92 Alex
Mi madre está en frente mía cocinando, casi puedo oler lo que hay en la olla, olerla a ella. Se gira y me sonríe. Esa sonrisa que siempre me hace, que siempre me consuela, tan real, tan bonita.
Empieza a sonar un pitido, que seguramente sea del microondas, del horno o algo por el estilo, pero no para.
—Alex —me habla, pero su voz es distinta, como de hombre—. Alex.
La voz vuelve a hablar. Creo que la reconozco, pero sigue siendo ella quien me habla, porque mueve la boca.
Frunzo el ceño de la confusión que me crea la situación, se acerca y me pone la mano en la mejilla.
Esa alarma extraña continúa sonando y noto cómo se va difuminando.
Intento cogerle la mano, pero justo me despierto y escucho la alarma de mi teléfono, notando a Ethan rozándome la mejilla con un dedo.
Ahora lo entiendo todo.
Noto que una lágrima rueda por mi mejilla, como si se perdiera en ella con el sueño.
No recuerdo haberme quedado dormida; igual he pasado la noche en vela y no me he dado ni cuenta, imaginándome toda esa situación.
Parpadeo para volver a una realidad a la que tengo que enfrentarme y frunzo el ceño, sentándome en la cama junto a Ethan, que detiene la alarma.
Luego se acerca a mí y me da un beso en la mejilla húmeda, como si intentara absorber todo el dolor que tengo.
Por un momento siento que es así, que no estoy sola.
Por instinto me acerco más a él y me acurruco como una niña pequeña como hacía con mi madre.
Ethan me rodea con los brazos, cálidos y protectores, y su olor me invade, aún a metal.
—No despertabas y creí necesario hacerlo —susurra en mi oído, mientras pasa los dedos por mi espalda, haciendo que la piel se me erice—. ¿Quieres dormir un poco más?
—¿Qué hora es? —Son las primeras palabras que formulo, aún resguardada en su cuerpo.
—Las siete —me responde—. En media hora podías entrar.
Asiento.
—Pues vamos, si es lo que quieres.
Sí, tengo que espabilar si quiero llegar a tiempo, aunque fuera esa media hora que dejan estar hasta las ocho. Asiento apartándome un poco para salir de la cama y empezar a vestirme. Ethan hace lo mismo, me doy cuenta de que ayer no pisé el baño cuando llegué.
—Voy a darme una ducha, ¿te importa?
Ethan se da la vuelta, poniéndose los pantalones y niega con la cabeza.
—Claro, aprovecha —me responde—. Mientras hago el café, ¿quieres algo de comer o es muy pronto?
«¿Puedo quererle más?». Me quedo pensativa por un segundo.
—No tengo hambre todavía. —Le miro con expresión de agradecimiento—. Creo que con el café ya tendré por ahora.
Él asiente con una sonrisa como respuesta y yo me dirijo hacia la ducha, aunque sea para lavarme el cuerpo.
La verdad es que me hacía falta una ducha de agua caliente, para quitarme el frío del cuerpo, uno que llego ayer y no se iba y, aunque no sirviera de mucho, quería sentir un poco ese calor del agua cayendo por mi cuerpo, para al menos tener la sensación de que se llevaba lo malo que tenía dentro, pese a que no funcionara realmente.
Salgo de la ducha, me visto y vuelvo a la habitación, pero Ethan ya no está.
Dejo mi pinza en la mesilla y me dirijo hacia la cocina.
Ethan me oye llegar y, cuando se gira, me tiende una taza humeante de café.
Alzo las manos para cogerla y me siento en una de las sillas de la cocina. Él agarra su taza y se sienta también.
—Gracias —le digo, llevando la taza a mis labios y tomando un sorbo de café.
Su olor me invade y el sabor me calienta la garganta mientras va bajando. Por un momento, pensé que era el cielo. ¿Cuándo me había parecido tan bueno un café? ¿O es que no había nunca prestado atención realmente hasta ahora?
—De nada, solo faltaba.
Le sonrío, complacida, mirando cómo le da un sorbo al suyo.
Mi teléfono se iluminó, indicando un mensaje. No sé de dónde coño había sacado mi teléfono, pero mi padre llevaba desde ayer por la noche mandando algún que otro mensaje. Obviamente no los había leído ni lo haría.
No hubo más palabras mientras nos tomábamos el café. Dejamos las tazas en el fregadero y su padre nos lleva al hospital.
—Supongo que te quedas, ¿no, Ethan? —pregunta Andrés mientras estamos a punto de llegar—. Es para saberlo y venir más tarde.
—Sí —responde, empezando a hacer círculos en el dorso de mi mano. ¿Cuándo me la ha agarrado? —Puedo volver yo después, papá.
Me siento un poco avergonzada, no tendrían que hacer esto, pero aun así lo hacen.
—No, no, es por saberlo —le contesta él—. A las diez entonces, ¿no?
Ethan asiente y salimos del coche. Me coge de la mano y entramos, pero aún no digo una palabra. En minutos entramos otra vez en la uci y vuelta a empezar.
Parece que haya pasado una eternidad desde que pasó, es increíble. Ocupamos los sitios de ayer, él sentado al otro lado de la habitación, yo a su lado y cogiéndole la mano a mamá.
Pasan los minutos y las palabras no hacen falta, solo miradas, algún que otro abrazo como el de ayer que tanto me hacen falta y, en breves, se hacen las ocho. Suspiro al darme cuenta, pero no voy a moverme hasta que me digan algo.
—Gracias por estar aquí, Ethan, aunque no haga falta —le digo sincera, mirándole desde mi asiento. Él está de pie al otro lado y me mira con expresión triste—. De verdad.
Viene hacia mí y me vuelve a abrazar por detrás y, por primera vez en lo que llevamos allí, suelto la mano de mi madre para poner mis manos en sus brazos, que me rodean.
Unos momentos después, nos piden amablemente que salgamos de la habitación, así que volveremos a las diez. Ethan se irá hasta la una del mediodía y luego me ha prometido que vendrá a comer conmigo.
Vamos a una cafetería que hay al lado del hospital. Aunque no tenía mucha hambre, hago lo que puedo por comer algo. No hablábamos mucho, tampoco la situación ayudaba, pero, con su mera presencia ya me valía para estar algo más tranquila.
Estaba tomando un sorbo de café cuando mi teléfono suena.