Ayúdame a salir 95 Ethan
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95 Ethan

Lleva bastante rato dentro, hablando. Me siento raro. Siento una necesidad irracional de querer estar con Alex.

Estoy sentado, pero no paro de moverme.

La pierna derecha creo que ya tiene el tic por defecto.

Mis manos van de mi cabeza a mis piernas, de mis piernas a mi cara, sin saber qué hacer.

Me echo para atrás el pelo con la mano con un suspiro, impaciente por saber algo.

¿Le envío un mensaje? No, mejor no. Si está hablando no voy a interrumpirlos, aunque seguro que, si lo tuviera en sonido, tampoco podría contestarme.

Justo cuando me levanto, como si tuviera que haberlo hecho antes, se abre la puerta de la UCI.

Me paro y me quedo ahí, esperando que sea ella.

Por un momento hubiera deseado que no. La enfermera de siempre parece buscar a alguien y yo ladeo la cabeza, confuso.

Cuando me ve, parece dejar de buscar y abre un poco la boca, haciéndome una señal para hacerme ir, pero no me dedica la misma sonrisa de siempre.

Mi corazón late muy fuerte y acelerado. Voy a paso rápido.

—¿Qué pasa? —Solo puedo preguntar, mi corazón da un vuelco cuando me devuelve la mirada, afligida. No puede ser. No me lo creo. No todavía—. ¿Se ha ido?

Igual no es eso. Puede que a Alex le haya dado un ataque de ansiedad. Anoche mismo casi le da uno.

—Pasa, Alex quiere verte —anuncia como respuesta.

Yo no pierdo el tiempo y entro dentro, casi corriendo. Antes de pasar, oigo gente hablar.

Y sollozos.

—...para lo que necesites —estaba diciendo alguien.

Un hombre. Parecía el doctor. Me acerco más hasta cruzar la puerta y cuando me ve, se aparta un poco, pero sin dejar de mirar a Alex, que está sentada en una silla fuera de la habitación, con los brazos en el vientre y encogida.

—Lo siento mucho. —Joder, no. No puede ser.

Se gira para dirigirme una última mirada y luego se va, dejándonos con la enfermera en el otro lado. Me arrodillo frente a ella.

—Ey. —Mi voz suena como un susurro roto.

—Se ha ido. —Sus sollozos me rompen el alma.

—Oh, amor... —Rodeo su cuerpo con mis brazos.

Tiene las manos en la cara, con lo que queda rodeada por ellos. Pongo mi mentón en su cabeza.

—Se ha ido —repite entre mis brazos, desolada.

Raquel ha muerto. No puedo evitar que mi corazón se parta en mil pedazos por Alex.

Era la única familia que le quedaba. La única persona que podía entenderla, que la entendía realmente.

La única persona que ha estado ahí toda su vida.

La única persona que la protegía, que la quería como era.

No puedo imaginarme cómo debe de sentirse.

Cómo me sentiría yo si perdiera a mi madre.

Un par de lágrimas recorren mis mejillas y después dos más. Y, sin poder contenerme, lloro con ella. Lloro por su pérdida. Era una persona maravillosa, fuerte, guapa por dentro y por fuera, honesta y humilde. La quería mucho. Era como una segunda madre para mí.

—Lo siento mucho. —Tengo un nudo en la garganta que casi no me deja hablar.

La aprieto con más fuerza contra mí . Ella sigue llorando, sus hombros se sacuden violentamente y yo no puedo hacer nada .

¿Por qué nunca puedo hacer nada? Es la sensación que tengo ahora, que nunca puedo hacer nada.

Siento impotencia, rabia, tristeza, todo en una y me aprisionan el pecho, como si todas esas emociones estuvieran en una jaula.

—Os dejaremos un rato. —Oigo que nos dice la enfermera detrás nuestro, con timidez. Yo la miro y asiento, acariciándole la espalda a Alex.

Es increíble. No me puedo creer que estemos en la habitación, en silencio, Alex en la silla al lado de su madre y yo en la otra, donde siempre me pongo, pero en una situación completamente distinta.

Es como si diera la sensación de que todo esto fuese una broma y alguien, de un momento a otro, entrara y dijera que todo era mentira y su madre despertaría .

Ya no tenía nada, ni tubos, ni cables, ni vías en el cuerpo, nada, solo ella tapada hasta el cuello con una sábana de hospital .

Me levanto con un suspiro de resignación, paseando un poco por la habitación y acabo donde está Alex.

Me pongo detrás suyo y pongo las manos en sus hombros, para que al menos sienta mi presencia.

Que las conversaciones no son necesarias, que nada de lo que puedo decir solucionará nada.

Simplemente demostrándole que estaré ahí para lo que necesite.

Parece suspirar y la noto cerrar los ojos un segundo, apoyando la cabeza en mi cuerpo.

Escuchamos unos golpecitos tímidos en la puerta, que hacen que los dos nos giremos.

—Si no os importa, tendríamos que acabar de arreglarla para que puedan llevársela —nos dice la enfermera, esta vez es la del pelo largo recogido con una coleta de caballo bien repeinada.

Nos quedamos unos segundos sin saber qué hacer, incluida ella, y noto que Alex asiente.

—¿Podemos acabar de despedirnos? —Se me eriza la piel al escuchar esa pregunta.

—Claro, por supuesto, os dejaré unos minutos más —contesta en todo de disculpa y sale por la puerta.

Nos quedamos en la misma posición durante lo que parece una eternidad, como si ninguno de los dos quisiera decir nada, hacer nada, como esperando a que alguien nos dijera qué teníamos que hacer.

—¿Quieres despedirte? —me pregunta algo tensa.

La miro y en sus ojos veo una súplica. Está claro que aún no está preparada para despedirse, y por supuesto no voy a obligarla a hacerlo primero, como tampoco voy a decirle que se despida, si no quiere.

Me separo de ella y me dirijo hacia la cama. Se la veía tan distinta… parecía simplemente dormir y, por un segundo, me da la sensación de que se va a despertar en cualquier momento.

Suspiro y niego con la cabeza. Me paso la mano derecha por esta, algo abatido. No sé cómo hacer esto.

Cuando mi abuelo murió era muy pequeño para saber exactamente qué estaba pasando.

Sabía que algo no estaba bien, pero no tenía la edad suficiente como para entender lo que pasaba, aunque mi madre me explicó lo que significaba todo aquello.

Con el tiempo, entendí lo que quería decir y empecé a echarle de menos.

—Gracias por tratarme como si fuera alguien de la familia desde el principio —empiezo a decir, sabiendo que eso sería lo primero que diría—, como un hijo para ti…

Mi voz tiembla mientras hablo.

Siento que, a pesar de todo, esto que estoy haciendo no es natural, normal, lógico. Oigo que Alex casi mantiene la respiración, como si respirar fuera a destrozar el momento . Con el corazón apretado, le cojo la mano más cercana y me sorbo la nariz.

—Gracias por dejarme conocer a tu hija y poder formar parte de su vida y, sobre todo, de dejarme ayudarla.

No podía expresar otra cosa que no fuera la gratitud que tenía de haberla conocido a ella y Alex.

Siento que me ha dado la oportunidad de salvar a alguien.

—No va a estar sola, te lo prometo. —Promesa que no voy a romper.

Pasase lo que pasase, siempre iba a estar con ella. Ahora que había pasado esto, no sé qué querrá hacer Alex sobre la universidad. Tampoco es momento de pensar en eso, pero pase lo que pase, aunque yo esté aquí y ella en Madrid, nos tendremos el uno al otro.

Me separo un poco y exhalo el aire que contengo sin darme cuenta.

Suelto su mano y me giro hacia Alex, pero no digo nada.

Tiene los ojos llorosos, brillantes; me miran con gratitud.

Camino hacia ella y le doy un beso en la frente, cogiéndola de las manos .

Nos quedamos un momento así, hasta que ella coge aire y luego lo suelta, cerrando los ojos.

Espero pacientemente a que sus fuerzas vuelvan, hasta que hace ademán de levantarse y yo le ayudo.

Me aparto un poco para dejarle espacio junto a su madre.

Pone las manos en la cama y parece estar dubitativa entre cogerle la mano o no, hasta que finalmente lo hace.

—No sé cómo hacer esto… —admite con angustia contenida—. No sé cómo decirte adiós, es algo imposible para mí. No puedo…

Sus lágrimas vuelven a brotar, agachando la cabeza entre sus brazos, que están encima de la cama .

Me pongo detrás de ella y apoyo mis manos en sus hombros, infundiéndole ánimos y coraje para seguir hablando.

Necesita hacer esto; no tendrá más oportunidades de despedirse de ella de esta manera, no así, con ella al lado, pudiendo cogerle la mano, pudiendo expresarse de manera directa, mirándola y sintiendo aún su presencia.

Además, es algo de lo que tenía mucho miedo, no quería que ella se fuera sin estar presente; le daba pánico.

Por suerte o por desgracia, el destino le ha hecho estar.

Le ha hecho no tener ese cargo de conciencia, aunque no debería tenerlo si hubiera pasado.

Pensar en más cosas de las que debe sería mucho peor, dada la situación. No se lo merece.

—No sé cómo voy a seguir sin ti, mamá. Sin tus consejos, tus charlas, sin tus broncas por dejar la taza del café fuera del fregadero o el plato sin limpiar…

—Se ríe entre lágrimas, levantando la cabeza de nuevo, como si estuviera recordando algo—.

O cuando me dejo la ropa en el baño después de ducharme.

Por muchas veces que me lo dijeras nunca he conseguido hacerlo bien…

Sonrío con ternura ante el recuerdo mencionado y sigue hablando.

—No asimilaré jamás que ya no estás aquí. Nunca. No sabes lo difícil que va a ser vivir sin que estés a mi lado. —Se limpia las lágrimas con una mano que decide dejar libre de la de su madre y toma aire para continuar—. Pero no quiero volver a rendirme. No lo haré.

La abrazo por detrás de forma instintiva. Nunca nadie sabrá lo que le está costando decir estas palabras.

—No voy a rendirme porque es lo que no querrías que hiciera.

Querrías que fuese feliz. Me da la sensación de que lo que he aprendido todo este tiempo ha sido para prepararme sin darme cuenta de esto, aunque no sea así.

No sé cuánto durará este sentimiento que tengo ahora mismo, pero te prometo que seguiré adelante.