Ayúdame a salir 99 Ethan
94%

99 Ethan

—Te explicaré lo que vamos a hacer, Alex —dice Ana con determinación, incluso decidida, cuando volvemos del baño y nos sentamos, ya más tranquilos.

Yo aún estoy en shock por todo lo que acaba de pasar.

Que Alex conociera a Ana no me lo esperaba, y menos que fuera ella la que le ayudó ocho años atrás.

Es increíble cómo dos mundos que se cruzan hace años vuelvan a hacerlo en un momento como este; sin duda, no es algo que se vea todos los días. El mundo es un puto pañuelo.

Lo que más me preocupa ahora, bueno, a mí y a todos, es exactamente eso, qué vamos a hacer ahora que tenemos esta nueva información y cómo vamos a pillar a ese cabrón.

—Antes de nada, ya he enviado muestras del hematoma al Instituto Nacional de Toxicología, aquí en Barcelona.

Podrán determinar entonces varias cosas, como si es reciente, algún objeto implicado o, incluso, si pudiera tratarse de una agresión —resalta, antes de continuar—, así que, en cuanto tengamos los resultados, ellos mismos te llamarán y te informarán de todo lo que hayan averiguado y, poco a poco, llegaremos al fondo de todo esto.

Tenían que pillar a ese tío.

—¿Hasta entonces solo podemos esperar? —pregunto con algo de desesperación en el tono de mi voz—. ¿No podemos hacer nada más?

—Sé que es difícil, entiendo vuestra situación y que esto os haya tomado por sorpresa.

Estabais esperando el informe y deseando que todo acabara y pasar página.

No sabéis cuánto lo siento. Pero esto es importante —recuerda con tono serio—.

Haré todo lo posible para agilizar las cosas y estaré aquí para lo que necesitéis.

Mientras tanto, solo podemos esperar. Y también os recomiendo no hablar de esto todavía con gente que no sea de vuestro círculo más íntimo y quien confiéis.

La vuelta en coche fue larga, pesada y llena de silencio, aunque brotaban por el aire pensamientos inaudibles por parte de todos.

No sé qué hacer. Mi cabeza va a mil por hora, mil pensamientos distintos, mil maneras distintas de intentar que esto se solucione cuanto antes mejor, pero todo era en vano, nada salía en claro.

Hubo un momento en que creía que iba a salir humo, de tanto darle vueltas al asunto.

Estaba claro que había que delatarle de alguna manera, pero ¿cómo?

A no ser que él mismo se entregara o confesara…

Una confesión…

Llegamos a casa y Alex me invita a comer por las molestias que me ha llevado acompañarlos (que no era ninguna, y ella lo sabía) y yo acepté.

Quería estar con Alex todo el tiempo que pudiera, acompañándola.

Una vez habíamos comido, nos metimos en la habitación para tener un poco de privacidad con un café en mano.

Encendimos la televisión del cuarto, aunque no para ver nada en concreto, sino más bien para distraernos un poco de los pensamientos intrusivos de cada uno que, aunque no dijéramos nada, ahí estaban.

Cuando pasó un rato, ya no pude aguantar más lo que me rondaba la cabeza.

—Tenemos que hacerle confesar —replico, girándome a ella, serio. Ella me mira con incredulidad e incomprensión, confundida.

—¿Qué quieres decir con eso? —Le pongo una mano en el hombro para calmar un poco el ambiente que yo mismo había creado sin querer.

—Quiero decir que, si no hay manera con lo que Ana ha enviado, ¿qué haremos? Ese tío no va a decir nada, ni mucho menos va a entregarse si ha conseguido que la muerte de tu madre fuese un suicidio.

Sé que parecía muy duro, pero era lo que pensaba, y no había otra manera de decirlo. Los ojos de Alex brillan de forma extraña y sé que está a punto de llorar. Le cojo la mano, comprensivo.

—Sé que ahora mismo lo que menos quieres es que esto se alargue más, que solo quieres descansar, y te juro que quiero eso tanto como tú —le prometo—, pero también sé que no descansarás, no del todo, hasta que esto se resuelva. Hasta que pillemos a tu padre.

Lo último me sale casi en un susurro entrecortado y le sostengo la mirada, ahora vidriosa. A ella le cae una lágrima que se seca con el dorso de la mano libre.

Alex se queda callada, asimilando mis palabras. Ambos sabíamos que no iba a descansar hasta que esto no acabara, fuese como fuese. Por fin, despega los labios para hablar.

—Pero, realmente, ¿qué podemos hacer? —pregunta, aprensiva, moviéndose para estar frente a mí del todo—. No podemos hacer nada, Ethan, solo podemos esperar a que nos digan algo de toxicología

Su mirada se vuelve una súplica.

—¿Y si no hace falta esperar? —suelto—. ¿Y si conseguimos algo nosotros antes?

Alex me mira con total incomprensión, girando un poco la cabeza con el ceño fruncido. Procedo a explicarme mejor.

—¿Y si conseguimos una confesión? —Le miro con decisión y ella parece entenderlo, abriendo los ojos como platos.

—¡Quieres que lo obliguemos a confesar! —casi grita y, cuando se da cuenta, mira hacia la puerta un momento y baja la voz, volviendo a centrarse en mi mirada—. ¿Estás loco? ¿Sabes lo que podría hacer? Si es verdad lo que ha hecho, ¿cómo crees que reaccionará si intentamos hacerle confesar?

Habla a toda prisa, casi atropellada, como si realmente pensara que estuviera loco. Y quizá lo estoy.

—TÚ, le harás confesar.

—Ethan, en serio. —Chasquea los dedos mientras habla—. Vuelve a la realidad, por favor.

—La realidad es que no queremos que ese imbécil se salga con la suya y, si no hacemos nada, es lo que puede acabar pasando, Alex —le contesto, serio.

Ella se calla, incrédula. Sabe que tengo razón. Unos instantes después, suspira y reanudamos la conversación.

—¿Qué es lo que has pensado? —Le miro a los ojos y veo determinación en ellos, a la vez que miedo y duda. Sonrío, dulce, dándole un apretón de mano antes de empezar a hablar.

Al día siguiente, nos vemos en mi casa. Tengo a Erika al teléfono cuando Alex entra en el cuarto.

—… mía Ethan, en los líos que me metes… —está diciendo Erika.

No puede hacer otra cosa que sonreír ante su tono histérico, habla por mí cuando se acerca por detrás y me abraza.

—Eso se lo he dicho yo, tranquila.

Alex me mira y me giro sin alejarla de mí, agarrándola de la cintura con mi mano libre. Gesticulo con los labios un «hola» y uno mi boca con la suya, en un beso. La voz de Erika nos interrumpe, como si supiera lo que estamos haciendo.

—Venga ya, tortolitos, que esto es serio, ¿os estáis dando cuenta del lío en el que os podéis meter?

—Sí —decimos al unísono.

No puedo evitar una risa indiscreta, lo que enfada más a Erika.

—Oye, de verdad, os quiero mucho, pero ¿no sería mejor planear todo esto si lo de las pruebas esas no sale bien? —Ahora su voz es angustia, cambiando el tono a uno más comprensivo.

—Entiendo que estés preocupada —musito, en un suspiro—. De verdad que, si no estás conforme con ayudarnos, no pasa nada, ni mucho menos te lo tendríamos en cuenta.

—No, quiero ayudaros, en serio. Solo… —se interrumpe—. Quiero que tengáis mucho cuidado…

Entiendo su ansiedad. Lo que estamos a punto de llevar a cabo es de locos, eso está claro.

—Lo tendremos, de verdad —digo para tranquilizarla—. Lo que menos queremos es meternos en un lío ahora, Erika.

—Está bien —suspira, resignada—. Llamadme si necesitáis cualquier cosa más. —Y cuelga.

Dejo el teléfono en un lado y centro mi atención en Alex. Seguro que Erika tenía la misma cara cuando ha colgado.

—Ey —llamo su atención y me mira—, todo va a salir bien, lo prometo.

Me regala una sonrisa y me separo de ella para coger la grabadora comprada esa mañana. Ella se queda perpleja.

—¿Has comprado hasta una grabadora? —pregunta sorprendida mientras la coge y la observa—. ¿De verdad va a ser necesaria?

Parece que la bilis le sube por la garganta de lo tensa que se ha puesto de golpe.

Se la quito de las manos y, habiéndola dejado en el escritorio, la siento en la cama y me pongo a su altura

—Alex, no voy a obligarte a hacer nada que no quieras, de verdad.

No quiero que haga esto porque yo he tenido la idea y se vea obligada. No me lo perdonaría. No sería mejor que él.

—No, no, es que… —empieza, tartamudeando—. ¿Con el móvil no será suficiente? Quiero pillarlo tanto o más que tú, te lo aseguro, estoy contigo en esto, te lo prometo.

Sus ojos no mienten. Quiere hacerlo, pero es obvio que tiene miedo, está claro. Yo también lo tendría, en su lugar.

Sus manos le sudan y yo hago círculos en el dorso para tranquilizarla.

—Estoy contigo, Alex, no te voy a dejar sola en ningún momento, te lo prometo. —Era una promesa tan cierta que hasta dolía hacerla, le aprieto fuerte las manos para que capte la verdad de mis palabras—. Estaré para ti en todo momento. Sea cual sea el resultado. No dejaré que te pase nada.

Asiente mirándome a los ojos, sin cortar contacto visual y yo hago lo mismo, juntando nuestras frentes.

—Sé que no dejarás que me pase nada —comenta como si le hubiera molestado que le dijera eso—, pase lo que pase. Algún día seré yo la que lo haga, te lo prometo.

Niego con la cabeza, enérgicamente.

—Prefiero ser quien ayude, antes que ser ayudado. Siempre.

—Eso no es justo; no para ti.

—Pero es suficiente. —Le limpio una lágrima que le cae por la mejilla—. Si te sirve de consuelo, siempre he sido así, bueno…

Dudo un momento antes de continuar.

—Creo que contigo me he abierto más de lo que crees, Alex. —Me sonríe y no puedo hacer más que beber de ella, ya que hacía tiempo que no me regalaba ninguna—. Bueno, ¿te explico cómo funciona esto?

Trato de animar la situación, separándome de ella y enseñándole de vuelta la grabadora. Ella asiente con atención, tragando saliva. Se la presto y voy señalando los botones mientras hablo.

—Esto es el play , como puedes ver. Todo lo que tienes que hacer es, cuando estés lista, darle clic al play y ya estará grabando —le explico.

Carraspeo y continúo—. Este es el stop .

Cuando todo acabe y, ojalá consigamos lo que queremos, le das y parará de grabar.

Asegúrate de no darle antes de tiempo, por si acaso.

Alex asiente, nerviosa, volviendo a tragar saliva.

—Joder, tengo la boca seca. —Niega con la cabeza y resopla por la nariz. Vuelvo mi atención a sus manos y le retiro la grabadora, haciendo que se centre en mí.

—Ey, vamos a relajarnos, ¿vale?

Cojo aire por la nariz y lo echo por la boca. Alex automáticamente hace lo mismo, sin necesidad de que se lo diga, como hacemos siempre desde que se lo enseñó la terapeuta. Respiramos unas cuantas veces más, cerrando los ojos. Unos minutos más tarde, ella vuelve a hablar.

—¿Y qué le digo? Es decir… ¿Qué narices haré cuando lo tenga delante? Nada más de pensarlo me dan náuseas. —En este momento me siento la peor persona que puede haber en el mundo; se me revuelve el estómago.

—Alex, no tienes por qué hacerlo, lo sabes, ¿verdad?

Tiene que ser sincera. Por favor. Parece notar mi intensa inquietud y deja la grabadora en la cama, agarrando mis manos.

—Ethan, ¿sabes lo que más me gusta de ti?

—Niego con la cabeza y espero a que continúe, expectante—.

Que eres positivo. Siempre. No podemos estar haciendo esto y no serlo.

Eres la única persona ahora mismo que hace que mi cabeza esté centrada, en el presente, anclada a la Tierra.

Sé perfectamente que eres el primero que no quiere hacer esto solo por no ponerme en peligro; no creas que no me he dado cuenta.

No sé qué decir, así que opto simplemente por quedarme callado, cogiendo aire.

—Solo dime que esto va a salir bien. Siempre me lo dices; esto no puede ser menos. Por favor. —me suplica.

No puedo prometer algo como eso cuando no sé ni por asomo lo que puede pasar si él llega a aceptar verla. Pero me lo pide ella, su mirada, su cuerpo tembloroso junto a sus manos unidas a las mías.

—Pase lo que pase, todo saldrá bien. —Es lo único que puedo decir, sin sentir que puedo fallarle.

—Sé que no haces promesas vacías, que no haces promesas que no puedes cumplir o que está fuera de tu control que se cumplan. Pues te voy a dejar tranquilo diciéndote esto —anuncia, solemne—: si me pasa algo, no va a ser culpa tuya.

Voy a replicarle, pero ella me pone un dedo en mis labios callándome y negando con la cabeza.

—Ni se te ocurra.

Trago saliva y finalmente acepto sus palabras, dejando sacar el aire que parezco haber contenido desde esta mañana. Ella hace lo mismo y deja mi boca libre, también con un suspiro.

—Entonces… —retoma donde lo dejamos hace unos minutos—. ¿Qué le digo? Es decir… le digo: «Oye, sé lo que has hecho, reconócelo y todo será más fácil».

Hace movimientos con las manos, dramática. Me da tanta ternura que casi me río, pero consigo solo curvar mis labios. Cuando vuelvo a ponerme serio, hablo.

—Alex, lo que tu sientas —le respondo poniéndole una mano en su corazón.

Ella se queda callada, mirándome, pensativa.