98 Alex
La médica forense también estará presente.
De hecho, ha sido ella la que ha pedido que en vez de a la comisaría, vaya al IML.
Llegamos allí cuarenta minutos más tarde y yo soy un total torbellino ahora mismo.
Mi cabeza no para de dar vueltas a todo, de pensar con una voz en mi cabeza que ni controlo, me hace escuchar mil y una explicaciones que, si soy racional y realista, no tienen puto sentido.
Tengo el estómago cerrado, casi con náuseas, cuando entramos por la puerta principal de un edificio cuadrado, muy grande, con muchas ventanas.
Todas ellas parecen estar rodeadas por el edificio, como si estuvieran detrás de la propia construcción.
Dentro, nos dirigimos a un mostrador donde una chica bien peinada, maquillada y vestida.
Nos mira directamente con una sonrisa que invita a que hablemos.
—Buenos días, ¿qué puedo hacer por vosotros? —Tenía una voz dulce, incluso parecía acariciarte.
Mi tía habla por mí.
—Hola, venimos porque han citado a mi sobrina.
Bueno, no nos han dicho una hora en concreto, pero la han llamado esta mañana y…
bueno, le han dicho que tenía que venir aquí para hablar con ella sobre el informe de la autopsia de mi hermana, su madre —habla atropelladamente, nerviosa; está descolocada, parece no saber ni por dónde empezar.
Yo agradezco muchísimo el esfuerzo que está haciendo por mí ahora mismo.
Siento que tendría que ser yo quien hablara, quien hiciera todo, y aquí están los dos, ayudándome.
Me siento impotente por no saber cómo actuar, cómo llevar esto, cómo quitar de mis pensamientos lo que ha pasado.
Lo que más me jode es que mi tía tampoco puede quitárselo de la cabeza, pero ella lo hace.
Y, aunque le cueste, lo hace de una manera envidiable.
La chica del mostrador nos pide datos, DNI, certificado de defunción de mamá y, por un momento, el sonido del teclado de la recepcionista es lo único que se escucha, sumidos en un silencio incómodo, tenso.
Solo quiero que esto termine ya. Tener a mi madre días en la UCI, esperando lo peor, que se fuera…
Ya me ha quitado parte de mí, de mi corazón; ahora no sé a qué más cosas tengo que enfrentarme.
Me siento perdida, siento que nada de esto tiene ningún sentido; esto es una pesadilla desde la tarde que volvimos a casa por el sonido de una puta ambulancia que parecía no querer terminar nunca.
A los minutos, nos conduce a una salita de espera con unas sillas (simples pero elegantes) apoyadas contra la pared, hasta que me llaman por mi nombre y nos sentamos a esperar.
Seguimos callados, mi tía tiene mi mano cogida, entrelazando sus dedos con los míos, y es lo único que miro ahora, para no perder la cabeza.
Ethan está a mi lado, parece tener un tic en la pierna, moviéndola todo el rato y, aun así, tiene una mano en la zona baja de mi espalda.
Pasan los minutos, hasta que por fin alguien abre la puerta de uno de los despachos, nos levantamos y, al mirarla de frente, frunzo el ceño girando un poco la cabeza a un lado.
La conozco. A esta chica la conozco. Ella parece también conocerme a mí, por su mirada compungida, comprensiva y empática.
—Hola, Alex. —Y con su voz, la recuerdo.
La recuerdo hablándome con voz dulce, cariñosa, cercana, empática, incluso maternal. Me quedo paralizada.
Y, de golpe, me veo con nueve años.
Me veo pequeña, indefensa, confusa.
Me veo delante de esta mujer, pero más joven. Esta chica, era… era la misma que hace ocho años entró en el box de urgencias donde yo estaba, y me hizo, sabiéndolo con el tiempo, el examen forense por agresión sexual. Ella era esa chica.
Había cambiado bastante, pero aún llevaba su pelo rubio por los hombros, liso, con los mechones de cada lado del flequillo recogido atrás.
Lleva una bata blanca abierta y una camisa azul claro, como el cielo, con una falda gris plata adornando sus piernas hasta las rodillas y unos zapatos blancos de tacón corto.
Hago un esfuerzo increíble por volver a la realidad y volver a ser la Alex de ahora.
Todos me están mirando con cautela, ya que están confusos por mi reacción al verla.
Gracias a ella hubo pruebas contra mi padre.
Gracias a ella todo fue más ameno. Me acuerdo de su sonrisa que se me contagiaba; nunca la volví a ver. Había pasado tanto tiempo…
Sonrío con los ojos llenos de lágrimas y doy unos pasos hasta llegar donde está ella, rodeándola con los brazos. Ella me corresponde con un suspiro resignado.
—Ojalá no nos tuviéramos que haber visto de nuevo en estas circunstancias… —Su mano va arriba y abajo en mi espalda, cariñosa.
Asiento en su pecho, emocionada. Las lágrimas me caen sin que pueda contenerlas.
Nos separamos un poco y ella me mira, con su sonrisa empática, secándolas con los pulgares, uno a cada lado de la cara.
Caigo en la cuenta de que todos están confusos, callados a la espera de una explicación.
Me separo un poco más, dirigiendo mi cuerpo hacia Ethan y mis tíos.
—Nos conocimos cuando tenía apenas nueve años —explico aún secándome las lágrimas de la cara—. Ella fue quien me ayudó… bueno, quien me examinó cuando pasó lo de mi padre.
Y, entonces, lo entienden; todos se relajan y sus rostros pasan de la confusión a la comprensión.
—Se llama Ana —la presento como puedo, a pesar de las emociones que inundan la sala en ese momento.
Se presentan con estrechamientos de mano y agradecimientos por el pasado. Después de eso, Ana se pone seria de nuevo e intuyo que quiere seguir hablando.
—Tengo que hablar contigo, Alex. —Señala con el brazo extendido la puerta que tiene detrás, abierta—. Los demás también pueden entrar, si quieres.
Miro a los demás un segundo, dubitativa.
Cuando vuelvo a mirar a Ana, asiento con seguridad.
No quiero entrar sola. Sea lo que sea, quiero afrontarlo con todos ellos: mi familia.
Noto que alguien me coge de la mano y, al instante, sin mirar, sé que es Ethan; reconocería esas manos suaves y protectoras en cualquier sitio.
Ana se sienta al otro lado de la mesa blanca de su despacho, decorado con paredes gris plata y muebles elegantes de un color parecido.
—Te he traído aquí —carraspea antes de continuar—, a todos, porque realizando la autopsia me he encontrado con algo que no me ha cuadrado con lo que se supone que debería ser la causa de la muerte de tu madre.
Me habla con seguridad, directamente mirándome a los ojos, sin duda alguna, y sé que no miente; hace que me ponga los pelos de punta y me estremezco.
—¿Qué quieres decir? —Solo quiero que vaya al grano, como está haciendo hasta ahora. La veo coger aire, como si supiera que lo que iba a decir va a dolerme.
El problema era que ya nada podía dolerme. No más de lo que me duele ya.
—He encontrado una marca, un hematoma en la parte izquierda de su cuerpo, en las costillas —dice abriendo una carpeta que tiene en frente suyo para empezar a explicarme—, y no coincide con las lesiones por precipitación suicida.
Mi cuerpo tiembla; de nuevo, me voy a mis nueve años. La veo a ella haciéndome preguntas, pruebas, fotos... Vuelvo a estar en el presente, aunque mis oídos pitan por unos minutos, mi respiración se acelera e intento hablar lo más calmada posible, pero ella se me adelanta.
—Te voy a mostrar una foto, Alex, necesito que seas sincera en todo momento, ¿vale? Lo necesito. —Asiento sin poder decir nada más y me pone otra foto delante.
Es el brazo de alguien. No, es mi brazo. Mi corazón cada vez late más fuerte y lo noto en mi pecho como un tambor a punto de estallar, de romperse; cada vez me cuesta más respirar. Noto cómo mi estómago se revuelve, empezando a entender cosas.
Esto no puede estar pasando. No.
—¿Te suena esta foto?
Mi garganta, cerrada, hace un sonido extraño, asintiendo.
Noto cómo hago que sí con la cabeza, de manera casi automática.
Ana también asiente, conforme y, aún con la foto delante de mí, señala con el dedo el moratón pequeño que hay en la parte superior del miembro que sale en ella, por debajo del hombro
—¿Sabes de quién es este brazo?
—Es mío —respondo en un susurro ahogado.
Vuelve a asentir, poniéndome una mano en la mía, que de forma mecánica se posa en la foto.
—Entiendo cómo debes de sentirte ahora mismo, incluso que estés confundida.
No quiero ni mucho menos recordarte todo por lo que tuviste que pasar, pero necesito hacer esto, para conseguir pruebas de lo que quiero demostrar, ¿lo entiendes?
Y no demostrar quién ha sido, sino el hecho de que no ha sido un suicidio; que tu madre no hizo eso.
—La miro fijamente a los ojos; solo veo determinación en ellos y en sus palabras.
Trago saliva sonoramente y ella continúa hablando—.
Te pondré otra foto, esta vez, de la que he encontrado en el cuerpo de Raquel.
Toma otra foto y me la pone en frente.
El mundo parece desvanecerse, caerse. Mi cabeza vuelve a ser caos.
Pero no me muevo, no reacciono, no puedo.
Me he quedado paralizada en el sitio. Ethan parece darse cuenta, porque pone una mano en mi muslo y creo que dice algo; le veo de reojo, pero no le escucho.
Solo estoy viendo la foto, pareciendo ser el centro de mi vida ahora mismo.
Las marcas o hematomas eran realmente parecidos.
La misma anchura, casi misma longitud, incluso diría misma presión.
Lo peor de todo es que veo una mano. El moratón sigue la silueta de una mano, como si alguien la hubiera puesto ahí. Como si alguien hubiera apretado ahí. Como a mí. Mis tíos también parecen acercarse, sin dar crédito a lo que ven.
Mi cabeza empieza a atar cabos y noto cómo la bilis me sube por la garganta, pero impido que salga. No puedo, aquí no.
—Todo esto, Alex, lo hemos enviado como pruebas a la policía, para que empiecen una investigación, para saber exactamente qué ha podido pasar. —Pero en ella, en su mirada, había disculpa, tristeza, incluso comprensión.
—No hace falta investigar para saber quién coño ha sido. —Me levanto a toda prisa, porque siento que no puedo más. Siento que voy a explotar.
Otra vez.
Salgo del despacho; tengo que encontrar un baño.
—¡Alex!
La voz de Ethan me llega desde atrás, lo oigo correr para alcanzarme, yo no puedo más; caigo de rodillas y vomito. Vomito todo lo que mi estómago puede echar y devolver, que no es mucho, hasta que siento que solo es bilis la que sale y empieza a quemarme la garganta con su sabor amargo.
Empiezo a llorar. Ethan llega hasta mí y se agacha conmigo, con un jadeo.
—Está bien, tranquila. —Me frota la espalda para transmitirme calma. Yo sigo llorando—. Vamos a buscar un baño.
Me levanta del suelo por los codos y me dejo llevar, porque las lágrimas no me dejan ver y tengo los ojos entrecerrados. Me doy cuenta de que entramos en un sitio y la puerta se cierra. Oigo agua.
—Ven, lávate, te ayudo.
Abro por fin los ojos y me lavo la cara, la boca, una, dos, tres veces, como si aquello pudiera llevarse también todas mis emociones, pero no funciona. Tengo que enfrentarme a ellas.
Ethan espera paciente y, cuando me digno a girarme hacia él, ofreciéndome papel de manos, solo puedo sollozar.
Se lo arranco de las suyas con rabia, me seco las manos, lo que puedo de la cara y la boca y lo tiro a la basura que había debajo de la pica.
Me llevo las manos a la cabeza, todavía mojadas, y doy una vuelta a mí misma, enrabiada, frustrada.
—¡JODER! —chillo inclinándome un poco hacia delante como si eso pudiera echar mi chillido todavía más lejos.
Ethan me coge las manos, controlándolas por mí y haciendo que le mire. Pero no me impide nada, sigo moviendo el cuerpo hacia delante y hacia atrás, sin dejar de llorar.
—Tranquila, suéltalo, te escucho, estoy aquí. —Su voz es tan entrecortada como la mía, apenas un susurro preocupado.
Intento respirar profundo. Dejar salir toda esa rabia que tengo. Me refugio en los brazos de Ethan, sin poder hacer nada más.
—Lo ha conseguido, Ethan —sollozo. Su mano se posa en mi cabeza, enterrada entre su cuello y su hombro, invadiéndome el olor a canela de siempre—, mi padre quería separarnos y lo ha conseguido.
Me abraza con más fuerza y le oigo sorberse la nariz.
—Solucionaremos esto, Alex, te lo prometo —sentencia.
Lo noto tan seguro que, aunque su voz no tenga esa fuerza, me lo creo; le miro, aún con lágrimas cayéndome por mis mejillas.
—Haremos todo lo posible para que la verdad se sepa —me promete.