87 Ethan
Hay tensión en el ambiente. Alex está nerviosa mientras nos dirigimos a su casa.
El ruido de la ambulancia la ha alterado, seguramente por el sonido tan estruendoso que estaba haciendo.
Ir a casa y relajarse creo que es lo que necesita para calmar un poco su ansiedad.
Estamos simplemente a cinco minutos, ya que hemos ido a la cafetería que está debajo, en la avenida.
Mientras estamos de camino, una notificación suena en el teléfono de Alex y ella frunce el ceño mientras lo saca del bolsillo.
Claro, se me olvidaba que aquí abajo no hay cobertura.
Alex para un momento, aún con el ceño fruncido, yo hago lo mismo y espero a que me diga algo, empezando a ponerme nervioso también.
—¿Qué? —le pregunto sin poder contenerme alzando un poco las manos a los lados.
Ella sigue mirando el móvil y empieza a teclear.
—Me ha llamado Rosa. —Yo frunzo el ceño, sin comprender—. No tenía cobertura y la llamada no me ha llegado.
Se pone el teléfono en la oreja, empezando a caminar. Yo le sigo, acelerando el paso con ella.
—No contesta.
¿Qué cojones? Se lo guarda en el bolsillo y acelera aún más el paso.
—¿Suele llamarte? —le pregunto.
Tal vez la llame de vez en cuando y nos estamos sugestionando. Tal vez simplemente la ambulancia pasaba por ahí para ir a la autopista. Ella casi corre, pero me responde igual.
—No, solo hablamos cuando nos cruzamos, nada más, pero cuando volví a casa del hospital me pidió el teléfono, por si necesitaba algo algún día —me cuenta casi sin aire.
Llegamos arriba del todo y giramos la esquina, cuando el corazón se me para.
Había mucha gente amontonada, como rodeando algo.
Y la ambulancia estaba ahí.
Mierda.
¿Por qué Rosa habrá llamado a Alex? ¿Qué cojones ha pasado ahí, frente a su casa?
El teléfono de Alex suena y se queda un poco atrás mirando la pantalla. Me mira.
«Es Rosa» Me gesticula con los labios sin hablar, yo asiento y señalo al gentío haciéndole entender que me adelantaba mientras ella coge la llamada.
Llego donde está la gente, rodeado de mucho murmullo.
Huele a plástico quemado mezclado con algo metálico que me hace fruncir la nariz, a la vez que el olor a sudor de las personas aglomeradas.
Me abro paso entre la gente pidiendo disculpas, intentando ver qué ha pasado y oigo que Alex habla detrás mío, alcanzándome y diciendo algo, pero no la escucho bien, ya que la gente no para de hablar, quejarse y ahogar gritos.
Cuando consigo llegar al otro lado, tengo que parar, porque el cuerpo no me reacciona.
Mi corazón se para y la cabeza casi me da vueltas.
Por un momento, se me nubla la vista, pero, cuando escucho a Alex detrás mío, instintivamente me giro para frenarla, poniéndole las manos en los hombros y echándola hacia atrás, casi sin aliento.
—Alex, espera —me sale decirle con la voz entrecortada, a punto de romperme—. Espera.
No puedo decir otra cosa. Continúo llevándola hacia un lado, aunque inevitablemente no puedo impedir lo que está a punto de ver. Voy a hablar de nuevo, pero ella me corta.
—¿Qué dices? ¿qué pasa?
Joder. Miro hacia arriba un momento, tratando de encontrar las palabras adecuadas, pero sé que no las hay.
—Ethan —me exige, intentando zafarse de mí.
Me muevo con ella sin dejar que se zafe y hago que me mire a los ojos.
—Quiero que me escuches. —¿Cómo coño le digo esto? — Estoy contigo, ¿vale?
Alex sigue moviéndose hacia delante, mirándome con incomprensión ante mis palabras, queriendo ver lo que pasa, pero solo veo angustia y desespero. Hago una mueca de dolor por ella, por lo que va a ver y sufrir.
—¿Qué quieres decir? —La angustia sale como un cañón, con voz entrecortada y ahogada—. ¿Qué pasa?
Continúa preguntándome y queriendo ir cada vez más hacia delante, yo le dejo, pero sigo impidiendo que me quite del frente.
—Lo siento —me sale en un murmullo.
No puedo decir otra cosa, no hay palabras para ello, nada. Avanzo con ella de espaldas, mirándola. Niega con la cabeza, como sin creerse lo que está pasando.
—¿Por qué? —me pregunta simplemente.
Yo miro hacia atrás. Veo que el momento va a llegar y le pongo las manos en la cintura. Entonces, su cara se convierte en una mueca de horror, dolor e incomprensión a la vez que yo cierro los ojos un segundo, sabiendo lo que ha visto. Alex grita.
Le fallan las rodillas y yo la cojo, sujetándola por la espalda. Parece recuperar las fuerzas y noto que quiere moverse, ir hacia su madre, que está en el asfalto, rodeada de un charco de sangre carmesí, con los técnicos que parecen luchar por su vida.
Avanzo con ella, porque no se aguanta bien de pie. Llora desconsolada y, cuando llegamos al lado, vuelve a caer, yo con ella.
—¡MAMÁ! —grita tan fuerte que creo que su voz va a desaparecer de un momento a otro.
Yo la mantengo abrazada a mí. Sin poder hacer otra cosa, empiezo a llorar con ella de la impotencia de la situación.
—¡MAMÁ!
Parece solo poder decir eso hasta que su voz se quiebra y se queda sin fuerzas para chillar. Solloza en mi hombro, dándome golpes en el pecho sin apenas fuerza. Le paso la mano por la espalda instintivamente, pero me maldigo al darme cuenta de que eso no va a solucionar una mierda.
—No es real —solloza agarrándome de la camiseta con fuerza—. Dime que no es real.
«Ojalá no lo fuera».