94 Alex
Entro y me dicen que espere en la habitación mientras avisan al doctor de mi presencia. Vuelvo a estar con mi madre que, la verdad sea dicha, es el único sitio donde quiero estar, pase lo que pase.
Pasan unos minutos muy largos llenos de pitidos, respiraciones mecánicas y enfermeras que vienen y van, comprobando su estado, cambian botellas que tiene unidas a la vía del cuello, supongo que medicación y, mientras voy a volver a sentarme a su lado, dan tres golpecitos en la puerta.
Me levanto tan rápido como mis piernas me dejan y me giro torpemente hacia la puerta, donde encuentro a un hombre alto, de cuerpo corpulento, con poco pelo algo blanquecino por las canas.
Tendría unos cincuenta o sesenta años y llevaba ropa de calle, unos pantalones azul oscuros y una camisa abotonada del mismo color y, encima, una bata blanca de mangas largas.
Olía a hospital, desinfectante y tabaco.
Empiezo a temblar.
Empiezo a ver borroso.
Los oídos empiezan a zumbarme.
Respiro hondo, cerrando los ojos e intento centrarme en la realidad que tengo delante, sin tener alternativa ninguna.
Segundos después, el zumbido se vuelve menos abrumador y empiezo a recuperar la visión. Me doy cuenta de que el hombre que hay en la puerta me ha hablado, pero no lo he escuchado.
—¿Perdón? —me disculpo con una mueca.
—Tranquila, no pasa nada —me responde con un movimiento de mano restándole importancia—. Le estaba diciendo que soy el Doctor Hernández.
Se presenta ofreciéndome la mano derecha. Se la estrecho, ansiosa porque vaya al grano. Prefería que la tirita se me arrancara de una vez que ir lentamente, poco a poco y sin piedad.
—Es usted su hija, ¿verdad?
—Sí.
—De acuerdo, ¿me puede decir su nombre, para dirigirme a usted?
—Alex.
—Muy bien, Alex, si me deja, la tuteare.
Yo asiento de manera mecánica, sin dejar de mirar sus ojos, que parecían grises y, por alguna razón extraña, tristes o cansados, no sabría distinguir ahora mismo.
Él me asiente de vuelta, haciendo ver que me ha visto hacer lo mismo.
—Como le estaba diciendo, soy el Doctor Hernández, quería hablar contigo del estado actual de tu madre. —Me vuelvo a tensar en el sitio—. Si quieres sentarte.
Me señala con la mano la silla que tengo detrás, la que siempre uso y, mientras me siento, él busca la del otro lado de la habitación, donde suele sentarse Ethan. La pone delante mío y se sienta.
—Antes de empezar a hablar yo, ¿quieres preguntarme algo? —Demasiadas cosas.
¿Qué pregunto?
¿Debería preguntar o mejor esperar a lo que me tenga que decir?
Mi cabeza, de repente, da vueltas a mil preguntas distintas, a mil pensamientos distintos y a todos los resultados a la que esta situación puede llegar.
Sin mucho pensar, le pregunto lo primero que se me viene a la cabeza.
—¿Qué le ha pasado, exactamente?
Quiero que me responda con sinceridad. Sé que ha podido ser un intento de suicidio, pero, sinceramente, quiero que me lo diga él personalmente. Veo que en su mirada hay comprensión.
—Tu madre sufrió varias contusiones y, lo más grave, lo que más nos preocupa ahora mismo, un traumatismo craneoencefálico —empieza a contarme—. Todo debido a la caída que sufrió ayer.
«Ha dicho caída, no suicidio».
—Creo que ayer te informaron, pero creemos que podría ser un intento de suicidio.
El corazón se me para un segundo y cierro los ojos tratando de que vuelva a funcionar de manera normal. Me remuevo en la silla, cruzando los brazos en el pecho, que me había empezado a doler.
«Ansiedad».
Lo ha dicho. Ha sido eso, pero ¿por qué? Esa pregunta solo podía responderla ella, no él. No tenía sentido hacerla. Al no hablar, es el doctor es quien continúa.
—Sé que es muy difícil para ti asimilar todo esto, entiendo que ha sido una situación repentina y que nadie se esperaba —me dice con la voz más dulce que puede—. Pero nadie nunca se espera algo así.
Una punzada de dolor me envuelve el corazón de nuevo, de repente, entendiendo demasiadas cosas que ojalá nunca entendiera. Como acto reflejo, me subo las mangas de mi camisa y le enseño mis muñecas.
—No —digo con la voz rota—, nadie se lo espera.
El doctor parece palidecer un poco, pero rápidamente se recompone. No puedo decirle nada más, los dos nos quedamos un momento callados. Unos instantes más tarde, vuelve a hablar.
—Lo primero que te puedo decir es que lo siento mucho —arranca con cuidado—. Y, lo segundo, aunque para mí es lo principal en esta situación, es que no te sientas culpable. No podías saber lo que iba a pasar, igual que tu madre no podía saberlo.
Empiezo a notar escozor en los ojos, en señal de que voy a volver a llorar. Con un suspiro, él continúa hablando.
—Sabiendo esto, y que el traumatismo le produjo una hemorragia en el cerebro, que es lo que puede llegar a pasar en estos casos, hemos hecho las pruebas pertinentes: tacs y radiografías, para ir observando su estado —me explica—.
Esta madrugada le hemos hecho otro TAC para ver la evolución, para ver si había mejorado esa hemorragia de la que te acabo de hablar; si ha reducido.
Se toma unos segundos para continuar y yo me pongo, si cabe, más tensa todavía de lo que estaba.
—No lo ha hecho. —Esas palabras me caen como un jarro de agua fría y otra vez vuelvo a ver borroso, el pitido en los oídos vuelve; parece que me voy a marear.
—¿Qué significa eso? —No sé cómo he articulado palabra, pero así es, me ha salido de la garganta de manera autónoma, sin yo ni siquiera pensarlo.
Mi respiración se vuelve más rápida y trago saliva para poder tragarme el sabor tan amargo que de repente tengo en la boca, junto con el dolor. Me mira unos segundos antes de continuar hablando. Yo solo quiero que lo diga ya, que me arranque la tirita de un golpe.
—Significa que la hemorragia no ha reducido, no se ha hecho más pequeña.
«Creo que no puedo respirar».
—Con los tratamientos realizados, esperábamos que la situación mejorara, pero no ha sido así. —Esto no puede estar sucediendo—. Ha sido una caída con importantes repercusiones que ha afectado a muchas áreas de su cuerpo, sobre todo el traumatismo sufrido en la cabeza.
No estoy entendiendo nada. ¿Qué me está queriendo decir con todo esto? Apenas le miro, pero intento tener la cabeza en la Tierra para seguir escuchando.
—Desde ayer estamos intentando mantenerla lo más estable posible y que salga adelante…
Vuelve a callar unos segundos y lo que dice a continuación parece decirlo lentamente, como si a mi cerebro le costara integrar esa información.
— Pero no es lo que está pasando, Alex. —No, no me lo creo—. Lo siento mucho
Mi mundo se está derrumbando ahora mismo. Si no fuese por el suelo y que estoy sentada, estaría enterrada en lo más profundo de la Tierra, o eso siento que está pasando ahora mismo. El suelo parece irse y yo con él.
—Si llegara a despertar, sería con unas secuelas cerebrales terribles, no le permitirá vivir de manera normal, su cuerpo ni siquiera toleraría levantarse, apenas se movería.
—¿Se va a morir? —La pregunta me sale como un susurro ahogado, como si realmente la respuesta fuese a ser distinta, como si mi cabeza intentara creerse de verdad que esto es una pesadilla y no está pasando.
El Doctor Hernández coge aire y me mira con una mirada de compasión, tristeza y comprensión a la vez. Lo suelta.
—Está muy débil —me confiesa, lentamente, intentando suavizar sus palabras—. Lo siento, Alex, pero creo que lo mejor es intentar que esté lo más confortable posible, que no tenga dolor y, lo más importante, que no sufra.
Pero no había manera de suavizarlas, no había manera de que esto fuera menos doloroso o traumatizante para mí.
Me encogí en la silla y empecé a llorar, me daba igual que el doctor estuviera allí en ese momento.
Me daba igual quién estuviera allí. Todo daba igual, pues nada de lo que pudiera decir o hacer serviría para que el dolor que sentía en ese momento menguara.
—No quiero darte falsas esperanzas, nunca lo he hecho y nunca lo haré.
Necesito gritar.
Necesito que esto acabe.
Necesito que esta pesadilla acabe.
Necesito a Ethan.
Necesito llorar en su regazo hasta quedarme dormida.
El doctor se levanta, pone una mano en mi hombro y me da un pequeño apretón, en señal de apoyo.
—Cualquier cosa, puedes pedírmelo a mí o a las enfermeras. —Asiento casi por memoria muscular.
Cuando alcanza la puerta, unas alarmas detrás mío empiezan a sonar y yo alzo la cabeza de golpe y abro mucho los ojos.
A partir de aquí, todo va a cámara lenta.
El doctor frunce el ceño y corre hacia donde está mi madre, gritando algo como «código azul» y empieza moverse encima de ella.
Pone las manos en su esternón, comenzando a bajar y subir a un ritmo constante, regular.
Me levanto de la silla de una manera lenta, hasta torpe.
Mi visión empieza a desenfocarse por culpa de las lágrimas, por mi lado pasa una enfermera a toda prisa, atendiendo todo lo que dice el doctor.
No oigo nada, solo murmullos y pitidos distorsionados, hasta que se convierte en un pitido constante, sin pausa.
No puede ser. No. Todavía no.
Una enfermera me saca con suavidad de la habitación y se queda conmigo, cerrando la puerta. Unos minutos interminables pasan hasta que el doctor y la enfermera salen con actitud incómoda y me miran de manera compungida, conmovida. El doctor toma la responsabilidad.
—Hemos hecho lo que hemos podido. —¿Cómo ha podido pasar todo ya?—. Lo siento, Alex.
Mi madre ha muerto.