91 Ethan
Llegamos a mi casa y todo es silencio. Estamos en la habitación, preparándonos para ir a la cama y esperar a que llegue el día siguiente e ir al hospital tan pronto como podamos.
Mis padres han insistido en llevar a Alex en cuanto ella quiera por la mañana, pero se mostró algo reacia: «ya han hecho demasiado por mí».
Al final, no por gusto, ha aceptado el gesto.
—¿Te dejo un chándal, aunque sea corto, para que estés más cómoda? —Me giro hacia ella mientras le pregunto.
Está sentada en el otro lado de la cama de espaldas a mí, simplemente sentada.
No contesta. Creo que ni siquiera me ha escuchado. Mientras me pongo la camiseta de pijama voy hacia ella y me agacho para estar a su altura. Cuando me ve, parece darse cuenta de mi presencia.
—¿Qué? —pregunta, percatándose de que le había hablado.
Pongo los brazos a ambos lados de su cadera sin dejar de mirarla.
—Quería dejarte un chándal, para que estés más cómoda, solo eso.
Ella asiente una vez, sacando aire, mirándome con gesto de disculpa mientras me acaricia el brazo.
—Perdona… —suspira negando con la cabeza—. La verdad es que no había pensado en eso, te lo agradezco.
—No pasa nada, Alex, de verdad —le digo para tranquilizarla—. Entiendo perfectamente donde está tu cabeza ahora mismo.
Espero pacientemente a que me hable, a que se abra, a que diga todo lo que falta, porque apenas hemos tenido tiempo de hablar desde que todo pasó.
Aparta su mirada de la mía mirando hacia el lado, sé que es porque le cuesta abrirse si me mira. Me he dado cuenta. A decir verdad, en eso somos iguales, si me pongo a pensarlo. Espero a que ella dé el paso de hablar, de decir lo que está pensando ahora mismo.
—¿Crees que se pondrá bien?
Joder. Esa pregunta no me la esperaba, la verdad. Miro hacia abajo un momento, pensativo, luego vuelvo a centrarme en ella.
—No lo sé.
No puedo decir otra cosa y ella realmente lo sabe. Me mira y veo sus ojos preocupados, con lágrimas a punto de desbordarse. La acerco un poco más a mí para poder ponerle las manos en la parte baja de la espalda.
—Sabes que no voy a decirte nada que luego no pueda cumplir, que puede que no sea verdad o salga mal.
—Lo sé —susurra poniendo las manos en mis hombros, en señal de que lo entiende—. Pero quiero oír lo que tengas que decir, lo que piensas.
Me lo está suplicando. Yo dudo unos segundos.
—Es una luchadora —hablo por fin, asintiendo—. Como tú. No dejará de luchar hasta el último momento posible, te lo aseguro.
Ladeo un poco la cabeza.
—Y si… —murmuro.
—¿Y si se muere? —la pregunta se me hace tan real que me asusta.
Me pone los pelos de punta. Pero sí, puede pasar, eso no lo puedo negar.
—No sabría qué hacer, Ethan.
—Si eso pasa, Alex —empiezo a decir, poniendo mis manos en sus brazos para que me sienta físicamente—, vas a luchar. Vamos a luchar. Por ella.
Mira hacia arriba y lágrimas empiezan a bajarle por su rostro, tan roto que me duele el pecho.
—No estás sola, amor, ni ahora ni después de que todo esto pase. —Es la única promesa que puedo hacerle—. Te lo prometo.
Baja la mirada de nuevo y pone su frente en la mía, yo cierro los ojos ante el contacto.
—Tengo miedo —dice con voz rota—, de que se vaya y yo no esté ahí.
No aparta su frente de la mía, su respiración es entrecortada. Ahora que tengo a Alex tan cerca, noto que huele todavía a hospital, desinfectante y a ella misma; al incienso hogareño que siempre pone en su casa.
—Hay tantas cosas que aún quería decirle y que no he hecho. —No tengo palabras para consolarla, solo puedo escucharla, eso haré hasta que ella quiera, hasta que sea suficiente—. ¿Y si ya no tengo ocasión de decírselas? De pedirle perdón… ¿lo hice alguna vez?
Su respiración cada vez es más agitada y eso me da miedo. La abrazo con fuerza mientras una lágrima cae por mi mejilla. Me siento demasiado impotente y angustiado como para quedarme callado.
—Lo hiciste, Alex, lo hiciste —le recuerdo en un susurro ahogado—. Sabes que ella nunca te reprochó nada, te quiere. Te quiere con locura.
No puedo evitar llorar también con ella. Lo quiera o no, Raquel también es una persona importante para mí. Es como una segunda madre, siempre me trata como si fuera su hijo. Le tengo un amor muy grande, a la vez que respeto.
Me acojona pensar también en lo que puede pasar, cómo va a afectar todo esto a Alex, cómo lo superaremos, cómo lo superará ella, pase lo que pase en las próximas horas. Noto como niega con la cabeza, aún con la respiración muy agitada.
Me pongo en alerta, apartándome un poco para dejarle el espacio necesario para respirar. Le acaricio los brazos para que note algo real, algo del presente.
—Eh —advierto cuando veo que la situación va a peor—, eh
Llamo su atención, esta vez levantándole el mentón para que me mire.
—Mírame. —Ella abre los ojos, aún con el pecho subiendo y bajando muy deprisa y oigo su respiración ahogada—. ¿Qué cinco cosas puedes ver?
Tengo que ser rápido, antes de que vaya a más. Ella me mira sin comprender durante un segundo, pero luego cae en la cuenta.
—Sígueme la corriente. —Le pongo la mano en la nuca.
Ella mira alrededor con los ojos llorosos, casi desesperada.
—Una foto nuestra —empieza con un susurro entrecortado.
Yo asiento.
—¿Qué más? —la animo a continuar.
—Tu taza en la mesa. —Mira a mi derecha—. Tu sudadera colgada en la puerta del armario.
—Muy bien, ¿qué más?
—Tus cascos, mi móvil.
—¿Cuatro cosas que puedas oír? —Se concentra unos segundos y habla.
—Tu respiración —dice, cerrando los ojos.
Yo asiento.
—¿Qué más oyes?
—Acaban de tirar de la cisterna del baño. También oigo una bocina de un coche — continúa con los ojos cerrados, concentrada.
Su respiración cada vez es un poco más acompasada, pero aún le cuesta respirar. Hago un ruido de asentimiento y ella sigue enumerando la última cosa.
—Una puerta cerrarse. —Coge aire y lo suelta.
—Lo estás haciendo muy bien, Alex. —Vuelvo a acariciarle los hombros—. ¿Qué tres cosas puedes tocar?
«Venga, que ya lo tienes».
—La sábana —retoma la enumeración—. Tu camiseta, tu mano.
Se agarra a mi camiseta con una mano y con la otra entrelaza sus dedos con los míos. Su respiración ya no es tan cargada; sigue acompasándose, poco a poco.
—¿Qué puedes saborear?
Aunque no haga tanta falta, ya que parece que ha funcionado bastante bien.
—El café de esta tarde, contigo. —El de antes que todo se fuera a la mierda.
Vuelve a coger aire profundamente y lo saca por la boca, una, dos, tres veces, con los ojos cerrados, hasta que parece relajarse. Nos quedamos así unos minutos más.
—¿Mejor? —inquiero, para asegurarme.
Ella asiente y despega los labios para hablar.
—Gracias —me lo dice ella, me lo dicen sus ojos, llenos de agradecimiento.
Sonrío con poder evitarlo.
—Sabes que no tienes que darlas —respondo, más relajado.
Ella me sonríe, aún más agradecida, acariciándome la cara y dándome un beso.