Ayúdame a salir 89 Ethan
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89 Ethan

Esto parece una pesadilla. Estamos en la habitación, sin poder hacer nada, viendo los minutos pasar, escuchando el pitido de las máquinas que mantienen con vida a Raquel. Alex no le suelta la mano en ningún momento, aún con lágrimas en su cara.

Me rompe el corazón verlas así. Es que es algo incomprensible, algo que se sale de mi entendimiento; el cómo ha podido pasar esto. No tengo palabras para describirlo.

Miro la hora y veo que son las siete, que pronto me dirán algo si no me voy, pero es que no quiero irme.

No quiero dejar aquí a Alex sola. Sé que no hay otra opción, son las normas, pero es una mierda.

Si salgo es para quedarme en la puerta donde estaba ella esperando, hasta que Alex salga a las diez de la noche.

Creo que ese era el horario. Le he enviado un mensaje a mis padres sobre dónde estamos, pero todavía no me han respondido.

Como una señal, noto que mi teléfono vibra. Lo cojo y veo un mensaje de mi madre diciendo que están fuera, esperando. Sin muchos detalles le respondo que me echarán enseguida por los horarios, que saldré pronto. Me encamino hacia Alex y me agacho a su lado para estar a su altura.

—Van a echarme en breves. —Me mira cuando le hablo—. Mis padres están fuera esperando, pero no me iré hasta que me digan algo, ¿vale?

Le aprieto la mano libre. Ella asiente y me dedica una pequeña sonrisa de agradecimiento que no dudo en devolverle. Mientras ella vuelve la atención a su madre yo vuelvo a mi sitio y me siento en la silla que aún no había usado.

Unos minutos más tarde, viene la misma enfermera de antes a revisar los monitores. Luego nos mira con disculpa, lo que indica que es momento de irme, pero aun así no me muevo todavía.

—Lo siento mucho, pero ahora sí que tendría que quedarse uno —nos recuerda—. Sin prisas, no pasa nada, pero el cambio de visitas ya ha pasado.

Yo asiento y hago un esfuerzo levantarme mientras ella se va otra vez. Vuelvo a acercarme a Alex para despedirme de ella hasta que quiera salir. Me pongo en un hueco que hay frente a ella y pongo las manos en los bolsillos, nervioso.

—Aunque me vaya estaré aquí fuera —le informo para que sepa mis intenciones—. No me iré hasta que no te vayas tú, si te parece bien.

—Ethan, no hace falta que te quedes fuera esperando, en serio —intenta convencerme cogiéndome la mano—. De verdad, me parecería muy mal tenerte ahí fuera solo.

—Lo sé, pero quiero hacerlo. —Ella ladea la cabeza y pone una mueca de súplica—. De verdad, no me importa.

Le aprieto más la mano y sonrío, para que vea que es cierto.

—Lo que no quiero es irme de aquí y dejarte sola —aclaro.

—No me dejas sola, Ethan, sé que de verdad quieres quedarte y te lo agradezco. —Asiente con cara triste—. Sé que estarás cerca por si te necesito.

Me sonríe y yo suspiro, aún pensativo.

Acabo por asentir.

—Si necesitas algo, llámame —le pido.

Ella asiente con gratitud y yo me acerco para darle un beso.

—Sabes que lo haré.

Le sonrío como despedida y cojo lo poco que llevaba encima, acercándome a la puerta para irme, pero la sensación de no querer dejarla sola me invade y me quedo unos segundos más. Ella se da cuenta y me mira.

—Tranquilo, gracias —me dice con una sinceridad que me abruma—. Te quiero.

—Yo también.

Antes de que las lágrimas amenacen con salir, me voy.

Doy las gracias a las enfermeras que están ahí y salgo por la puerta por la que habíamos entrado.

Por un momento no veo a mis padres y temo no haberme explicado bien por dónde estábamos, con los nervios.

Pero más adelante había otra pequeña salita con sillas de espera y ahí estaban.

Se levantan nada más verme y me acerco a ellos a la vez que empiezan a caminar hacia mí.

Lo primero que recibo es un abrazo de mi madre, dejando salir un suspiro de angustia.

Me quedo en ese abrazo hasta que se separa de mí y empieza el interrogatorio.

—¿Cómo está? —pregunta mi padre, a mi lado—. ¿Os han dicho algo?

Tomo aire para empezar a hablar.

—Según dicen, ha sido una caída —empiezo. Mamá frunce el ceño, como he hecho yo cuando me he enterado—. Desde muy alto.

Alzo un poco las cejas, para que me comprendan.

—Por las heridas que tiene y su gravedad, es un intento de suicidio desde el tejado de donde vive.

Mi madre ahoga un grito y se pone las manos en la boca, incrédula.

—Pero ¿cómo están tan seguros?

Su cara es puro horror e incomprensión, Mi padre no sabe cómo reaccionar. Es algo que le pasa a menudo cuando pasa algo impactante.

—Es lo que más sentido tiene para ellos —digo con algo de frustración, sentándome en una de las sillas.

Mi madre se sienta a mi lado y mi padre se queda de pie enfrente nuestro.

—Pero ¿cómo os habéis enterado de todo? —me pregunta papá, poniéndose las manos en los bolsillos, algo nervioso.

Yo cuento todo lo que ha pasado, desde que la ambulancia pasó hasta que nos enteramos de qué había ocurrido, que Alex se fue con ella y en ese momento yo les llamé.

—Madre mía.

No había más palabras, era la reacción que esperaba de mi madre. Realmente, ¿qué más se puede decir? Miro al frente sin decir nada, sin apenas escuchar lo que mis padres están hablando.

Pienso en cómo tiene que sentirse Alex en este momento, en lo que tiene que estar sufriendo, en lo que realmente está sintiendo, algo que no se podría explicar con palabras. De nuevo, noto cómo mi corazón se rompe de pena por ellas.

Y, entonces, me doy cuenta de algo. Me giro hacia mi madre y me quedo con la mirada fija en ella.

No podría imaginarme que a ella le pasara algo.

No podría imaginarme encontrarme en esta situación si fuera ella.

Me vienen recuerdos del pasado sin previo aviso, que hacen que se me erice la piel y me dé un vuelco el corazón.

Solo puedo pensar en la suerte que tuvimos.

Me levanto y, como un niño pequeño, me refugio en sus brazos, rodeándole la cintura.

Ella suspira y me devuelve el abrazo, acunándome.

—Ay, cielo... —Me frota la espalda, poniendo su mentón en mi cabeza. Una lágrima acaba resbalando por mi cara—. Todo va a salir bien, cariño.

Eso no lo sabe, pero de verdad que esas palabras hacen que me sienta un poco mejor.

Sé que lo dice para no perder la esperanza, y es a lo que hay que aferrarse, a la esperanza .

Asiento separándome de ella, mi padre me aprieta el hombro en señal de ánimo y yo le sonrío con afecto. Cojo el teléfono y le escribo a Alex.

«Saldremos».