Ayúdame a salir 85 Ethan
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85 Ethan

A las diez de la noche suena una alarma del móvil de Alex, que indica la hora de vuelta a casa. No es que su madre fuese estricta, sino que, después de saber que su padre había vuelto, quería tenerla más controlada por lo que pudiera pasar.

Tampoco es que hoy le hubiera dicho una hora de llegada, pero, como siempre tiene la alarma puesta cuando sale, hoy no ha sido una excepción. Creo que no se acordaba, porque pega un bote en mi pecho cuando suena. O simplemente se habría quedado dormida. Se endereza y bosteza. Yo sonrío.

Sí, se había quedado dormida.

La alarma sigue sonando hasta que ella la para. Se gira hacia a mí con pereza, bostezando otra vez, con el ceño fruncido.

—Me he quedado dormida —dice simplemente.

Yo no puedo evitar reírme ante el comentario obvio.

—Sí, te has quedado dormida.

Ella se queda callada, asimilando que se acaba de despertar y se pasa las manos por la cara, para acabar de despertarse.

—Mi madre no me ha dicho nada de hora, pero creo que es mejor que vaya volviendo, para no preocuparle.

Asiento y me incorporo, desperezándome también. Alex mira cómo me levanto y me estiro; luego le ofrezco una mano para levantarla. La acepta y la atraigo hacia a mí, levantándola del suelo.

—Si quieres enviarle un mensaje… —le digo como sugerencia—. Al menos de que ya estamos volviendo, quiero decir.

Ella asiente cogiendo el teléfono. Con la otra mano busca la mía y la tomo mientras caminamos.

—Hablaste con Erika también, ¿verdad?

—Sí, estaba preocupada, la verdad. —No la culpo—. Mientras se hacían los cafés esta tarde le envié un par de mensajes, para que se quedara tranquila.

Ya veo, a mí también me envió algún mensaje y le dije que le hablaría ella mejor. Salimos de la zona algo boscosa hacia la acera.

—Yo le dije que tú le hablarías en cuanto todo hubiera acabado —le confirmo—. No quería que te presionara.

Ella asiente, mirando a ambos lados de un paso de peatones que vamos a cruzar. Yo hago lo mismo.

—Sí, además, me dijo ayer que no me hablaría a no ser que yo le hablara, y eso ha hecho —me cuenta—. La verdad es que se lo agradezco mucho, aunque a la vez me sabe mal haberla tenido en ascuas. Le he dicho que mañana nos veríamos sí o sí.

Llegamos a la cuesta que llega a su casa.

—Me parece bien. —La verdad es que tengo ganas de verla—. Laura me preguntó por ti también esta mañana, pero aún no sabíamos nada y tampoco le dije gran cosa.

En realidad, le hablé yo para descargar mi ansiedad cuando Alex se quedó dormida después de la pesadilla.

—Le tengo que dar las gracias también, aunque esté en Málaga, hace más cosas ella que cualquier persona de aquí, sin contaros a Erika a ti y a mi madre.

Yo sonrío, complacido. Me encanta que se lleven tan bien. Nada es mejor que tu novia y tu mejor amiga llevándose así de bien.

—Te tiene una pechá de cariño —aseguro mientras cruzamos la esquina de la cuesta. Ella ríe—. La verdad es que tengo ganas de llevarte a Málaga algún día, la verdad.

—Me encantaría —me responde con una sonrisa cómplice. Llegamos a su portal y dejamos de caminar—. De verdad.

Le devuelvo la sonrisa y le doy un beso.

—¿Nos vemos mañana entonces? —pregunta.

Asiento entrelazando mis manos con las suyas y atrayéndola a mí, poniendo sus manos en mi espalda.

—Sí, claro —le respondo a centímetros de su boca. Ella me mira con esa timidez que tanto me gusta—. Vamos hablando de la hora.

Esta vez es ella quien me da un beso. Le dejo libertad para separarse de mí y se dirige a la puerta y yo espero a que entre. Cuando ya cierra la puerta, empiezo mi camino a casa.

Al día siguiente me despierto pasadas las once. Cuando me doy cuenta de la hora levanto mucho las cejas. Hacía una pechá que no dormía tanto. Voy a coger mi teléfono y veo unas cuantas notificaciones. Suspiro y me levanto.

Tenía un audio de Laura, mensajes de Pol y Alberto en el grupo, de Erika y Alex.

Dejo el móvil a un lado y me despejo frotándome la cara. Por un día me sentía más descansado y con un poco más de energía. Vuelvo mi atención al teléfono para leer los mensajes.

Alex me ha dado los buenos días hace dos horas.

El grupo malagueño pregunta cómo fue ayer.

Creo que algunos de los mensajes ya estaban ayer, pero, la verdad es que no estuve por la labor de contestar con todo lo que hicimos.

La notificación, el paseo, la comida, pasar el día en familia y, luego, el paseo nocturno con Alex.

Tampoco me agobiaron, cosa que siempre he agradecido de mis amigos. Te dan el tiempo que necesites para desahogarte y hablar. También había uno de Erika, no me he dado cuenta. Al final no puede quedar hoy; sus padres y ella se van a ver a sus abuelos, ya que era sábado.

Contesto los mensajes con brevedad diciendo que ya daría más detalles.

Llego a la cocina a hacerme el primer café del día y mi madre está ya cocinando. Cuando me ve, se mofa de mí.

—Dichosos los ojos, boquerón —me dice indignada—. Tampoco llegaste tan tarde anoche, ¿qué ha pasado hoy?

Yo suspiro revolviéndome el pelo.

—Estos días ninguno ha dormido bien —me justifico—. Es la primera noche que mi cabeza no se ha ido por las ramas.

Me mira con comprensión mientras tomo una taza del armario de arriba. Casi la agarro sin mirar y, cuando me doy cuenta, veo que es una que me dio la madre de Alex. Voy hacia la cafetera y cojo el tarro de las cápsulas de café.

—Bueno, era comprensible —contesta mi madre, moviéndose para dejarme espacio. Se pone al otro lado, apoyándose en la encimera con los brazos cruzados—. Antes de ayer tuvisteis una noche movidita.

Y que lo digas. Las pesadillas de Alex eran agotadoras; no solo para ella.

Hasta yo me asusto cuando las tiene al verla tan pálida, sudando, intentando calmarse y ver cómo le cuesta volver a la realidad.

Le conté a mi madre lo de la pesadilla mientras esperábamos a que Alex y su madre salieran de la sala de los abogados.

Le era imposible volver a la habitación después de la pesadilla.

Pongo la cápsula en la cafetera y le doy al botón para que saliera el café.

—Me quedé con ella en el comedor y pusimos la tele para que se distrajera, y así se acabó durmiendo —continúo, poniéndome en la misma posición que mi madre, bostezando.

El café empieza a salir y su aroma empapa la estancia. Por un instante, deseo que este momento nunca me falte.

Tomo la taza humeante y voy a por la leche.

—¿Y papá?

—Ha ido a comprar el pan.

Yo asiento, poniendo el café en el microondas. Suenan dos clics y me giro otra vez hacia mi madre a esperar a que vuelva a sonar.

—¿Tienes planes para hoy? —inquiere, yendo hacia la olla en la que está cocinando.

—Pues íbamos a quedar con Erika, pero se va con sus abuelos —alego segundos después, mientras mi madre mueve lo que sea que hay dentro.

Por cómo huele, creo que es estofado. Me hace recordar que aún ni he desayunado y me planteo esperar a la comida, ya que casi es mediodía.

—Así que no lo sé realmente.

El microondas vuelve a pitar y me giro para sacar la taza.

—Mientras me avises de dónde estás, me vale.

Asiento mientras voy a darle sorbo al café para comprobar que está caliente, pero se me resbala de la mano porque no he cogido bien el asa, cayendo al suelo y rompiéndose en pedazos. Ahogo un grito y aparto los pies descalzos para no cortarme.

—Joder —suelto sin poder evitarlo.

Me agacho y empiezo a recoger los cachos grandes con cuidado, tirándolos a la basura. Mi madre va hacia donde está el mocho y el cubo.

—Oye, que yo no te he enseñado a hablar, así, boquerón —me reprende regresando a donde estoy yo—. Toma, no te hagas daño, melón.

Cojo lo que ha ido a buscar y lo dejo a un lado, recogiendo aún los cachos de taza del suelo, hasta que no queda ninguno.

Una vez fregado, me hago otro café; aunque, esta vez la taza sobrevive.