97 Ethan
Ver a Alex reencontrarse con sus tíos fue desgarrador y emotivo a partes iguales.
Yo les doy el espacio que necesitan. Les dejo llorar, hablar, consolarse, abrazarse, incluso reírse diciendo lo mucho que habían cambiado; van con ropa medianamente cómoda, ya que venían desde Madrid, según me dijo Alex.
Ella con unos vaqueros algo anchos y una camisa también algo holgada de color oscuro, cabello de media melena oscuro, casi negro; él con unos pantalones tejanos y un polo azul, cabello corto, rubio oscuro.
Temo moverme y estropear el momento; incluso pienso en irme y no molestarlos, pero, en ese momento, con los ojos llenos de lágrimas, Alex se gira hacia mí y sé que quiere presentarme.
Alzo un poco la cabeza, sorprendido, mientras entrelaza su brazo con el mío.
—Lo siento, Ethan, os presentaré —dice dándome un apretón con el brazo, emocionada—. Son mis tíos, Noemí y Carlos.
Se separa un poco, ya que Noemí se acerca a darme dos besos y su tío me proporciona un apretón de mano.
—Encantado de conoceros —digo con una sonrisa sincera—. Ojalá no en estas circunstancias; Alex me ha hablado mucho de vosotros.
El apretón de mano se acaba y me da una palmada en el hombro, asintiendo y frunciendo los labios, claramente emocionado.
—Igualmente, Ethan, de verdad —asegura Noemí, con un suspiro cansado.
Tiene ojeras visibles y está claro que ninguno de los dos ha dormido esa noche.
Sin pensármelo mucho, le doy un pequeño apretón en el brazo, en señal de apoyo.
—Lo siento mucho. —Lo único que se me ocurre decir, e incluso las palabras me salen algo atropelladas.
A ellos tampoco les salen las palabras, simplemente agradecen con la mirada, sin necesidad de ellas.
Alex propone subir y hacer café, para así estar más tranquilos.
Una vez arriba, le ayudo en la cocina a prepararlos, con un silencio cómodo que llena la casa, aunque, a la vez, algo nos oprime el corazón.
Es extraño (sobre todo para Alex) que ya no venga Raquel a echarnos de la cocina para hacer ella los cafés con sus habituales empujoncitos que nos daba.
Volvemos al comedor con las bebidas listas y nos sentamos con Noemí y Carlos en la mesa.
Hablan de cómo les ha ido el tiempo en que no se han visto, del proceso que ha atravesado Alex, de cómo está evolucionando, aunque ahora mismo no fuese fácil para nadie.
Alex había aprendido muchísimo. Incluso si la situación era una mierda y volvía a necesitar mucha ayuda.
No había dejado de ir a su terapeuta, Noelia, por lo que la evolución era más que notable y visible.
Yo mismo me emociono por el cambio que he visto en ella y, en ese momento, solo puedo entrelazar mis dedos con los suyos, por lo orgulloso que estoy de ella.
Se nos pasa el tiempo bastante rápido hablando y, de repente, suena el timbre. Me sorprendo, pero Alex parece saber quién es, porque no se extraña ni duda en ir a la puerta a abrir. Cuando la abre, no le da tiempo a nada; unos brazos morenos la rodean por completo.
—¡Alex! —resopla Erika, quien jadea con los ojos humedecidos—. ¡No sabes cuánto lo siento!
Ella le devuelve el abrazo, emocionada. Yo me relajo visiblemente y sonrío con afecto, apoyándome en el marco de la puerta y cruzando los brazos.
—Gracias por venir, aunque no hacía falta —murmura todavía abrazada a ella.
Erika se separa, pero no la suelta de las manos.
Se notaba que casi había venido a la carrera. Tiene su pelo rizado alborotado, va vestida con unos vaqueros tejanos simples y una camiseta de tirantes casi del mismo color.
—No tienes ni que decirlo —responde con decisión.
Alex asiente y vuelve a abrazarla.
Al separarse, Erika viene hacia mí y me abraza también sin decir palabra, porque no hace falta, nos lo decimos todo con ese abrazo.
Agradezco profundamente que haya venido. Tengo la cabeza en otro sitio; reconozco que apenas hemos hablado. Aun así, ha esperado con paciencia y comprensión a que seamos nosotros los que le contemos lo sucedido.
Una hora más tarde, continuamos poniéndonos al día. Me aliviaba ver que para Alex aquello sea una distracción; hablar con sus tíos y con Erika, incluso echarse unas risas por alguna que otra broma de nuestra amiga.
Y así, pasan las horas, llenas de amor, incertidumbre e incomprensión, haciéndonos preguntas imposibles de responder, con la culpabilidad que Alex no quiere admitir sentir, después de que yo le pidiera que no se obsesionara.
Es una gilipollez que llegue a pensar que tiene algo de culpa, pero la entiendo más de lo que pensaba.
Al día siguiente, aparte de todo lo que nos ronda la cabeza, aún no nos han dicho nada de la autopsia; es extraño que, pasados dos días, no tengamos noticias.
Por otro lado, los tíos de Alex nos dicen que se encargarán de todo lo que conlleva el entierro una vez nos avisen para recoger el cuerpo de la funeraria.
Gracias a ello, ella está algo más tranquila, aunque pendiente de todo, ayudando en lo que pueda, al igual que yo.
Mis padres han conocido a Carlos y Noemí esta mañana, tomando un café en una cafetería cercana entre nuestras casas. Se han llevado de maravilla, aunque ya me imaginaba que sería así; se veía que eran unas personas muy buenas, agradables y honestas.
Alex, por su parte, parece un poco más presente, aunque anoche durmió entre lágrimas, rodeada de mi abrazo, sin una palabra, porque tampoco las había.
El martes por la mañana, después de desayunar, salimos a la terraza de Alex, ya que hace buen día aún por la mañana.
Nos sentamos en la mesa a tomarnos el café.
Las conversaciones no son muchas, pero las justas para cortas nuestros silencios cómodos.
Yo no quería agobiarla; prefería que fuese ella quien se explayara hablando, si era lo que le apetecía, y seguir el ritmo que ella marcara. Alex parece agradecerlo.
Tomando el café, empieza a sonar su teléfono.
Ambos fruncimos en ceño, nerviosos. Podría ser Erika, sin problemas.
Pero sé que no, porque Alex arruga aún más su entrecejo.
Me enderezo en la silla, esperando que conteste.
Podría ser ya el informe de la autopsia, también.
Descuelga el teléfono y pulsa el altavoz.
—¿Diga? —responde, vacilante.
—¿Alex Villaescusa? —Una voz masculina grave nos contesta; por el tono, da la sensación de ser alguien importante, así que no le da mucha opción a no hablar.
—Sí, soy yo. —Espera a que continúe hablando cuando confirma su identidad, dejando el IPhone entre ella y yo.
—Le llamo de la policía judicial, para hablarle sobre el informe de la autopsia de su madre, Raquel.
—Si yo me he quedado bloqueado, no me imagino ella; eso me hace girar la cabeza para mirarla y, efectivamente, la veo pálida, sin saber qué contestar; menos mal que el hombre sigue hablando—.
Hay incongruencias en el informe preliminar y necesitamos su presencia en comisaría, para explicarle en más detalle lo que hemos visto.
El corazón me late desbocado. ¿Incongruencias? Viendo la cara de Alex, está tan confusa como yo.
—No… no entiendo nada —balbucea—, ¿no dijeron que fue un… suicidio?
La palabra se le atraganta y yo le pongo una mano en la más cercana.
—Por eso en estos casos se realiza la autopsia, para confirmar dicha acción. La medica forense nos envió el informe preliminar y, como le he comentado, me gustaría que viniera al Instituto de Medicina Legal, lo antes posible,
—¿La médica también estará presente? —pregunta—. Me gustaría hablar con ella también, si es quien lo ha escrito.
A mí también me gustaría saber de ella en persona.