Ayúdame a salir 84 Alex
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84 Alex

Llegamos a casa treinta minutos después, sin muchas ganas, la verdad. Hacía mucho que no estaba tan relajada, tan tranquila, con tanta paz. Admito que me dejé llegar.

Pero con Ethan es muy fácil dejarse llevar.

Es sencillo dejarse llevar con alguien con el que te sientes de esa manera. Y el sentimiento no cambiaba, al contrario, iba a más cada día. Cada vez que le veía era mejor que la anterior.

Con lo de mi padre me costaba mucho más intentar llevar una vida normal.

Estaba siempre alerta, siempre analizando cosas que en realidad no tenía sentido que pasaran, sobre todo los últimos días antes de la cita con los abogados.

Doy gracias a que la noche de antes Ethan estuviera conmigo. Bueno, ese día y todos.

Después de hoy, que todo ha acabado, solo quiero olvidar. Solo quiero vivir . Necesitaba decirle a Ethan todo aquello, necesitaba que supiera que siento lo mismo que él, porque se lo merece. Ya no voy a tener miedo.

No después de esto.

Comimos en familia, nos reímos, hablamos, tomamos café y así pasamos toda la tarde.

Se nos hicieron las ocho de la noche y los padres de Ethan decidieron que ya era hora de marcharse a casa.

Me daba pena, la verdad, porque nos lo estábamos pasando tan bien…

pero bueno, cosas de padres, no sé por qué esa hora suele ser la indicada para ir a casa y ser ermitaños otra vez.

Aunque, debo decir que Ethan pensaba igual que yo, porque ahora estamos dando un paseo al lado del bosque, ya no dentro, dadas las horas y que casi es de noche.

El sonido de los grillos y el poco ruido que hace el agua nos basta para pasear cogidos de la mano con algún que otro abrazo y beso…

no hacen falta las palabras, la compañía del otro ya nos sirve.

Estamos caminando por al lado de una montañita llena de césped. Ethan empieza a caminar más rápido hacia ella y yo le sigo, porque me tenía de la mano.

—Ven, ven —me dice, animado, estirando de mi brazo.

Corro junto a él hasta llegar a la pequeña cima. Se sienta en el suelo y yo hago lo mismo, luego hace que me estire con él. Yo me río, dándole un golpe cariñoso en el pecho.

Miro hacia arriba, al cielo lleno de estrellas; me quedo embobada con la boca abierta.

—Vaya… —empiezo a decir, pero no me salen más palabras.

—Es bonito, ¿eh? —acaba por mí.

Yo asiento sin dejar de mirar al cielo.

—Sí —respondo.

Ethan parece suspirar. Ambos nos quedamos callados, con los ojos fijos en el cielo.

Las estrellas brillan en lo alto y no sé por qué, pero parece que brillan más que en todo el tiempo que las he visto; supongo que el cielo está bien despejado y permite verlas en todo su esplendor, pero, sinceramente, dudo que sea eso.

—¿Siempre se han visto tan bien? —pregunto en un susurro.

Noto que Ethan gira un poco la cabeza hacia mí.

—Cuando está despejado, sí —responde volviendo la cabeza hacia el cielo.

No es el mundo el que ha cambiado, YO he cambiado.

Sonrío al darme cuenta. Los ojos se me llenan de lágrimas, pero las contengo para poder ver bien el espectáculo que tenemos ahí arriba.

Voy a hablar, pero, de repente, una luz brillante y de un azul intenso cruza el cielo a una velocidad increíble; casi daba miedo. Yo me siento de golpe cogiendo aire.

Una estrella fugaz.

—¡Pide un deseo, pide un deseo! —grita Ethan, cerrando los ojos.

Yo los cierro también. Los vuelvo a abrir y miro a Ethan, aún impactada por lo que acabamos de presenciar, con una sonrisa tonta. Él todavía tiene los ojos cerrados, pero los abre un segundo después, también sonriendo.

—Dios, nunca había visto algo así —declaro riéndome.

Me vuelvo a tumbar con un suspiro de satisfacción.

—La verdad es que yo tampoco —asegura—. Ha sido impresionante, ¡y era enorme!

Se pone un poco de lado para estar de cara a mí. Yo sonrío ante su asombro.

—Pues sí, la verdad es que era enorme —afirmo—. ¿Qué has pedido? A la estrella, quiero decir.

Me mira dudando.

—¿Y tú? —contraataca—. ¿Qué has pedido?

Yo niego con la cabeza todavía sonriendo.

—Eso no vale, te he preguntado primero —le refuto—. Pero, si quieres, te lo diré.

Él levanta las cejas y ladea la cabeza, también sonriendo.

—Tú dirás.

Me mira expectante. Yo sonrío más aún ante su escepticismo y respondo.

—Que haya millones de momentos más como este.

Me observa con ternura y niega con la cabeza.

—Eso no tenías que pedirlo —responde al cabo del rato—. Los habrá, dalo por seguro.

—¿Y tú? —Ahora me toca a mí saber—. ¿Qué has pedido? Yo ya he respondido.

Él se estira a mi lado con un suspiro, yo espero a que responda. Duda unos momentos, pero por fin habla.

—No volver a necesitar mi mantra. —Ahora soy yo quien se sienta, mirándole extrañada.

Y, entonces, me acuerdo.

—Nunca me dijiste tu mantra —le recuerdo.

Él ríe.

—La verdad es que quería guardarlo para mí —responde con un pequeño suspiro.

—¿Me lo dirás? —pregunto, algo ansiosa por saber.

—Mmm…—me responde pícaro—. No sé…

—¡Oye! Ahora no me dejes así. ¡Ya lo has soltado! —le replico indignada, zarandeándolo.

Empieza a reírse y me coge las manos para que pare.

—Vale, vale, tienes razón.

Paro y me quedo callada expectante, mirándole. Se pone serio, pero en su mirada solo hay dulzura.

—Tengo que ayudarla —sentencia.

Abro mucho los ojos, sorprendida y sonriente a la vez.

No me conocía de nada, no sabía ni quién era o mi historia, nada.

—No lo dices en serio —le rebato.

No podía serlo. Parpadeo porque noto cómo las lágrimas vuelven a aparecer en mis ojos. Él sonríe ante mi sorpresa; una sonrisa de entendimiento, de comprensión. Yo frunzo el ceño.

—Aún te sorprenden este tipo de cosas —responde.

Alza la mano y me pone un mechón de pelo suelto detrás de la oreja izquierda, dejando ver mi piercing . Luego baja la mano y la deja sobre mi pecho.

—Sí, lo digo en serio —dice simplemente—. ¡Ah! Y también que nos cojan en la uni que queremos y...

—No me conocías —le interrumpo abruptamente—. Casi no me conocías, ¿por qué tendrías ese mantra?

No puedo evitar preguntárselo, necesito saberlo. Él me mira y se sienta poniéndose a mi altura.

—¿Acaso he de tener una razón? —empieza, dejándome desconcertada—. Entiendo que la gente ayude a otra gente, no hay razón para no hacerlo; pero no entiendo cómo la gente puede hacer daño a otra gente. Tampoco hay razón para eso.

Sin saber qué decir o qué hacer, me recuesto sobre su pecho y él se estira, para que estemos más cómodos.