Ayúdame a salir 90 Alex
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90 Alex

«Saldremos».

Leo el mensaje y solo puedo llorar. No sé si me voy a recuperar de esto, ahora no consigo ver el final del túnel; me siento como en el principio, en uno muy oscuro del cual no voy a poder salir, no sin ella.

Pero la palabra «saldremos» significa mucho más que salir.

Significa que, a pesar de todo, a pesar de lo que pase, de lo que nos depare el futuro, de las adversidades que nos ponga la vida, eso haremos, salir.

Inconscientemente lo hemos construido como nuestro mantra personal.

Para mí es lo que significa desde que Ethan me lo dijo la primera vez.

Puede que ahora no sepa qué hacer, no sepa cómo actuar, no sepa cómo reaccionar, no sepa cómo salir de esta, pero llegará. Tengo que dejar fluir mis sentimientos, que no se quede nada dentro de mí. Y luego, pedir ayuda. No puedo caer. Ya no. Por ella.

El día que casi volví a caer me demostré a mí misma que pedir ayuda no es de cobardes, de débiles o locos. Y así tiene que seguir siendo.

«Saldremos» le envío de vuelta entre lágrimas sin dejar la mano de mi madre, sin creerme aún lo que está pasando.

Tres horas más tarde, sin apenas moverme, sin soltar su mano, sin hacer nada, salvo mirarla, me dicen que la hora de las visitas ha terminado y frunzo el ceño ante lo rápido y lento que se me ha pasado el tiempo. ¿Ya son las diez?

Suspiro de cansancio acumulado, me estiro, soltando por primera vez la mano de mi madre.

Me levanto y por un momento no sé qué hacer.

La enfermera ya se ha ido y yo ya tengo que irme.

Sé que Ethan me está esperando fuera, así que no tengo otra.

Me acerco a su cuerpo dormido y me agacho para hablarle al oído.

—Tengo que irme, pero mañana vuelvo, te lo prometo —como si me escuchara, sigo hablándole—. Eres fuerte, mamá, mucho más fuerte que yo, así que saldrás de esta, lo sé.

Le doy un beso en la mejilla donde no toco nada de los cables y alzo la cabeza otra vez, mirándola por última vez antes de irme. Con el corazón en un puño salgo por la puerta de la habitación, dejándola sola.

Doy las gracias a las enfermeras y me dirijo a la puerta por la que hemos entrado antes.

No me lo puedo creer.

Cuando voy a la derecha, veo a Ethan y a sus padres esperándome.

Ethan viene hacia mí mientras yo me cubro el rostro con las manos, empezando otra vez a llorar.

Dejo que Ethan me abrace, quedando refugiada entre sus brazos, acariciándome la espalda de arriba abajo en señal de consuelo.

Me separo un poco y retiro las manos de mi cara para abrazarle también.

—No hacía falta que os quedarais aquí esperando —digo entre gimoteos—. Gracias.

No puedo decir otra cosa.

—Ni faltaba que lo pidieras, cariño —me dice Esther poniéndome una mano en el hombro.

Giro la cabeza para mirarla, aún apoyada en Ethan y hago lo posible por sonreír de agradecimiento.

—Lo siento mucho, cielo —añade con ternura infinita.

Yo niego con la cabeza, sin saber qué responder.

—¿Ha habido algún cambio? —pregunta Ethan, rozándome la mejilla con los dedos, que hace que alce la cabeza para mirarle.

Vuelvo a negar con la cabeza, mientras él vuelve a dejar la mano en mi brazo, aún abrazándome.

—No... —contesto débilmente, sin dejar de mirarle—. Sigue estable, pero todavía nada, no ha despertado.

Hay un silencio que no sé interpretar. Tampoco tengo fuerzas para intentar hacerlo. Sigo abrazada a Ethan, que acaricia mi espalda, y eso es lo único real que siento, su contacto, todo lo demás me parece una pesadilla, algo que siento como imposible de vivir. Pasan unos segundos y Esther habla.

—Lo importante es que está luchando, Alex —me dice, con una mezcla de esperanza y preocupación.

Yo asiento. Ethan se aparta un poco de mí devolviéndome a la realidad. Le miro y veo que él también me está mirando.

—¿Qué necesitas? —me susurra.

En ese momento solo estamos él, yo y su mirada expresiva. Tiene los ojos cargados de preocupación y de súplica para que sea sincera, y también algo rojos. Sé, por lo que lo conozco, que no es por el cansancio. Ha estado llorando.

—A ti —respondo simplemente.

Él ladea un poco la cabeza y hace una media sonrisa, porque sabe que es la verdad absoluta. Asiente y se inclina para darme un beso en la cabeza, lleno de cariño y amor.

Joder, sí. Necesito eso. A él. Que me abrace y que me deje simplemente llorar y llorar.

—Creo que deberías descansar —me dice aún en voz baja.

Miro hacia la puerta por la que he salido, donde está mi madre, y me pongo tensa.

No puedo irme. ¿Y si me voy y le pasa algo? ¿Y si me voy y ella se…? Niego con la cabeza inconscientemente, e Ethan parece darse cuenta de mi titubeo, pues me agarra de las manos, haciendo que le mire.

—Chiquitilla, sé que no quieres irte, que quieres estar con ella. —Su voz está llena de compasión y comprensión—. Pero no puedes hacer nada ahora mismo, y tampoco puedes quedarte aquí toda la noche esperando a que te digan algo o puedas volver a entrar...

Vuelvo a mirar a la puerta con indecisión. Ethan tiene razón. Pero ese también es el problema, que no puedo hacer nada. Mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas, pero ya no cuento las veces que he llorado hoy, porque no tendría fin.

—Vamos a casa, descansa y mañana a primera hora estaremos aquí —me promete dándome un apretón de manos.

Yo vuelvo a mirarle para intentar responder, pero no me salen las palabras.

—Deja que te cuide, al menos un ratillo.

Solo puedo asentir.