Ayúdame a salir 88 Alex
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88 Alex

Mi madre está en la uci . Estoy sentada esperando a que me dejen entrar.

¿En serio esto está pasando?

Solo miro al frente, creo que estoy llorando todavía, me parece que tengo la boca un poco abierta. El olor a hospital, desinfectante, lejía y productos de limpieza mezclados me nubla. mi parpadeo es lento. O eso creo.

Todo parece ir lento desde que ha ocurrido.

Intento procesar la información que me han dado hace un momento, pero mi cerebro parece haber parado de seguir procesando, de querer asimilar, de querer entender.

En mi mente solo pasan recuerdos todo el tiempo.

La veo tirada en suelo, rodeada de sangre, con los técnicos corriendo de un lado a otro, Ethan abrazándome, parecía llorar, aunque no tengo claro lo que pasó a mi alrededor.

Solo la veía a ella. Solo veía a mi madre abrazándome, a mi madre reírse sentada en el sofá, a mi madre de espaldas en la cocina haciendo la comida, a mi madre diciéndome que soy la luz de su vida, siempre.

A mi madre diciéndome que soy suya, ayer, en los juzgados.

Ahora está ahí dentro, luchando por su vida, luchando por respirar, luchando por seguir en este mundo. Y yo estoy sola. Solo la tengo a ella. Solo la tengo a ella. Ella es la que siempre está, la que siempre me dice cómo continuar, la que siempre me da los consejos adecuados en el momento preciso.

¿Y si…? No puedo. No puedo pensar eso. No puedo permitírmelo.

Por el rabillo del ojo veo a Ethan, que aparece por la puerta del ascensor.

Creo que le dijeron que no podía ir más de una persona en la ambulancia.

Él me dijo algo, pero no le escuché. Casi no lo veo.

Me levanto con las pocas fuerzas que me quedan cuando llega a donde estoy y me rodea con los brazos, pero apenas puedo moverme.

—Ya estoy aquí —dice apenas sin aliento.

Huele todavía a humo, metal y a él mismo. Cierro los ojos un momento para centrarme en su olor y dejar que, por unos minutos, sea el ancla que me mantiene en la Tierra. La otra persona que siempre está ahí.

—Mis padres están aparcando —añade.

Sigo sin decir nada, pero él sabe que lo estoy escuchando. Se aparta lo justo para mirarme.

—¿Te han dicho algo? —Intento centrarme y contestarle.

—Está en la —respondo sin saber de dónde ha salido la voz.

Él espera a que siga hablando.

—Ahora me dejarán pasar —continúo informando—, dicen que harán todo lo posible para mantenerla estable. Está en coma.

Ethan suspira cerrando un momento los ojos y apoya su frente en la mía.

Mis lágrimas siguen cayendo; lo sé por la humedad en mis mejillas.

Me pone las manos en los brazos con delicadeza en señal de consuelo y niega con la cabeza.

Tampoco parece creérselo. Tampoco se creerá lo que voy a decirle ahora.

— Ethan, dicen que ha sido un intento de suicidio.

No tengo otras palabras para decirlo, así que simplemente las dejo fluir.

Él se tensa y me mira desconcertado.

—¿Qué...? —Es todo lo que logra articular, como si no entendiera nada.

Yo solo puedo volver a sollozar y esconder la cara en su pecho. Él vuelve a abrazarme, exhalando con fuerza.

—Pero ¿cómo han llegado a esa conclusión?

—Dicen que las heridas que tiene son de una caída desde bastante altura...

Mi voz sale ahogada, entrecortada y tampoco sé que más decirle. Creo que no hay más que pueda decirle. Ni a él ni a nadie. Me aprieta entre sus brazos con más fuerza, como la primera vez que me abrazó.

—No lo entiendo —añado.

Y, entonces, la culpa me arroya como un cañón. Empiezo a llorar más fuerte, de la rabia y la frustración, solo me sale decir una cosa.

—Lo siento. —Niego con la cabeza—. Lo siento.

Ethan se separa de mí y me pone las manos en la cara, haciendo que le mire: en sus ojos solo veo la misma rabia y dolor que siento yo, pero también comprensión. Sé que me ha entendido. Niega con la cabeza.

—No, no vayas por ahí. —Continúo llorando mientras él habla—. Ni se te ocurra sentirte culpable, Alex. No podías saberlo, nadie podía.

Cierro los ojos, frustrada, mientras él continúa mirándome con sus ojos dorados. Luego los vuelvo a abrir.

—Es que…

—¿Familia de Raquel Villaescusa?

Yo me giro al instante para ver a la persona que me ha interrumpido y me acerco a ella casi atropelladamente, con Ethan a mi espalda.

—Soy yo —respondo.

Mi respiración se hace más rápida y ansiosa mientras espero a que hable.

—Ya puedes pasar. —Me señala hacia la izquierda.

Yo me giro un momento a Ethan antes de volverme hacia ella.

—¿Puede venir conmigo? —pregunto antes de empezar a caminar, con las manos entrelazadas en el pecho.

No quiero entrar sola. No puedo entrar sola. No la primera vez. Ella me mira con comprensión y algo de compasión, poniendo la mueca de una sonrisa.

—Se permite más de una persona ahora que estamos en el cambio de visitas hasta las siete, pero a partir de ahí solo se puede quedar uno, lo siento... —me explica. Yo asiento, buscando la mano de Ethan sin mirar. Noto cómo la agarra y yo la aprieto con fuerza—. De acuerdo, por aquí.

Le seguimos hasta una puerta, que abre con una tarjeta de acceso y nos hace pasar.

El olor dentro es aún más fuerte, choca contra mi nariz, haciendo que ponga un dedo en ella, para evitar el estornudo.

La enfermera se acerca al mostrador y empieza a hablar con las compañeras.

Empiezo a temblar porque escucho el número de la habitación de donde está, la cinco, y mis ojos vuelven a querer llorar cuando creía que ya más no podría.

Me tenso cuando vuelve y nos señala el camino, pero nos acompaña igualmente.

—Es por aquí.

Giramos a la izquierda, donde hay una pequeña sala y más adelante la habitación.

El corazón me va desbocado, casi ni puedo respirar, le aprieto tan fuerte la mano a Ethan que creo que le voy a cortar la circulación, a pesar de que parezca que a él no le importa nada.

La enfermera se gira y señala dentro, dejándonos pasar primero.

Yo freno casi en la puerta, respirando entrecortadamente, pensando si de verdad debería entrar o no.

¿Y si esto no es real? ¿Y si estoy teniendo una pesadilla como… como las habituales? ¿Y si todo esto no es más que mi miedo haciendo estragos en mi cerebro, provocando que piense que lo que estoy viviendo es real?

Doy un paso, luego otro. Sé que tengo a Ethan a mi espalda; me da la sensación de que también está haciendo lo posible por permanecer sereno. Y, entonces, la veo en la cama y sé que todo es real.

Tan real que lo siento como un puñetazo en las entrañas.

Tan real que el corazón vuelve a dolerme como cuando la he visto en el suelo, como si se fuera a romper en cualquier momento.

Me acerco a la cama y por instinto le tomo la mano, sentándome en la silla, porque mis piernas no aguantarán mucho más.

Huele a asfalto y metal, tiene tubos en la boca, de debajo de la sábana salen cables que parecen estar conectados al pecho, o eso creo.

Tiene una vía puesta cerca del cuello y hay pitidos que indican que su corazón sigue latiendo.

—Si necesitáis algo, aquí tenéis el timbre. Le dais al botón rojo y enseguida vendremos.

Apenas la escucho como un murmullo, un sonido apagado. Solo la miro a ella, no veo ni oigo nada más. Noto una presión en un hombro y luego en el otro, notando como Ethan se pone detrás mío. Yo apoyo la cabeza en su vientre. La enfermera ya se había ido, dejándonos intimidad.

—Es que no puedo creérmelo. —Me abraza por detrás, poniendo su mentón encima de mi cabeza—. Simplemente no puedo.