dudo en extender la mano hacia ella y se la cojo con fuerza, deseando que no caiga conmigo.

Ella tira hacia arriba con una mueca de esfuerzo que hace que las venas del cuello se le hinchen y se ponga roja, pero no cede.

Noto que las manos me sudan, pero yo también hago lo imposible para no caer.

Solo pasan unos segundos que parecen una eternidad y alguien aparece a su lado, pero ella no se aparta.

El hombre se estira y me coge la mano que todavía tengo en la tubería, tirando de mí con Alex.

—¡Agárrate, chaval! —Pienso hacerlo, como una garrapata.

Entre los dos me alzan y consigo poner un pie en la tubería donde antes estaban mis manos, impulsándome hacia arriba.

Llego a la superficie y ruedo en tierra firme de nuevo. Me pongo de rodillas, intentando asimilar lo cerca que he estado de la muerte, pero no me da tiempo a relajarme porque unos brazos me rodean, estrechándome con fuerza sobrehumana.

«Alex».

—¡Dios mío, Ethan! —solloza en mis brazos, hipando.

Le abrazo con la misma fuerza si cabe, dándole el contacto físico que necesita. Tiembla como una hoja, su cuerpo se sacude y entierra su cara en mi cuello.

—Estoy bien, estoy aquí —consigo articular, con voz entrecortada. Noto que una lágrima se desliza por mi mejilla, incontrolable—. No voy a dejarte.

Ella llora aún más, por lo que nos permito un instante de respiro, inhalando su aroma a menta. Pero rápido acaba nuestro momento, porque el oficial nos habla.

—Tenemos que bajar, chicos, ¿podréis levantaros? —Me pone una mano en el hombro, haciendo que nos separemos un poco.

Yo asiento, agarrando a Alex de los brazos e incorporándonos.

Nos miramos por primera vez desde que la aparté de mí: su cara está empapada por las lágrimas y aún llora, intentando calmarse.

La rodeo de nuevo con mis brazos y ella se refugia en mi pecho, con las manos en la cara.

Nos hago caminar, porque el policía nos insta a ello y nos guía el camino, aunque ya lo conozcamos.

Dos horas más tarde, estamos en comisaría, yo esperando en la sala, Alex en la de interrogatorios.

Yo ya había declarado; querían asegurarse de que lo que decíamos coincidía, así pues, nos hicieron entrar por separado.

La estancia en la que estaba olía a papel y tinta, a la vez que a tensión y estrés.

No teníamos motivos para mentir, pero eso ellos no lo sabían, claro estaba.

Por otro lado, estaba esperando a que unos padres furiosos entraran por esa puerta principal de comisaría que miraba de reojo cada diez segundos, para que no me sobresaltase cuando llegaran y me echaran la bronca del siglo.

«Pero ha merecido la pena, ¿no?». Intento convencerme a mí mismo.

La respuesta obvia: sí. Obviamente se lo explicaría todo, sin dejar detalle. Ya tenían suficiente con lo que les he hecho preocuparse, aceptaría cualquier castigo que me pusieran; por mucho que mereciera la pena, un poquito creo que me lo merecía…

Noemí y Carlos ya estaban aquí; ya lo estaban cuando salí de la sala.

No sé qué es lo que habrán hablado, pero supongo que le dieron la charla.

Cuando Alex entró, no esperaba menos del interrogatorio por parte de ellos, no sin antes preguntarme si estaba bien.

Les conté todo lo que pasó y, por supuesto, no omití nada.

Después de una media hora de intercambiar opiniones, palabras y suspiros que significaban alivio, pero nervios a flor de piel, Alex salió de la sala, a la vez que mis padres entraron por la puerta.

Al principio, los miré como un partido de tenis, sin saber qué hacer, hasta que Alex me miró y nos entendimos sin necesidad de palabras.

Voy hacia mis padres y ella con sus tíos.

Estamos en casa de Alex, los seis sentados en la mesa, todos con miradas críticas. Nos toca agachar las orejas y aceptar lo que se nos viene.

—Os dais cuenta de todo lo que ha podido pasar, ¿verdad? —dice mi madre, minutos después de un silencio sepulcral e incómodo—. Ethan, ¡podrías haber muerto! Dios mío, es que cada vez que lo pienso… ¿Para qué estamos nosotros? ¿Creías que os negaríamos la ayuda?

Suspira exasperada, pasándose una mano por sus cabellos oscuros rizados.

—Lo que tu madre quiere decir, Ethan, es que entendemos por qué habéis hecho lo que habéis hecho, de verdad, pero tendríais que haber dejado esto a los adultos. —La justifica mi padre, aunque por mi parte no hacía falta, tiene razón—. Por mucho que tengáis casi dieciocho años.

—Lo siento. —Es lo único que hace de mi garganta. Alex habla después.

—Yo también. Deberíamos haber contado todo desde el principio.

Asiento, de acuerdo con ella.

—Creo que, cuando pasó lo que pasó en el IML, solo queríamos que no saliera impune, nos pudo el impulso —intento justificar.

Sé que no es excusa, pero bien merecen una explicación.

—La idea fue mía, así que, si a alguien hay que echarle un rapapolvo, es a mí, ella no tuvo nada que ver —añado, con tono seguro, poniéndole una mano en el muslo a Alex por debajo de la mesa. Ella no se merece ni mucho menos un castigo, cuando yo fui quien la llevó a hacer todo eso.

—No es cuestión de quién tenga la culpa, sino de que entendáis las consecuencias —dice Noemí, que habla por primera vez—.

Y que entendáis, sobre todo tú, Ethan, que los padres estamos para ayudar a nuestros hijos en todo lo que podamos.

Siempre. Sea la situación que sea. Y que hay que confiar en ellos, si no te dan motivos para no hacerlo.

Solo puedo quedarme callado, Alex tampoco abre la boca. Simplemente tienen razón y no podemos contradecirles. Tampoco voy a nombrar el hecho de que no me arrepiento de nada, aunque sea verdad.

Después de esas palabras, los adultos deciden que es hora de irse a casa, así que, ya más relajado, me meto en la ducha.

Mis padres casi no me dirigen la palabra, no les culpo; toca tener paciencia como ellos la han tenido con nosotros, conmigo.

Salgo de la ducha y voy a la cocina, donde está mi madre haciendo la cena.

Me quedo en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, mirándola.

Parece darse cuenta de mi presencia; se gira después de dar unos golpecitos con la paleta de madera y me mira. También se cruza de brazos.

—Lo siento —digo de nuevo. Espero su respuesta, pero no llega—.

Debí confiar en vosotros y pediros ayuda.

Por vuestra parte, siempre lo habéis hecho, yo la he pifiado; entiendo que ya no confiéis en mí.

Ganaré de nuevo vuestra confianza y, sea lo que sea que hayáis decidido como castigo, me lo merezco y lo aceptaré.

Siempre he sido sincero y hoy no iba a ser menos. Las cosas son como son, eso no se puede remediar.

Mi madre descruza los brazos y suspira, negando con la cabeza.

Voy a dar un paso hacia atrás para dejarle el espacio que necesita, pero ella acorta la distancia que hay entre nosotros y me abraza con fuerza.

Se me inundan los ojos de lágrimas, porque solo ha habido una vez que me haya abrazado así en mis casi dieciocho años.

Sentir de nuevo ese agarre, ese abrazo materno protector que me dio hace tanto tiempo, fue como si todas mis defensas llegaran a cero.

Me permito llorar como aquella vez.

—Confío en ti, Ethan, siempre —me susurra llorando, emocionada—. Esto no ha hecho que no lo haga, pero prométeme que, si algo pasa, si crees que necesitas ayuda, me lo dirás.

Asiento enérgicamente, aún abrazado a ella.

—No sé qué habría hecho si te hubiera pasado algo…

La entendía… La abrazo más fuerte, pues sé que eso es lo único que puedo hacer.